Cuento “Convergencia”

Adriana Ayala

1

Rodrigo pasó mala noche. La idea del suicidio veló sus sueños convirtiéndolos en palomas negras que lo acechaban desde la ventana. “¿Y si me mato de una buena vez? ¿Qué caso tiene seguir en este pinche mundo de mierda?”, pensó. Hasta para quitarse la vida, se necesita valentía, y el joven carecía de ella, y de voluntad, y de un arma o inteligencia para investigar cómo hacerlo. En eso estaba cuando al fin se acostumbró a las visitantes siniestras y se durmió. La alarma sonó a las seis en punto, insistente y a volumen alto, sin embargo, el joven no la escuchó. Su madre tocó enérgicamente a la puerta y gritó: “¡Pinche güevón, apaga esa chingadera!”. Rodrigo lamentó el comienzo de un nuevo día. No se bañó, ni siquiera se limpió la cara o los dientes, mucho menos se cambió de calzones. Se puso los jeans de ayer y de ante ayer, una playera de la Maldita Vecindad, sus botas Dr. Martens y se tiró en la cama esperando encontrar entre las sábanas el sentido de su vida. Los gritos de su madre lo alertaron una vez más. Eran las 7:15 de la mañana. Por un momento, dudó en levantarse, pero prefirió pasar una mañana en la escuela que aguantar a la odiosa de su madre. Con mochila al hombro, salió del departamento, ubicado en el piso 15 del edificio Nuevo León en Tlatelolco, y entró al elevador.

2

Alejandra amaneció con los ojos hinchados de tanto llorar la infidelidad y abandono del marido. Decidió que sus hijas faltarían a la escuela. ¿De qué servía estudiar, terminar una carrera, si cuando una mujer se enamora, renuncia a todo por el hombre que le jura amor eterno y protección hasta que la muerte los separe? “Las mujeres somos pendejas”, pensó. Su mundo giraba alrededor de su marido y sin él, el mundo quedó a la deriva. La última vez que hablaron, fue muy claro, sólo mantendría a sus hijas; a ella, no. ¿De qué viviría? A sus cuarenta años, según los perfiles de puesto de las empresas, no era apta para trabajar. Tenía ganas de cavar una fosa y meterse ahí dentro, fugarse de esa realidad que le clavaba navajas en el orgullo. “¡Y luego con la secretaria!”. El pensamiento se hizo voz. Las palabras le quemaron la boca y el calor se le subió a los ojos. Recordó las pocas veces que fue a la oficina y cómo la secretaria la había recibido con su sonrisa hipócrita: “¡ay, reinita!, las niñas te han de traer todo el día del tingo al tango, sin chance de arreglarte, ¿verdad?”. Ni siquiera ella, Alejandra, era apta para ser secretaria, seguro ni amante. El fuego la invadió completa y las lágrimas brotaron para apagarlo. Lo único que quería era morir. Muerta no necesitaría marido ni trabajo ni aguantaría la humillación de una secretaria que acostumbra llamar a cualquier mujer: “reinita”. La hija más pequeña despertó y le preguntó: “¿por qué lloras, mami?”. Alejandra se inventó que no había leche, que iría a comprarla a la tienda, que volvería pronto. Los antidepresivos parecían no hacer efecto, lo único que ella haría sería caminar sobre el eje Central Lázaro Cárdenas con los ojos cerrados. Eran las 7:17 de la mañana. Salió del departamento, en el piso 13, y entró al elevador. Dentro, sólo iba un joven desaliñado. Realmente, sentía que la cabeza le estallaría en mil pedazos.

3

Armando despertó con las deudas remojando sus barbas e inundando sus ojos. “¡Pero querías fiesta de quince años de ricos para Laurita!”. Mientras se quitaba las sábanas, su pensamiento le taladraba las sienes. “Y luego ese viaje a Europa con suegros incluidos”, se reprochaba con más ímpetu. Esa idea de aparentar ser más de lo que se es, lo había hecho caer en una trampa fangosa. Bien se lo había dicho su amigo: “las tarjetas de crédito son cosa del demonio, no confíes en ellas”. ¿Con qué diablos las pagaría? Había pasado toda una semana visitando prestamistas, amigos, casas de empeño sin lograr que una puerta le mostrara la luz al final del túnel. En un par de días, lo desalojarían del departamento. Y, como si no fuera poco con eso, la noche anterior le dieron el pitazo de que harían recorte de personal y él figuraba en primer lugar de la lista. Su mujer y sus hijos desconocían sus problemas. “¿Para qué mortificarlos?”, pensó. El hombre se bañó, sentía telarañas en su cabeza, pero el agua y el jabón, en lugar de limpiarlas, las enmarañó más sobre su pelo. Había enflacado tanto en los últimos días que cuando se miraba en el espejo, la imagen que le devolvía era la de un anciano. Esa mañana, Armando tejió una nueva solución: antes de que lo despidieran, se aventaría del puente peatonal o entraría a la estación del metro Garibaldi y se tiraría a las vías. Las deudas morirían igual que él, Mónica, su esposa, cobraría el seguro, que la empresa le había dado como parte de sus prestaciones. Con ese dinero, su familia viviría sin dificultades algunos años e incluso les alcanzaría para poner un negocio pequeño. Eran las 7:18 de la mañana. Tomó su portafolio, salió del departamento, en el piso 12, y entró al elevador. Dentro, un joven desaliñado y una mujer en bata con la cara hinchadísima.

4

El 19 de septiembre de 1985, a las 7:19 de la mañana, Rodrigo, Alejandra y Armando sintieron un pequeño jaloneo y el elevador se detuvo, al parecer se había descompuesto. Segundos después el piso del elevador se cuarteó. Una sacudida fortísima, una caída libre corta y, después un golpe seco los tiró al piso sin poder tener control de sus cuerpos. Se llenaron de polvo, piedras, escombros. Les costaba trabajo hablar, respirar, moverse, habían quedado inclinados. Una estela gris oscura cubrió su visión. Imaginaron el edificio colapsado. ¿Una explosión, un terremoto? Las palomas negras, las lágrimas de fuego y las telarañas en la cabeza desaparecieron; en su lugar, Rodrigo pensó en su madre; Alejandra, en sus hijas; Armando, en su familia. Debían encontrar la manera en cómo salir de ahí. Un pequeño orificio filtró un rayo de sol. Con piedras, intentaron hacer más grande la abertura. La tierra entró como agua de regadera y los empujó hasta sepultarlos. Pasaron los segundos, los minutos, el aturdimiento, la desesperación, la paranoia, el cansancio. De pronto, voces limpias les devolvieron el ánimo. Rodrigo, Alejadra y Armando gritaron, no una, varias veces, hasta que la voz salió más o menos decente como para hacerse escuchar. Allá afuera, contestaron. Los rescatistas no los abandonarían. El aire fresco les dio palmadas en el alma. La luz se fue haciendo cada vez más grande hasta que inundó el espacio, los cegó. Poco a poco pudieron mirar a su alrededor. El caos les llegaba hasta sus dientes, la muerte se respiraba en cada inhalación, terriblemente dificultosa, el silencio era atroz, sin embargo, sus corazones latían. ¡Estaban vivos!

FIN

Puntuación: 1 de 5.
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2 comentarios en “Cuento “Convergencia””

  1. Es algo intrigante las analogías de palomas negras, lágrimas de fuego y telarañas en la cabeza, cada expresión lleva a lo mismo, suicidio. Pero para cada persona significa algo distinto.

    ¡Gracias por compartir!

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