La lista del súper

Cuento “La lista del súper” de Adriana Ayala publicado en Caleidoscopio XII, (2015), Ed. La Zonámbula y en la revista digital El Narratorio #32 https://issuu.com/elnarratorio/docs/el_narratorio_antologia_literaria_d_d0c8fe2dc55f95


COMO TODOS LOS lunes, desde hace cuarenta años, Carmen se sienta en el comedor de la cocina a escribir los artículos que comprará más tarde en el supermercado. Repasa mentalmente la alacena, el refrigerador y anota:

La lista del súper

  • 10 litros de leche
  • 2 cajas de 18 huevos
  • 1 caja grande de cereal
  • 1 kilo de jamón
  • 5 kilos de jitomates
  • 1 kilo de cebollas…

Carmen va al refrigerador y, por largo rato, contempla el interior. Se aferra a la puerta que le impide no saltar a un agujero negro. La leche, los huevos, el jugo, la mantequilla están dispuestos para ser servidos cuando se les invite. Desliza el cajón de las verduras y salen a su encuentro: los jitomates, las cebollas, los chiles, los limones…  Reflexiona: “nada falta, todo sobra”; suspira, y aprovecha para sacar los alimentos echados a perder; cierra la puerta con delicadeza, tira a la basura los desperdicios que van dejando huellas de algún líquido fermentado, y regresa a la mesa. Fija su atención en los números que ha registrado en la lista, y se sorprende. “¿En qué estaba pensando?”, se pregunta y se contesta: “Estoy escribiendo la lista del súper de hace veinte años”. Arranca el papel de la libreta y, en una nueva hoja, comienza a escribir:

  • 1 litro de helado de limón
  • 1 caja de galletas
  • 1 paquete de chocolates
  • 1 caja de hot cakes
  • 1 botella de miel maple…

La imaginación de Carmen la transporta a un idílico fin de semana en donde organizaría una piyamada, en su casa, con sus nietos. Los recibiría el sábado, los llevaría a comer a algún lugar divertido, pasarían la tarde cocinando y decorando galletas; hacia la noche, verían películas, tomarían helado, comerían palomitas; les permitiría hacer guerra de almohadas y desvelarse. Al día siguiente, domingo, por la mañana, les prepararía unos esponjosos hot cakes bañados en miel maple o mermelada de fresa. 

Vastas gotas caen sobre el papel desdibujando alguna que otra palabra de la lista. La mujer va por un Kleenex, se suena la nariz y limpia el rastro húmedo que ha quedado en sus mejillas. Abre la despensa y salen a su encuentro varias cajas y paquetes de un montón de productos. Más que alacena, Carmen tiene un almacén a punto de estallar. La harina de los hot cakes ha caducado, así como la crema de maní, las latas de atún y las galletas saladas. Más atrás de éstos, encuentra un paquete de pan Bimbo enlamado. La mujer toma una bolsa de plástico y comienza con el tiradero. Ahí dentro hay comida con la caducidad vencida desde hace dos años. Las cosas de la casa se resisten a ser desechadas; las escucha gritar: “no me tires, aún sirvo”, y suspende la tarea como si en verdad le hubieran hablado. Cierra las gavetas y camina hacia la mesa de la cocina arrastrando la bolsa con las cosas. Mira la nueva lista. Ya no come nada de lo que ha escrito, y tampoco vendrá nadie a su casa a comerlo. La costumbre de comprar para otros es un hábito difícil de erradicar, es una de las quimeras que la sostienen aún de pie.

Carmen intenta recordar cuándo fue la última vez que alguno de sus cuatro hijos la visitó. Evoca su cumpleaños, el de Alfonso –su marido–, el 10 de mayo y la Navidad. En las fechas importantes, su casa se llena de hijos y de nietos, de alegría, de conversaciones, de chistes e historias, de compañía, pero el resto de los días, sólo están: ella y Alfonso; ella y el silencio de una casa enorme.       

 La mujer hace a un lado la bolsa que espera en el suelo. Las latas de comida se quejan al chocar unas contra otras. Camina hacia el recibidor y observa las fotos de sus cinco nietos. ¿Cuándo fue la última vez que le llamaron por teléfono? Más bien, ¿cuándo le han llamado por teléfono? Carmen besa cada uno de los portarretratos y los abraza como si verdaderamente los tuviera a ellos sobre su pecho. Así se queda por largo rato hasta que escucha que Alfonso sale de bañarse y regresa a la cocina. Toma la libreta, acaricia la lista dedicada a los nietos, la desprende y la arruga con la mano, pero no sólo la hoja yace en el puño, también está la obsesión por ir al supermercado cada lunes y, con ella, la ilusión, sostenida con alfileres, de una vida compartida con sus hijos y con sus nietos.

Esta vez, Carmen escribirá la lista del súper sólo para dos. Repasa nuevamente el refrigerador y la alacena. “Nada falta, todo sobra. Todo sobra, y… todo falta, todos faltan”, se escucha como eco en su cabeza de finos cabellos recién pintados. Abre y cierra el refrigerador, abre y cierra los estantes, y repite las acciones en una secuencia que parece sin principio ni fin. “Todo sobra y todo falta, todos faltan”. Carmen no puede parar, no quiere parar porque si lo hace el llanto la sumirá en una tristeza de la cual no se cree capaz de regresar ilesa.

—¡Carmen!, ¿qué te pasa, estás bien? —Alfonso interrumpe aquella melodía catártica desde la puerta de la cocina.

Carmen se detiene, alisa los pliegues de su falda, se acomoda unos mechones sueltos y cierra las gavetas abiertas. Toma la libreta de la mesa y le enseña la hoja a su marido.

La lista del súper —lee Alfonso—. No comprendo Carmen, ¿qué pasa con la lista?

—En esa lista, no hay nada qué comprar. ¡Está en blanco!

—¡Oh!, ya veo y ¿cuál es el problema? Mejor así, no tendrás que ir hoy al súper.

—Alfonso, creo que he dejado de ser madre.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Otros cuentos de Adriana Ayala
El ladrón de Rosín
El ladrón de Rosín es un cuento de Adriana Ayala pensado para …
Cuento “Convergencia”
Adriana Ayala 1 Rodrigo pasó mala noche. La idea del suicidio veló …
Mujeres de revista
https://www.moma.org/audio/playlist/307/3966

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.