El día de San Juan

Cuento de Adriana Ayala.


YO SOY GUADALUPE. Lupita, me dicen de cariño, pero no soy la Lupita de la calle empedrada, ni la Lupita de la paletería, ni la Lupita que hace vestidos de fiesta, ni la Lupita loca que anda vendiendo chicles y reparte besos. Yo soy Guadalupe Nieto Frías, Lupita, hija de Arturo Nieto y María Guadalupe Frías, los dueños de la tienda de abarrotes más grande de la colonia. Yo soy Guadalupe Nieto Frías, Lupita, la nieta de Don Eusebio Nieto, el carnicero, y Doña Mariquita Lagunas, que Dios los tenga en su santa gloria. Yo soy Guadalupe Nieto, la Lupita de mi marido, el licenciado Pedro Martínez que es un ejemplo de superación en el barrio porque terminó de estudiar Derecho y trabaja en la Notaría #5. Más vale aclarar qué Lupita soy porque en esta ciudad tan pequeña, San Marcos de Las Palmas, todos dicen conocer a todos y además está atiborrada de Lupitas, luego no me vayan a confundir. Si lo que les voy a contar ha sido nota nacional, y no quisiera que le dieran el crédito a otra Lupita que no sea yo.

Resulta que, cuando Pedro y yo éramos novios, soñábamos con casarnos y formar una familia, pero Pablo, su hermano mayor, se casó y tuvo a su primer hijo antes que nosotros y desde entonces una sombra persiguió nuestros planes. El sobrino nació con síndrome de Down. Entonces, Pedro me pidió que me buscara a otro, que qué hacía yo con alguien que le podría dar hijos medio brutos, así lo dijo, el muy grosero. Pero, ¿por qué tendría que buscarme a otro? No comprendía cuál era el problema. Uno ama, sin condiciones ni exigencias, a los papás, a los hermanos, al marido y a los hijos, sean como sean. Así pues, lo convencí y nos casamos, no sin antes, visitar al Dr. Méndez, uno de los pocos ginecólogos de la ciudad, para usar el método anticonceptivo más seguro. 

Cada mañana, religiosamente, tomaba mis pastillas anticonceptivas y, cada vez que teníamos intimidad, Pedro usaba condón para evitar cualquier riesgo. A los seis meses de casados intenté convencerlo de ser papás. Él se la pasaba metido en la notaría y yo sólo en las labores de la casa, pero ni desorden hacíamos. Con tanto tiempo de sobra, soñaba con bebés y veía embarazadas en todas partes. Al año volví a insistirle, se mostró más comprensivo y dejé las pastillas, pero él jamás olvidaba ponerse su gorrito protector. No comprendía su miedo. Si su hermano, quien padecía cuidar a un hijo con síndrome de Down estaba a semanas de ser papá por segunda vez, ¿por qué nosotros no podíamos tener un hijo también? Pedro me dijo que, si el nuevo sobrino nacía normal, ¿“normal”?, nosotros encargaríamos a la cigüeña.

Recé a la Virgencita de Guadalupe, al Santo Niño de Atocha, a San Ramón Nonato, a San Benito, a San Judas Tadeo, a San Expedito, a Santa Rita de Casia, a San Martín de Porres, a la Virgen de los Milagros, al Santo Señor de Chalma, pero ninguno escuchó mis plegarias, y, por más que le expliqué a Pedro que qué importaba si Dios nos regalaba un angelito como ellos, al fin y al cabo, sería nuestro hijo, no dio su brazo a torcer. Sentí como si algo me asfixiara. ¡No! No podía permitirlo. Si mi marido se la pasaba trabajando, ¿quién se aventaría el cuidado de nuestro hijo, fuese como fuese? Pues yo, así que me propuse ser mamá a como diera lugar. 

Visité a Doña Marina, la chamana que venía de la Argentina, para ver si me hacía el milagrito. Según, buenísima para resolver causas imposibles. Y cuál va siendo mi sorpresa cuando me dijo: “con la ciencia, no me meto. Mientras tu marido siga usando gorrito, va a estar muy difícil, a menos que otro te haga el favor”. Me negué. Se imaginan que fuera saliendo diferente a nosotros. Entonces, me propuso: “¿por qué no le inventas que Nostradamus, el profeta, vaticinó que el mundo se va a acabar en 10 años? 

¡Cómo iba mi marido a creerme semejante cuento! Si a duras penas lo hacía ir a misa los domingos. Doña Marina me dijo que, si no me creía, le contara que ese tal señor predijo el atentado contra las Torres Gemelas. ¡Eso sí que escucharía Pedro! Apenas acababa de suceder el año pasado y él estuvo pendiente de lo ocurrido. Agregó: “dile que prueba de ello es que pasado mañana caerá una tormenta”. “Pero si pasado mañana es día de San Juan, aquí siempre llueve”, interrumpí. “Por eso mismo, seguro, llueve, y te creerá”.

Cuando le dije a Pedro, “fíjate que Doña Marina, la chamana argentina, anda diciendo que el mundo se va a acabar en 10 años”, me interrumpió: “¡vieja loca!”. Y yo: “lo predijo un tal señor Ostradamos, Artodamos, Nostragamos, Nostamos, Nostentamos, Nosdamos, ¡aaay!, ése que dijo que las Torres de Nueva York se caerían y que se caen. Es más, prueba de que el mundo se acaba es que pasado mañana caerá un tormentón, se llevará casas y gente”. Pedro se burló tanto de mí, que ni siquiera escuchó mi súplica acerca de tener un hijo. Por eso estábamos como estábamos, la gente era pendeja y se creía cualquier mitote de charlatanes. Yo me quedé encorajinada y avergonzada por ingenua y bruta, creyente e ignorante. ¿De qué me servía tener un marido estudiado, si no era capaz de darme un hijo? 

Esa misma tarde le conté lo sucedido a mi amiga Tere. Tere se lo platicó a su mamá, la señora Cata. La señora Cata a la señorita Conchita, la de la papelería. La señorita Conchita al señor Luis, el carpintero. El señor Luis a Tiburcio, el mecánico. Tiburcio a Rosita, la que lava ajeno. Rosita a Doris, la del aseo del periódico. Doris a Rogelio, el reportero. Rogelio a Mary, la maestra de la primaria. Mary a Don Felipe, el director. Don Felipe a los profesores. Los profesores a sus alumnos. Sus alumnos a sus papás. Los papás a sus vecinos. Mi vecina Carmelita a mí. ¡Vaya teléfono descompuesto que se armó en un solo día!  El chiste es que, en San Marcos de Las Palmas, según la información de un señor famoso que pronosticaba el clima, tocaría tierra un huracán marca diablo, por lo que pondrían en marcha el plan de contingencia para huracanes y tormentas, ya el Presidente Municipal y en las noticias estaban informando. Yo me quedé con cara de incredulidad. 

Ya les había contado que San Marcos de Las Palmas es una ciudad pequeña. Lo que no les había dicho es que está cerca del mar y en otras ocasiones ha sufrido de tormentas y huracanes. El auditorio de básquetbol y la iglesia hacen las veces de albergues, los cuales, a partir de ese teléfono descompuesto, se estaban llenando de personas cuyas casas eran vulnerables. La gente se organizó como nunca en la historia de la ciudad: compraron garrafones de agua, comida enlatada; sellaron puertas y ventanas, guardaron sus documentos en bolsas de plástico. La radiodifusora local recordaba las medidas de seguridad. Las clases se suspendieron, el trabajo también. 

Al día siguiente, amaneció lloviendo. Las calles, desiertas. Hacia el mediodía los fuertes vientos, acompañados de lluvias torrenciales, azotaron la ciudad y el ánimo de todos. En segundos, San Marcos se encontró en medio del ojo de un huracán.  Ese 24 de junio, día de San Juan, fue recordado a nivel nacional como el día en que una ciudad costera, milagrosamente, predijo un huracán, y se salvaguardó dando muestras de civilidad y sensatez, mientras que Pedro y yo, al parecer los menos prevenidos y, por lo tanto, los más asustados, nos amamos sin protección, no fuera a ser que de verdad el mundo se acabara en 10 años.

Por si les quedó curiosidad, nuestro hijo se llama Juan. De cariño, le decimos Juanito.

FIN

Puntuación: 1 de 5.
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