El pez más chico

Cuento “El pez más chico” de Adriana Ayala. Mención honorífica del Premio Nacional de Cuento Beatriz Espejo 2018.


LOS RAYOS DEL sol cubrían la arena finísima de la playa haciéndola lucir más dorada. El agua del Mediterráneo, a veces azul a veces verde, era un imán que mantenía fija la vista de Mariano, quien parecía inerte, sentado con las piernas flexionadas y los antebrazos sobre las rodillas.

El ruido del mar se alejaba y, en ese instante, Mariano anhelaba que se marchara para siempre, pero el rumor del oleaje regresaba, obediente y cadencioso, y él sólo escuchaba el susurro de las olas que le decían una y otra vez: “el pez más grande se come al más chico”.

“Y a veces, el pez más grande le permite al más chico seguir respirando para que se torture cada segundo, cada minuto de cada día con el hecho de que en realidad murió cuando el más grande le perdonó la vida”, concluyó Mariano, sin apartar la vista del mar que le recordaba el tamaño de su culpa, cargada desde hacía ocho años, cuando era un estudiante irreverente que atesoraba la fe en que el mundo cambiaría con el simple hecho de participar en reuniones clandestinas, redactar manifiestos y encauzar la lucha por la justicia social.

Mariano apretó los dientes, hundió los dedos en la arena y recitó la frase de Lucio Cabañas que tanto repetían entonces: “desgraciados los pueblos donde la juventud no haga temblar al mundo y los estudiantes se mantengan sumisos ante el tirano”. La brisa trajo sal a sus labios, a su lengua, a su boca, a su garganta y ahí la guardó esperando el momento pertinente para expulsarla.

“El gobierno nos tragó como si fuéramos un grupo de mollys insignificantes, esos pececillos negros que pululan en las peceras de las casas, y nosotros que nos profesábamos tiburones”, le dijo Mariano a Paula, su actual pareja, una madrileña que conoció al año de haber llegado a España, una vez que fue exiliado de México, y por quien se había mantenido más o menos cuerdo en los últimos años. En ese entonces, cuando Mariano pudo compartir su cobardía, todavía fabricaba lágrimas de lava. Ahora, haciendo memoria de aquellos tiempos, aferrados a seguir siendo parte de su presente, y teniendo como testigo al peñón de Ifach, comprobó que había perdido la capacidad de producir lágrimas, fueran de lava o de cualquier otro tipo.

“El pez más gordo se come al pez más chico”.

Si él lo hubiera comprendido, se hubiera dejado despedazar por el gobierno tirano de su México lindo y querido, sin confesar…; es más, de haber sabido que se convertiría en un muerto en vida, hubiera rogado porque lo mataran. ¿De qué sirvió soltar la lengua? Al fin y al cabo, lo dejarían carcomido por la culpa. “Desde que amanece hasta que anochece, vivirás deseando la muerte”, debieron advertirle, pero no lo hicieron, y, por supuesto, jamás pensó en nada de eso.

El ladrido de un perro lo sacó de su ensimismamiento. A la orilla del mar se podía ver alguno que otro turista, solo o acompañado, caminando o tomando el sol, observando o platicando, haciendo una cosa u otra, pero, a al parecer de Mariano, todos transmitían tranquilidad, ésa que él añoraba. Daría cualquier cosa por regresar ocho años atrás, justo en el momento en el que el silencio le hubiera dado la llave para abrir la puerta de la paz.

Miró su reloj: diez de la mañana. Supuso que Paula estaría comenzando la clase de yoga. Se hospedaron en ese hotel porque su mujer no podía vivir un día sin estirar y acomodar el cuerpo en extrañas posiciones. También imaginó que, dentro de una hora, ella tomaría su tapete, se pondría las sandalias, tomaría el elevador y llegaría a la habitación 713; quizá, después se ducharía y, al vestirse, vería la nota que él le escribió desde antes de que llegaran a Calpe, cuando aún estaban en Madrid y las maletas ni siquiera habían salido del clóset; esa nota que dejó a la vista en la mesa de centro que suelen tener las habitaciones de los hoteles.

“¿Por qué había esperado tanto para tomar la decisión?”, se preguntó a manera de reclamo. Respiró profundo y, al evocar el dolor que imaginó que Paula sentiría, más sal se acumuló en su garganta. En efecto, ella había sido el motivo del retraso en sus planes. Era la única persona en quien había podido confiar después de lo de Alberto, su mejor amigo; a la única que pudo confesarle su canallada. Paula amiga, Paula confidente, Paula seguridad, Paula confianza, Paula traicionada. Paula – Alberto. Alberto le enseñó a Mariano la cita de Tennessee Williams: “debemos desconfiar unos de otros. Es nuestra única defensa contra la traición”. Mariano nunca le contó a Paula sobre la cita de Williams, ella jamás sospecharía que tendría que desconfiar del hombre quien prometió ayudarla a que su vida fuera más sencilla, más plena, más feliz. Mariano se aceptó cobarde, incapacitado para cumplir promesas, cerró los ojos, y caminó hacia el mar.

Al sentir el agua fría en la planta de los pies, recordó la primera vez que su papá lo llevó a Acapulco.

 El mar era inmenso, era ruido, era olor, era luz, era suavidad, era aventura, era diversión, pero también era riesgo, era peligro. “Papá, ¿el mar es malo? Me da miedo que las olas me lleven lejos y no te vuelva a ver”. Papá contestó: “nada es bueno, ni malo, todo depende, pero mejor quédate conmigo hasta que aprendas a nadar. Por ahora, el mar podría ser malo para ti, te ahogarías si estuvieras solo, pero cuando aprendas a nadar, te encantará”.

Mariano niño no comprendió tal respuesta y quizá ahora tampoco. Mariano, ¿era bueno o malo? La pregunta le zumbaba en los oídos. ¿Podría perdonarse y aceptar que lo bueno y lo malo forman parte del mundo de la percepción y no de la realidad? ¿Que se ahogó en una prisión por nadar en un mar desconocido sin la compañía de una mano que le diera fuerza, el valor de no corromperse y aguantar cualquier ofensa, cualquier golpe, cualquier herida? Todas esas preguntas oscilaban junto al vaivén de las olas, mientras el agua salada cubría sus pantorrillas hasta tocar las corvas. Ésas que fueron golpeadas para doblegar sus piernas e inmovilizarlo en el piso. Ocho años habían transcurrido y Mariano recordaba cada momento como si hubiera sido ayer cuando conoció a Alberto.

Alberto abordó a Mariano en uno de los baños de la facultad de Economía de la UNAM; llevaba tiempo invitando a jóvenes para que se sumaran al movimiento intelectual para lograr un verdadero cambio social, denunciando la represión en que millones de trabajadores y campesinos mexicanos se encontraban, y por obtener condiciones de vida dignas y democráticas, pero no bastaba con los estudiantes, necesitaban la participación de otros grupos de la sociedad para presionar al gobierno. Por eso, Alberto investigó a Mariano, quien era hijo de un empresario benevolente con sus empleados; quería que Mariano fuera un enlace con la clase trabajadora a través de las relaciones de su familia. “Nada con la fuerza, todo con la razón”, “los obreros deben destruir a los sindicatos charros”, “busquemos la justicia con los libros”, repetía Alberto.

Mariano se contagió rápidamente de esa energía explosiva tan peculiar en Alberto. Su mente creativa y ágil para recetar de memoria fechas, autores y teorías lo dejó impactado. Poco a poco, Mariano se fue adentrando en el mundo de Alberto y aprendió las reglas básicas para garantizar la sobrevivencia del movimiento. El gobierno les pisaba los talones y la discreción no era un lujo, sino una necesidad. Alberto le explicó que, en ninguna circunstancia, entre los camaradas se podrían construir lazos de amistad, tenían prohibidos conocer sus nombres completos, domicilio y cualquier detalle de la vida personal de los integrantes porque si algún día los detenía la policía y los torturaban, no habría modo de que proporcionaran información y, por lo tanto, jamás se traicionarían. Los puntos de reunión siempre los cambiaban de sede y hora, y de ahí marchaban a otro lugar. A pesar de todas esas indicaciones, Mariano y Alberto se hicieron grandes amigos, se frecuentaban en la escuela, convivían en fiestas, visitaban sus casas, conocieron a sus amigos y a su familia.

Las piernas de Mariano sintieron el agua fría del mar y recordó el golpe seco de las macanas. En cuanto sus manos hicieron contacto con el agua, sintió una descarga eléctrica, y de inmediato se transportó a aquel cuarto húmedo al que lo llevaron los policías. El día anterior al arresto, se desveló estudiando para un examen final. Después de comer, decidió tomar una siesta y se quedó profundamente dormido. Esa tarde tenía que llegar al punto de reunión a las seis, hora en que despertó, tomó su chamarra de mezclilla, la mochila y corrió lo más aprisa que pudo. Al llegar a la esquina de la cita, descubrió una patrulla. Las piernas le traicionaron, las manos le sudaban frío, caminó de un lado a otro, se puso un letrero de “soy sospechoso, obsérvame”, se le cayó la mochila, donde llevaba unos carteles que se desperdigaron por la acera, los recogió y corrió en sentido contrario al que venía. “Si te retrasas, jamás vayas al punto de reunión, alguien te contactará después”, recordó las palabras de Alberto, pero fue inútil, los carteles habían alertado a los policías, quienes lo persiguieron sin dudarlo. Apenas si Mariano pudo librar dos cuadras cuando éstos le pegaron en las corvas y cayó al piso, lo esposaron y le pusieron una bolsa en la cabeza con la cual se le dificultaba respirar.

Granos finos de arena entraron a las uñas de Mariano y evocó los martillazos, que le propinaron en los nudillos, después vino el desprendimiento de las uñas: una por una con la calma más aterradora posible. Los policías le pedían nombres, direcciones, teléfonos, y Mariano sólo gritaba y lloraba de dolor. El agua alcanzó los testículos y revivió las descargas eléctricas acompañadas de las fotos de su mamá, de su papá, de sus hermanas. La presión que resistió en el tórax cuando, acostado en el piso, un grandulón caminó sobre él con brutalidad, se intensificó al elevarse el nivel del agua que pronto rebasó el cuello. Pasado y presente se mezclaban sin lógica alguna en esa cárcel de mar, intensa y enorme, que no era más que su propia mente. Un toque eléctrico en la nuca le venció los muslos. El pez más chico, al fin será devorado por el pez más grande. El pez más chico ya no resiste. Me rindo, quiso gritar, aunque el instinto de supervivencia hizo que manoteara como si no estuviera del todo convencido. La cabeza se encontraba sumergida por completo y resucitó la sensación de asfixia que sufrió cuando le colocaron una bolsa de plástico.

—¡Habla, cabrón! Si serás güey.

Una vez más le colocaron la bolsa y la apretaron justo a la altura del cuello. Después de unos segundos, se la quitaron para que respirara. Mariano sólo dijo como un susurro:

—El silencio no significa ceder. Aquí nadie se rinde.

—Pinche, mamón! Anda pues con tu jodida revolución de mierda.

La bolsa volvió hacer presión sobre su rostro evitando que el aire llegara a sus pulmones.

—Prefieres a tus camaradas que a tus hermanas, pendejo?

Al quitar la bolsa, Mariano tomó una bocanada de aire y sólo se le vinieron a la mente las frases hechas de Alberto:

—Tú también eres pueblo, piensa —contestó con un hilo de voz.

—¿Piensa? No mames, ¿quién les mete tanta pinche mierda en el cerebro? —la bolsa impidió de nuevo que Mariano pudiera respirar, mientras su verdugo insistía en que confesara—. ¿Dónde esconden las armas?

—Nuestras únicas armas son las ideas.

—Orita terminamos de quitarte las ideas, cabrón.

El tormento con la bolsa, las descargas eléctricas, las fotografías de su familia, los golpes, la sangre, la saliva, las lágrimas terminaron por gritar el nombre completo del único camarada que conocía, el lugar donde vivía, la facultad donde estudiaba; y, por confesar que formaba parte de un grupo subversivo en contra del gobierno. Una buena dosis de adrenalina dopó el cuerpo de Mariano, pero su corazón lloraba, y el llanto ardía y dolía más que la tortura que acababa de librar.

Cuando su papá lo encontró, yacía en una celda, inconsciente, sin cabello, completamente desnudo, con el rostro deshecho, sin uñas y con el cuerpo magullado. Negoció su libertad y lo trasladaron a un hospital. Mariano saldría del país con la promesa de que jamás regresaría a México. De no ser por las relaciones de su padre, él habría muerto sin despertar siquiera un poco de piedad entre sus verdugos.

Un mes después, cuando Mariano esperaba en el aeropuerto la hora del vuelo a Madrid, un señor le entregó un sobre y una bolsa de plástico color negra. En el interior del sobre venía una fotografía en blanco y negro de Alberto torturado… muerto. Dentro de la bolsa había un dedo sin uña con un anillo inconfundible, propiedad de Alberto. Mariano soltó un grito al tiempo que la bolsa cayó al suelo, hubiera preferido mil veces morir como mártir que vivir como un traidor, como el asesino de su mejor amigo.

A pesar de su voluntad de morir, el mar jugaba con el instinto de vivir de Mariano, quien luchaba por salir avante de las olas. Los rayos del sol a través del agua le hicieron pensar en Dios, en ese ente en el que no creía, pero al que ahora llamaba y le pedía perdón. Necesitaba lavar su culpa en agua salada, pedir auxilio para que su conciencia descansara, para que Alberto lo perdonara. Él mismo creyó estar pidiendo auxilio cada que alguna brazada torpe hacía que su cabeza saliera a la superficie. En una de ésas, escuchó otra voz suplicando lo mismo que él. Era la voz de un niño que lo hizo regresar al presente, a la playa, al mar, permitiéndole soltar el pasado que lo había estado jalando al mismo centro de la tierra. Automáticamente, las piernas recuperaron su movilidad y, a lo lejos, mucho más cerca de la orilla de lo que estaba él, vio a un niño que se estaba ahogando.

Mariano tenía la boca y la nariz llena de agua de mar, tosió varias veces y expulsó toda la sal que había guardado en su garganta, tomó una bocanada de aire fresco y se sumergió. Allá abajo, en ese cuarto líquido color cristalino, sintió que la lucha había llegado a término, y el pasado había quedado asfixiado. Por primera vez, después de ocho años confió en sí mismo. Nadó lo más rápido que pudo aprovechando las corrientes internas. En esta ocasión no llegaría tarde. Jaló al niño con un brazo y antes de llegar a la orilla, el hombre salvavidas los auxilió. La mamá del pequeño le agradeció, al tiempo que personal del hotel se hacía cargo. Minutos más tarde, el niño abrió los ojos; en ellos, Mariano descubrió los ojos de Alberto, y en su expresión, imaginó la misma sonrisa que hacía cuando brindaban por la justicia.

Mariano se sacudió la arena, se limpió la sal que sentía en los labios y emprendió el camino a la habitación 713. Eran pasadas de las diez y media, seguramente aún no había terminado la clase de yoga, lo que le daría tiempo para recoger la nota antes de que Paula la descubriera. Se apresuró.

La puerta de la habitación se abrió, justo en el momento en que Mariano rompía en pedazos la idea de morirse.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

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