Mujeres de revista

Cuento “Mujeres de revista” de Adriana Ayala publicado en la revista digital El Narratorio #31 https://issuu.com/elnarratorio/docs/el_narratorio_antologia_literaria_d_7775ea6f565e96

LA RECÁMARA ERA amplia, pero el cúmulo de tiliches esparcidos por dondequiera la hacía parecer minúscula. Una montaña de ropa figuraba como tapicería multicolor del sillón traído de la sala, que ahora descansaba al pie de la ventana. La cama y el tocador, hechos con madera vieja y pesada, se rozaban como novios: de lejecitos, pero dejándose sentir sus cuerpos. Podrían estar distribuidos de manera más inteligente, pero tía Aurora prefirió que el pie de la cama fuera el soporte para sentarse frente al espejo del tocador. Ahí podía pasar horas cepillándose el cabello, maquillándose como si no hubiera nada en el mundo mejor qué hacer o descansando mientras intentaba encontrar algún artículo inútil dentro de los cajones que, cada vez, se hacían más grandes cuando una cosa nueva llegaba a sus entrañas. Mientras, la banca del tocador mantenía a flote la papelería de la casa. Recibos, cuentas por pagar, recados escolares y las tan veneradas revistas de moda se mezclaban sin poder distinguir los unos de los otros.

La tía Aurora y Matilde, “la sobrina recogida” o “la nana de los niños”, como solía presentarla indistintamente ante alguno que otro conocido, pasaban parte de la mañana hojeando revistas, zambullidas en esa guarida fría que hacía las veces de todo, menos de lecho conyugal. Quizá por ello, a Matilde no le importunaba pasar el rato ahí, y aceptaba gustosa las invitaciones cada vez más frecuentes de su tía. Esos ratos de revista lograron que sus conversaciones por fin fluyeran como si así lo acostumbraran a hacer desde siempre.

Matilde, a sus apenas once años, extrañaba a su mamá, aunque aún no lograba descifrar qué era lo que en realidad extrañaba de ella: su mal humor, sus gritos, sus golpes, su indiferencia…; a su pueblo y su río de agua cristalina donde jugaba a lanzar piedras, contar nubes o bañarse a sus anchas; a su vida de antes: precaria y silenciosa; a sus días llenos de frijoles con tortillas quemadas y café de olla, a sus tardes solitarias buscando arañas y cochinillas; a sus noches solitarias, con sus miedos y sus plegarias que contaba a un Jesús crucificado colgado justo arriba de un espejo cuarteado que le hacía verse borrosa y etérea; ambos nunca le respondían. Pero, poco a poco, iba tomándole gusto a la ciudad y a sus espacios cerrados que le enseñaban otros mundos sin necesidad de salir de casa: la tele, la radio, las revistas; ventanas a un más allá, al parecer no tan lejano, más palpable, al menos en papel.

-Ésta de acá, está muy bonita -Matilde tamborileaba con el dedo índice sobre la imagen de una mujer.

-¿Cuál? -contestó la tía Aurora sin apartar la mirada de la revista que hojeaba.

-La del pelo rojo.

-¡Ah! -siguió clavada en su revista y no miró lo que le mostraba su sobrina.

-Usted se vería relinda con los pelos rojos, así volando como las llamas que le pintan a los soles.

-¡Nombre! Ni que fuera artista o… puta -Aurora no pronunció la última palabra, sólo la dibujó lentamente con sus labios.

-¡Ay, tía! Usted está rebonita, podría ser artista de ésas que salen en la tele. Y… ¿puta? -Matilde articuló sin voz, imitando a la tía.

Una nube gruesa cruzó por la ventana y oscureció momentáneamente la habitación. Por primera vez, desde que se acostaron a sus anchas, Aurora levantó la cara y posó una mirada dura sobre Matilde.

-No sé qué es puta, tía, no se enoje. Eso mero le iba a preguntar, que qué es, porque a veces así le dicen a mamá, pero ni cómo preguntarle, ya ve cómo es.

El espejo reposaba en el mismo lugar, plácido e inmutable, siendo testigo de la escena como si nada incómodo se hubiera dicho. La colcha de la cama apenas si dejaba notar unas cuantas arrugas. Ni siquiera el peso de ambas se sentía en el ambiente. Las dos con cuerpos tan delgados; facciones finas: rostro ovalado, nariz y labios pequeños, delgados, pero de ojos grandes y negros, como si en verdad fueran familia de sangre.

-Mira, a mí me gustan más las de cabello castaño o ya de perdida güero.

-A ver -Matilde se acercó a su tía. El olor a crema Ponds de su rostro le robó una sonrisa. Recordó el olor a tabaco, alcohol y humanidad de su mamá, y la sonrisa se esfumó.

-Como ésta. ¿A poco no se ve más elegante?

-No, pus sí, eso que ni qué. Y vestida así, se ve más elegantiosa. Mire, mire…

-Elegante, Matilde, elegante -Aurora corrigió de inmediato.

-Elegante, tía, elegante.

-Tú deberías estar en la escuela y no aquí conmigo.

Aurora cerró la revista y levantó el entrecejo. Matilde se apresuró para regresar la atención a las revistas. Si la tía se empeñaba en que fuera a la escuela, su mamá la sacaría enseguida, no sin antes propinarle una buena tunda. “La escuela es pérdida de tiempo para las niñas que nacen jodidas, así como tú: jodida, jodida, hasta tu puta madre”. ¿Cuántas veces le habrá dicho eso? Tendría que aprender a ganarse la vida haciendo quehacer, lavando a mano, planchando, cocinando, si no quería terminar como mamá, aunque aún tenía la esperanza de estar en un error respecto al significado de cómo era “terminar como mamá”.

-Las de pelo corto no me gustan.

-A mí tampoco. ¡Ay, pero qué bonito vestido! -exclamó Aurora olvidando por completo el asunto de la escuela.

-¡Es rojo! -se sorprendió Matilde e hizo gesto de desagrado.

-¿Y qué tiene de malo el rojo?

-Pensé que no le gustaba el rojo.

-Claro que me gusta, pero no en la cabeza.

-¡Aaaah! Se me estaba olvidando… ¿Qué es esa palabra que no se puede decir?

-Mejor, ¡vámonos a preparar la comida! -sugirió escurridiza la tía; y, Matilde reviró con otro cambio de sentido en la conversación.

-Se imagina cuando pueda usar un vestido como ésos y unos tacones altos y rebonitos como los suyos.

-¿Quieres ponerte unos?

-¿Y si se los rompo? ¡Imagínese que me caiga con semejantes zancos!

Las risas desaforadas salieron corriendo tras el último estribillo empalagoso del camión repartidor del gas. Tía Aurora se levantó y comenzó a rociar el ambiente con agua de rosas.

-¿Hoy está contenta, verdad tía?

-Yo siempre estoy contenta.

-No, usted sufre mucho -se atrevió a decir Matilde. Y como si no hubiera escuchado nada, Aurora regresó a la revista.

-Sí, el vestido es muy lindo. Y este collar de perlas es más lindo, mira.

-¡Uy, sí! Es igualito al de la princesa del cuento que le leo a Juanito, antes de dormir.

-¡Tú deberías regresar a la escuela!

-Ya se me estaba olvidando, tía, ándele, dígame qué es…

-Y las pulseras…  ¡ay, qué bonitas son!

-Si tuviera dinero, me vestiría como las mujeres de revista, aunque mamá dice que una sólo debe arreglarse para ir al trabajo. Pero a mí no me gusta la ropa que usa mamá para trabajar. Yo quiero ser elegantiosa como las del pelo güero de su revista, tía.

-Elegante, Matilde, elegante.

-Elegante, tía, elegante.

Se hizo una pausa larga. A lo lejos se escuchaba el picotear de los pájaros sobre el techo de lámina que cubría la pileta de agua del patio. Matilde pensaba en su mamá, en su necesidad de trabajar de noche, en sus mañanas dormida como si estuviera muerta, en sus tardes con un hombre repugnante, quien sólo le decía groserías, pero ella abrazaba y besaba como jamás había hecho con ella. Con la intención de que la tía Aurora tomara en serio su pregunta, se levantó de la cama y le preguntó con voz firme.

-¿Qué es puta, tía?

Aurora supo que el tono merecía una respuesta, y contestó:

-Es una señora que no es elegante.

-Entonces, ¿por qué no me lo quería decir?

-¡Ya es tardísimo! Mira la hora que es. ¡Córrele, Matilde! El pollo no se alcanzará a cocer.

-Le corro tía, le corro.

Matilde salió de la habitación con gran parsimonia. La idea que tenía de una puta; más aún, de una mamá puta, le revoloteaba como mariposa herida por la cabeza. A veces, esa imagen golpeaba fuerte dentro de su pecho; de pronto, se aquietaba, y cuando parecía morirse en el olvido, un aleteo con más impulso le pinchaba las sienes. Era un acertijo resuelto desde hacía poco, sin embargo tenía la esperanza de que la respuesta fuera equivocada. Se paró en seco y volteó hacia la habitación. Tía Aurora la miró.

-Tía, no sabía que usted fuera tan ingenua como para no saber qué es una puta.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Nota: Este relato derivó en un manuscrito de novela Prométeme que nunca regresarás. Si deseas conocer de qué va la historia, te invito a que le eches un ojo en este blog, en el apartado de Proyectos: http://www.xn–elladrnderosn-7ib7f.com/portfolio/prometeme-que-nunca-regresaras/


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