El primer beso

Clarice Lispector

(10/diciembre/1920 – 09/diciembre/1977).

Traducción Marcelo Cohen. 

Cuento de la colección Felicidad clandestina (1971).


MÁS QUE CONVERSAR, aquellos dos susurraban: hacía poco que el romance había empezado y andaban mareados, era el amor. Amor con lo que trae aparejado: celos. 

—Está bien, te creo que soy tu primera novia, eso me hace feliz. Pero dime la verdad: ¿nunca antes habías besado a una mujer? 

—Sí, ya había besado a una mujer.

—¿Quién era? —preguntó ella dolorida.


Toscamente él intentó contárselo, pero no sabía cómo.


El autobús de excursión subía lentamente por la sierra. Él, uno de los muchachos en medio de la muchachada bulliciosa, dejaba que la brisa fresca le diese en la cara y se le hundiera en el pelo con dedos largos, finos y sin peso como los de una madre. Qué bueno era quedarse a veces quieto, sin pensar casi, sólo sintiendo. Concentrarse en sentir era difícil en medio de la barahúnda de los compañeros. 

Y hasta la sed había empezado: jugar con el grupo, hablar a voz en cuello, más fuerte que el ruido del motor, reír, gritar, pensar, sentir… ¡Caray! Cómo dejaba la garganta seca. 

Y ni sombra de agua. La cuestión era juntar saliva, y eso fue lo que hizo. Después de juntarla en la boca ardiente, la tragaba despacio, y luego una vez más, y otra. Sin embargo, era tibia, la saliva, y no quitaba la sed. Una sed enorme, más grande que él mismo, que ahora le invadía todo el cuerpo. 

La brisa fina, antes tan buena, al sol del mediodía se había tornado ahora árida y caliente, y al penetrarle por la nariz le secaba todavía más la poca saliva que había juntado pacientemente. 

¿Y si se tapase la nariz y respirase un poco menos aquel viento del desierto? Probó un momento, pero se ahogaba en seguida. La cuestión era esperar, esperar. Tal vez unos minutos solamente, tal vez horas, mientras que la sed que él tenía era de años. 

No sabía cómo ni por qué, pero ahora se sentía más cerca del agua, la presentía más próxima, y los ojos le brincaban más allá de la ventana recorriendo la carretera, penetrando entre los arbustos, explorando, olfateando. 

El instinto animal que lo habitaba no se había equivocado: tras una inesperada curva de la carretera, entre arbustos, estaba… la fuente de donde brotaba un hilillo del agua soñada. 

El autobús se detuvo, todos tenían sed, pero él consiguió llegar primero a la fuente de piedra, antes que nadie. 

Cerrando los ojos entreabrió los labios y ferozmente los acercó al orificio de donde manaba el agua. El primer sorbo fresco bajó, deslizándose por el pecho hasta el estómago. 

Era la vida que volvía, y con ella se empapó todo el interior arenoso hasta saciarse. Ahora podía abrir los ojos. 

Los abrió, y muy cerca de su cara vio dos ojos de estatua que lo miraban fijamente, y vio que era la estatua de una mujer, y que era de la boca de la mujer de donde el agua salía. Se acordó de que al primer sorbo había sentido realmente un contacto gélido en los labios, más frío que el agua. 

Y entonces supo que había acercado la boca a la boca de la mujer de la estatua de piedra. La vida había chorreado de aquella boca, de una boca hacia otra. 

Intuitivamente, confuso en su inocencia, se sintió intrigado: pero si no es de la mujer de quien sale el líquido vivificante, el líquido germinador de la vida… Miró la estatua desnuda. 

La había besado. 

Lo invadió un temblor que desde afuera no se veía y que, empezando muy adentro, se apoderó de todo el cuerpo, explotando el rostro en brasa viva. 

Dio un paso hacia atrás o hacia delante, ya no sabía qué estaba haciendo. Perturbado, atónito, se dio cuenta de que una parte de su cuerpo, antes siempre relajada, estaba ahora en una tensión agresiva, y eso no le había ocurrido nunca. 

Dulcemente agresivo, se hallaba de pie, solo en medio de los demás, con el corazón latiendo pausada, profundamente, sintiendo cómo se transformaba el mundo. La vida era totalmente nueva. Era otra, descubierta en un sobresalto. Estaba perplejo, en un equilibrio frágil. 

Hasta que, surgiendo de lo más hondo del ser, de una fuente oculta en él manó la verdad. Que en seguida lo llenó de miedo y también de un orgullo que no había sentido nunca. Se había… 

Se había hecho hombre. 

FIN

Puntuación: 1 de 5.
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