La dama del perrito

Antón P. Chéjov
(29/enero/1860 – 15/julio/1904).

Cuento publicado en la revista Rússkaya mysl en 1899, con el subtítulo “Relato”. Después de una considerable corrección y sin subtítulo, Chéjov lo incluyó en la segunda edición de sus Obras completas en 1903.

Traducción Ricardo San Vicente.


I

Decían que por el paseo marítimo había aparecido una cara nueva: una dama con un perrito. Dmitri Dmítrievich Gúrov, que llevaba en Yalta dos semanas y ya se había hecho al lugar, también empezó a interesarse por las caras nuevas. Sentado en la terraza del Vernet, vio avanzar por el paseo a una señora joven, una rubia de mediana estatura, con boina; tras ella corría un lulú blanco.

            Más tarde se la encontró varias veces en el parque de la ciudad y en la glorieta. Paseaba sola, siempre con la misma boina y el lulú blanco. Nadie sabía quién era y la llamaban simplemente la dama del perrito.

            «Si está sin el marido y no tiene conocidos —se imaginaba Gúrov—, no estaría de más conocerla.»

            Gúrov no había llegado aún a los cuarenta, pero tenía ya una hija de doce años y dos chicos en el liceo. Lo habían casado pronto, cuando todavía era estudiante de segundo curso, y ahora su esposa parecía mucho mayor que él. Era una mujer alta, de cejas oscuras, tiesa, arrogante, grave y, como ella decía, una persona con ideas. Leía mucho y escribía las cartas con ortografía moderna, no llamaba a su marido Dmitri, sino Dimitri, y este en el fondo la consideraba poco inteligente, estrecha de miras y nada exquisita. La temía y no le gustaba estar en casa. Le era infiel desde hacía tiempo, la engañaba a menudo y, tal vez por eso, casi siempre hablaba mal de las mujeres. Cuando se referían a ellas en su presencia, siempre decía lo mismo:

            —¡Una raza inferior!

            Le parecía que su dilatada y amarga experiencia le daba derecho a llamarlas como se le ocurriera, y, no obstante sin aquella «raza inferior» no habría podido vivir ni dos días. En compañía de los hombres se aburría, se encontraba raro, se mantenía taciturno y frío, pero, cuando se hallaba entre mujeres, se sentía libre y sabía de qué hablar y cómo comportarse. Con ellas le resultaba fácil incluso mantenerse en silencio. En su aspecto, en su carácter y en toda su manera de ser había algo sugestivo e imperceptible que predisponía favorablemente a las mujeres, que las atraía. Él lo sabía, y también en él vivía una fuerza que le empujaba hacia ellas.

            La experiencia, repetida y, en efecto, amarga, hacía tiempo que le había enseñado que cualquier acercamiento, si al principio rompe tan dulcemente la monotonía de la vida y se presenta como una deliciosa y ligera aventura, inevitablemente se convierte, para la gente decente y en especial para los moscovitas, lentos de reflejos e indecisos, en todo un problema, en algo extremadamente complicado, y a fin de cuentas la situación se hace insoportable. Pero en cada nuevo encuentro con una mujer interesante, esta conclusión parecía desvanecerse de su memoria, sentía nuevas ganas de vivir, y todo parecía tan sencillo y tan divertido.

            De modo que, un atardecer que Gúrov comía en el parque, la dama de la boina se acercó lentamente con la intención de ocupar la mesa vecina. Su expresión, los andares, el vestido, el peinado le decían que la mujer pertenecía a un ambiente respetable, que estaba casada, que estaba en Yalta por primera vez y sola, y que se aburría… En las historias sobre las costumbres licenciosas del lugar había mucho de falso, Gúrov despreciaba estos rumores y sabía bien que, en la mayoría de los casos, los inventaban las personas que, si supieran cómo hacerlo, pecarían muy a gusto. Pero cuando la dama se sentó en la mesa vecina, a tres pasos de él, recordó todas esas historias sobre las victorias fáciles, las excursiones a la montaña y, de pronto, se sintió dominado por la tentadora idea de una aventura rápida y fugaz, de un romance así, con una desconocida de la que se ignora nombre y apellido.

            Llamó con gesto cariñoso al lulú y, cuando el perro se acercó, lo amenazó con el dedo. El lulú lanzó un gruñido. Gúrov lo amenazó de nuevo.

            La dama lo miró y al instante bajó la mirada.

            —No muerde —dijo y se sonrojó.

            —¿Puedo darle un hueso? —Y cuando ella movió afirmativamente la cabeza, Gúrov le preguntó en tono afable—: ¿Hace mucho que ha llegado a Yalta?

            —Unos cinco días.

            —Pues yo llevo ya casi dos semanas.

            Callaron un rato.

            —Qué aprisa pasa el tiempo, y, sin embargo, ¡esto es tan aburrido! —dijo la mujer sin mirarlo.

            —Esto de que aquí uno se aburre es un decir. Vive uno, no sé, en su Beliov o en cualquier Zhizdra, y no se aburre, pero llega aquí y «¡Oh, qué aburrimiento! ¡Cuánto polvo!». Ni que viniera de Granada.

            Ella se rió. Y ambos siguieron comiendo en silencio, como dos desconocidos; pero después de comer se fueron juntos, y se inició una de esas conversaciones burlonas y ligeras que surge entre las personas libres y satisfechas, a las que tanto les da adónde ir y de qué hablar.

            Paseaban y comentaban la extraña iluminación del mar; el agua era de color lila, tan suave y cálido, y la luna extendía sobre el mar una franja dorada. Hablaban del bochorno que hacía tras el caluroso día.

            Gúrov contó que era de Moscú, que había estudiado filología, pero trabajaba en un banco. En un tiempo se había preparado para ingresar en una ópera particular, pero lo dejó, y en Moscú tenía dos casas…

            Y de ella supo que había crecido en Petersburgo, pero se había casado en S., donde vivía desde hacía ya dos años, que aún se quedaría en Yalta un mes y que, tal vez, viniera a por ella su marido, al que también le apetecía un descanso. No hubo manera de que lograra explicar dónde trabajaba su marido, si en la diputación provincial o en un organismo local, y a ella misma le hizo gracia. Gúrov se enteró también de que se llamaba Anna Seguéyevna.

            Más tarde, en su cuarto del hotel, pensó en ella, en que al día siguiente era muy probable que la volviera a ver. Así debía ser. Al acostarse se le ocurrió pensar que la muchacha no haría mucho que había dejado de ser una colegiala, igual que su hija ahora; recordó cuánta timidez y torpeza había aún en su risa, en su manera de hablar con un desconocido. Al parecer, era la primera vez en su vida que estaba sola, que se encontraba en la situación de una mujer a la que seguían, miraban y hablaban con una sola secreta intención que ella por fuerza debía de adivinar. Recordó su fino y débil cuello, los hermosos ojos grises.

            «De todos modos, hay algo en ella que inspira compasión», pensó, y comenzó a dormirse.

II

            Había pasado una semana desde que se habían conocido. Era un día de fiesta. En las habitaciones el calor era sofocante y en las calles el vendaval arremolinaba el polvo y arrancaba los sombreros. Todo el día tenía sed, y Gúrov entraba a menudo en el pabellón y ofrecía a Anna Serguéyevna agua con sirope o un helado. No había donde meterse.

            Al atardecer, cuando el tiempo se calmó un poco, fueron al puerto, a ver cómo llegaba el vapor. En el muelle había muchos paseantes; esperaban a alguien, llevaban ramos de flores. Y allí, entre la elegante multitud de Yalta, saltaban claramente a la vista dos detalles: las señoras mayores vestían como las jóvenes y había muchos generales.

            Debido a lo agitado del mar, el barco llegó tarde, cuando ya se había puesto el sol, y antes de atracar tardó largo rato en dar la vuelta. Anna Serguéyevna miraba por unos impertinentes al vapor y a los pasajeros, como si buscara a algún conocido, y cuando se dirigía a Gúrov sus ojos brillaban. Hablaba mucho y las preguntas le salían entrecortadas, por lo demás se olvidaba al instante de lo que había preguntado. Luego, entre el gentío, perdió los impertinentes.

            La muchedumbre elegante se dispersaba, ya no se veían nuevas caras, el viento se calmó del todo, pero Gúrov y Anna Serguéyevna seguían allí, como si esperaran que bajara alguien más del barco. Anna Serguéyevna callaba ahora y olía las flores sin mirar a Gúrov.

            —El tiempo ha mejorado —dijo él—. ¿Adónde podríamos ir? ¿Y si damos un paseo en coche?

            Ella no contestó.

            Entonces él la miró fijamente, y de pronto la abrazó y la besó en los labios. Se sintió envuelto por el olor y vaho de las flores. Al instante miró atemorizado a su alrededor por si les había visto alguien.

            —Vamos a su cuarto… —susurró Gúrov.

            Y ambos echaron a andar con paso rápido.

            En la habitación de Anna el aire era sofocante, olía al perfume que ella había comprado en la tienda japonesa. Gúrov, mirándola ahora, pensaba: «¡Qué encuentros tiene uno en la vida!».

            Del pasado conservaba el recuerdo de mujeres despreocupadas y benévolas, alegres con el amor y agradecidas con la dicha recibida, por muy breve que esta fuera. Pero también recordaba otras —como, por ejemplo, su esposa— que amaban sin sinceridad o con demasiadas palabras, afectadamente, de manera histérica, con una expresión que más que amor o pasión parecía reflejar algo más solemne. O unas dos o tres, muy bellas y frías, en cuyo rostro centelleaba de pronto una expresión rapaz, un obstinado deseo de tomar, de arrancar de la vida más de lo que esta puede dar. Eran mujeres que habían dejado atrás su primera juventud, caprichosas, no dadas a razones, dominantes y poco inteligentes, y, cuando Gúrov perdía interés por ellas, su belleza le resultaba odiosa, y entonces los encajes de sus vestidos le parecían escamas.

            Aquí, en cambio, seguía ante la misma timidez, el gesto torpe de la inexperta juventud y el sentimiento de embarazo del primer día, y observaba también una sensación de desconcierto, como si de pronto hubieran llamado a la puerta.

            Anna Serguéyevna, la «dama del perrito», reaccionó ante lo ocurrido de manera algo singular, muy en serio, como si la hubiesen deshonrado. Eso parecía, y resultaba extraño y fuera de lugar. Sus rasgos se habían demacrado, ajado, y a ambos lados de la cara le colgaban tristes sus largos cabellos. Se la veía pensativa, en una pose abatida, igual que una pecadora en un cuadro antiguo.

            —No está bien —dijo—. Ahora usted será el primero en perderme el respeto.

            Sobre la mesa de la habitación había una sandía. Gúrov cortó una raja y se puso a comer sin prisas. Pasó al menos media hora en silencio.

            Anna Serguéyevna tenía un aire conmovedor, toda ella respiraba la pureza de una mujer honesta, ingenua, que había vivido poco; la vela solitaria que ardía sobre la mesa apenas iluminaba su rostro, y, sin embargo, se veía que algo le dolía en el alma.

            —Y ¿por qué he de dejar de respetarte? —preguntó Gúrov—. Ni tú misma sabes lo que dices.

            —¡Que Dios me perdone! —exclamó ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Es horroroso.

            —Parece como si te justificaras.

            —Justificarme ¿con qué? Soy una mujer mala, ruin. Me desprecio y ni siquiera pienso en justificarme. No ha sido a mi marido a quien he engañado, sino a mí misma. Y no solo ahora, sino hace tiempo. Mi marido tal vez sea un hombre honesto, bueno, pero ¡no es más que un lacayo! No sé lo que hará allí, qué cargo tiene, solo sé que es un lacayo. Cuando me casé con él tenía veinte años, me abrumaba la curiosidad, quería algo mejor; porque hay otra vida, me decía yo. ¡Quería vivir! Vivir y vivir… La curiosidad me quemaba… Usted no lo entiende, pero, lo juro por Dios, ya no podía dominarme. Me estaba ocurriendo algo, no me podía contener. Le dije a mi marido que estaba enferma y me vine aquí… Aquí no he parado de ir de un lado a otro, como embriagada, como una loca… Y ya ve, me he convertido en una mujer ruin, repugnante, a la que puede despreciar cualquiera.

            A Gúrov le aburría escucharla, le irritaba el tono ingenuo, aquel arrepentimiento, tan inesperado y fuera de lugar. De no ser por las lágrimas, se podría pensar que estaba bromeando o representaba algún papel.

            —No entiendo qué quieres —le preguntó en voz baja.

            La mujer escondió su cara en el pecho de Gúrov y se apretó contra él.

            —Créame, se lo suplico, créame… —decía—. Yo amo la vida honesta, limpia, y el pecado me repugna, yo misma no sé lo que hago. La gente sencilla suele llamarlo la tentación del maligno. Ahora yo también puedo decir de mí que el maligno me ha tentado.

            —Bueno, bueno… —murmuraba él.

            Miraba sus ojos inmóviles, asustados, la besaba, le hablaba en voz suave y dulce, y ella poco a poco se calmó, recobró la alegría, y ambos se echaron a reír.

            Después, cuando salieron, en el paseo no había ni un alma, la ciudad con sus cipreses tenía un aspecto completamente muerto, pero el mar seguía bramando y chocaba contra la costa; una barcaza se balanceaba sobre las olas y sobre ella parpadeaba soñoliento un farolillo.

            Encontraron un coche y se dirigieron a Oreanda.

            —Abajo en el vestíbulo me he enterado de tu apellido: en el tablón ponía Von Dideritz —dijo Gúrov—. ¿Tu marido es alemán?

            —No, parece que su abuelo lo era, pero él es ortodoxo.

            En Oreanda se sentaron en un banco, no lejos de la iglesia, y estuvieron mirando abajo, al mar, en silencio. A través de la niebla del amanecer, Yalta casi no se veía, en las cumbres de las montañas se mantenían inmóviles las nubes blancas. Las hojas no se movían en los árboles, chirriaban las cigarras, y el monótono y sordo rumor del mar, que llegaba desde abajo, les hablaba de paz, del sueño eterno que nos espera.

            Así sonaba el mar allí abajo, cuando aún no estaban aquí ni Yalta, ni Oreanda, así seguía ahora el rumor y así seguiría, igual de indiferente y sordo, cuando no estuviéramos. Y en esa inmutabilidad, en la completa indiferencia hacia la vida y la muerte de cada uno de nosotros se esconde, quizá, el secreto de nuestra salvación eterna, del ininterrumpido movimiento de la vida en la tierra, del constante perfeccionamiento.

            Sentado junto a la joven, que tan hermosa parecía a la luz del alba, recobrada la calma y fascinado ante aquel espectáculo mágico —el mar, las montañas, las nubes y el ancho cielo—, Gúrov reflexionaba que, en realidad, si uno se para a pensar, qué maravilloso era todo, todo en este mundo, todo, a excepción de lo que pensamos y hacemos cuando nos olvidamos de los altos designios de la existencia, de nuestra dignidad de hombres. Se acercó alguien, al parecer un guarda, los miró y se fue. Y este detalle les pareció misterioso y también bello. Se veía que había llegado el vapor de Feodosia, iluminado por el alba matutina, ya sin las luces.

            —Hay rocío en la hierba —dijo Anna Serguéyevna tras un silencio.

            —Sí. Es hora de volver.

            Regresaron a la ciudad.

            Desde entonces se encontraban cada mediodía en el paseo; juntos almorzaban, cenaban, paseaban, admiraban el mar. Ella se quejaba de que dormía mal y de que le palpitaba de inquietud el corazón; le hacía siempre las mismas preguntas, angustiada bien por los celos, bien por el temor de que él no la respetara lo bastante. Y él, a menudo, en la glorieta o en el parque, cuando no había nadie cerca la atraía de pronto hacia sí y la besaba con pasión. La indolencia más completa, aquellos besos a plena luz del día, furtivos y temerosos —no fuera que alguien los viese—, el calor, el olor del mar y el constante ir y venir ante sus miradas de gente ociosa, elegante y satisfecha, todo aquello parecía haberle transfigurado. Gúrov le hablaba a Anna Serguéyevna de lo atractiva y lo tentadora que era, se mostraba apasionado e impaciente, y no se separaba de ella ni un paso. Ella se quedaba a menudo pensativa y no paraba de pedirle que reconociera que no la respetaba, que no la quería nada y que solo veía en ella una mujer fácil. Casi cada noche, muy tarde, se dirigían a algún lugar de las afueras, a Oreanda o a la cascada; el paseo les encantaba, y en cada ocasión las impresiones eran espléndidas y majestuosas. 

            Esperaban la llegada del marido. Pero de este llegó una carta en la que decía que había enfermado de los ojos y rogaba a su mujer que regresara a casa cuanto antes. Anna Serguéyevna se apresuró a partir. 

            —Es bueno que me vaya —le decía a Gúrov—. Es el destino que me llama. 

            Se fue en coche de caballos y él la acompañó. Viajaron todo el día. Cuando se instaló en el vagón del correo y ya había sonado el segundo aviso, ella le decía: 

            —Déjeme verle una vez más… Verle una vez más. Así. 

            No lloraba, pero estaba triste, como enferma, y le temblaba la cara. 

            —Pensaré en usted… le recordaré —decía ella—. Que Dios le proteja. No guarde usted mal recuerdo de mí. Nos despedimos para siempre. Así ha de ser, porque nunca debimos encontrarnos. Bien, vaya usted con Dios.

            El tren partió deprisa, pronto desaparecieron las luces, y, al cabo de un minuto, ya no se oía ni un rumor, como si todo se hubiera confabulado para cortar cuanto antes aquel dulce sueño, aquella locura.

            Y, ya solo en el andén y mirando a la oscura lejanía, Gúrov oía el chirriar de los saltamontes y el zumbido de los hilos del telégrafo con la misma sensación de quien acaba de despertar. Y el hombre pensaba que una historia o aventura más había pasado por su vida y que también esta había llegado a su fin y que ahora solo le quedaba el recuerdo… 

            Estaba emocionado, triste y se sentía ligeramente arrepentido, porque la joven, a la que no volvería a ver, no había sido feliz a su lado; Gúrov había sido cordial y amistoso, pero, de todos modos, en su trato con ella, en el tono y en sus caricias se deslizaba, como una sombra, una leve burla, la suficiencia algo burda de un hombre feliz, que, por si fuera poco, casi le doblaba en edad. Ella no paraba de repetirle lo bueno, extraordinario y sublime que era; por lo visto, él le parecía lo que en realidad no era, de modo que, sin quererlo, la engañaba…

            En la estación ya olía a otoño, la tarde era fresca.

            «Es hora de que yo también me vaya al norte —pensaba Gúrov al abandonar el anden—. ¡Ya es hora!»

III

En Moscú todo tenía un aspecto invernal. En casa encendían las estufas, y por las mañanas, cuando los niños se preparaban para ir a la escuela y desayunaban, en la calle era oscuro, y la niñera prendía por un rato la luz. Ya habían empezado las heladas. Cuando cae la primera nieve, el primer día en que se toma el trineo, es agradable ver la tierra blanca, los tejados blancos, se respira con ligereza y a placer, y con este tiempo vienen a la memoria los años jóvenes. Los viejos tilos y abedules, blancos por la escarcha, tienen un aire bondadoso y llegan más al corazón que los cipreses y las palmeras; junto a ellos ya no apetece pensar en las montañas y el mar.

Gúrov, que era moscovita, había regresado a Moscú un día hermoso, muy frío, y, cuando se puso el abrigo de pieles, unos guantes calientes y se dio un paseo por la calle Petrovka, y en la noche del sábado, cuando oyó el tañido de las campanas, su reciente viaje y los lugares que había visitado perdieron para él todo el encanto. Poco a poco se sumergió en la vida moscovita; leía con avidez tres periódicos al día y ya decía que no leía la prensa moscovita por principio. Recobró su interés por los restaurantes, los clubes, los banquetes, los aniversarios, y volvió a parecerle halagador recibir en su casa a conocidos abogados y artistas, y jugar a las cartas en el Club de Doctores con un catedrático. Ya podía comerse toda una porción de solianka[1] a la sartén…

Pasaría un mes o dos, y Anna Serguéyevna, como pensaba, se sumergiría en la niebla del recuerdo y solo rara vez se le aparecería en sueños con su conmovedora sonrisa, como se le aparecían otras. Pero había pasado más de un mes, ya era pleno invierno, y el recuerdo seguía tan nítido como si se hubiera separado de Anna Serguéyevna la víspera. Y los recuerdos se hacían cada vez más vivos. A veces, ya fuera en el silencio del atardecer, cuando le llegaban al despacho las voces de los niños que preparaban los deberes, ya fuera mientras escuchaba una romanza o el órgano en un restaurante, o cuando en el hogar gemía la ventisca, de pronto resucitaban todos los recuerdos: lo sucedido en el muelle, la bruma del amanecer en las montañas, el vapor de Feodosia, los besos. Recorría largo rato la habitación, recordaba y sonreía; luego los recuerdos se convertían en sueños, y después el pasado se mezclaba en su imaginación con lo que había de llegar. Anna Serguéyevna no se le aparecía en sueños, sino que le seguía a todas partes, como una sombra, y lo vigilaba. Si cerraba los ojos, la veía como si la tuviera delante, y le parecía más bella, más joven, más dulce que antes, y él mismo creía ser mejor de lo que había sido entonces, en Yalta. Por las tardes ella lo contemplaba desde la librería, desde el hogar o desde un rincón; Gúrov oía su respiración, el acariciador susurro de su vestido. Por la calle seguía con la mirada a las mujeres y buscaba a alguna que se pareciera a ella.

Empezó a abrumarle el poderoso deseo de compartir con alguien sus recuerdos. Pero en casa no podía hablar de su amor, y fuera de casa no había con quién. ¿No iba a hacerlo con los vecinos o en el banco? Y además, ¿hablar de qué? ¿O es que había amado entonces? ¿Acaso había algo de hermoso, poético o aleccionador, o algo simplemente interesante en sus relaciones con Anna Serguéyevna? No había más remedio, pues, que hablar del amor o de las mujeres de forma vaga, y nadie adivinaba de qué se trataba. Solo su mujer arqueaba las negras cejas y decía:

—Dimitri, no te va nada este papel de galán.

Una noche, al salir del Club de Doctores con un compañero de partida, un funcionario, no pudo contenerse y dijo:

—¡Si supiera usted qué encantadora mujer he conocido en Yalta!

El funcionario subió a un trineo y se puso en camino, pero, de pronto, se dio la vuelta y le llamó:

—Dmitri Dmítrich!

—¿Qué?

—Antes estaba usted en lo cierto: el esturión tenía un tufillo.

Aquellas palabras, tan corrientes, no se sabe por qué, sublevaron a Gúrov, le parecieron humillantes, sucias. ¡Qué costumbres más salvajes, qué gente! ¡Qué noches más absurdas, qué días más aburridos y vacíos! El juego impenitente a las cartas, las comilonas, las borracheras, las constantes conversaciones siempre sobre lo mismo. Los asuntos inútiles y las conversaciones siempre sobre el mismo tema consumen la mejor parte del tiempo, las mejores fuerzas, y al final solo queda algo así como una vida amputada, sin alas, una vida boba. ¡Y no hay modo de irte y de escapar, como si estuvieras en una casa de locos o en un batallón de castigo!

Gúrov no durmió en toda la noche, le dominaba la indignación, y luego durante todo el día le dolió la cabeza. Tampoco las noches siguientes durmió bien, se la pasaba sentado en la cama, o yendo de un rincón a otro del cuarto. Estaba harto de los niños, del banco, no tenía ganas de ir a ninguna parte ni de hablar de nada.

En diciembre, para las fiestas, se dispuso a viajar, le dijo a su mujer que se iba a Petersburgo a hacer unas gestiones en favor de un joven, y se marchó a S. ¿Para qué? Ni él mismo lo sabía bien. Sentía deseos de ver a Anna Serguéyevna, hablar con ella, y, si era posible, concertar una cita.

Llegó a S. por la mañana y tomó en el hotel la mejor habitación; todo el suelo estaba tapizado de un paño de uniforme militar, sobre la mesa había un tintero, gris del polvo, con una figura ecuestre; el jinete, al que le habían arrancado la cabeza, levantaba una mano con un sombrero. El conserje le dio los datos necesarios: Von Dideritz vivía en la calle Staro-Gonchárnaya, en casa de propiedad. No era lejos del hotel, vivía bien, era rico, tenía caballos propios y en la ciudad todos lo conocían. El conserje lo llamaba Drydyrits.

Gúrov se dirigió sin prisas hacia la calle Staro-Gonchárnaya, encontró la casa. Justo frente al edificio se alzaba una empalizada larga, gris, con clavos.

«Con una tapia así, cualquiera sale corriendo», se decía Gúrov, mirando la casa y la valla.

Era un día festivo y el marido seguramente estaría en casa, pensaba Gúrov. Lo cierto es que daba igual, sería una torpeza presentarse sin más en la casa. Si le enviaba una nota, lo más probable es que cayera en manos del marido, y entonces todo su plan se echaría a perder. Lo mejor era esperar una ocasión. Y se puso a deambular por la calle, a lo largo de la empalizada, en espera de aquella oportunidad.

Vio cómo en el portón entraba un pordiosero, y sobre el hombre se lanzaron los perros. Más tarde, al cabo de una hora, oyó que tocaban el piano, las notas le llegaban débiles, confusas. Seguramente tocaba Anna Serguéyevna. De pronto la puerta principal se abrió, del interior salió una viejecita y tras ella, corriendo, el lulú blanco. Gúrov quiso llamar al perro, pero de pronto el corazón se le puso a latir con fuerza y, de la emoción, no puso recordar cómo se llamaba el animal.

Gúrov, que seguía andando, odiando cada vez más aquella tapia gris, ya empezaba a pensar irritado que Anna Serguéyevna lo había olvidado y que, tal vez, se divirtiera con otro, algo natural en una mujer joven obligada a ver de la mañana a la noche aquella maldita tapia. Regresó a su habitación y se quedó sentado en el diván sin saber qué hacer, luego comió y durmió largo rato.

«Qué estúpido y molesto es todo esto —pensó al despertar, mirando las oscuras ventanas: ya era de noche—. No sé por qué he dormido tanto. Y ahora, por la noche, ¿qué voy a hacer?»

Estaba sentado en la cama, cubierta de una manta gris barata, igual que la de un hospital, y se azuzaba con rabia:

«Ahí la tienes, tu dama del perrito… Tu aventura… Y ahora quédate aquí sentado, te está bien por…»

Aquella mañana, aún en la estación, le había saltado a la vista un anuncio de letras muy grandes: se representaba por primera vez La geisha. Se acordó de ello y se dirigió al teatro.

«Es muy probable que ella asista a los estrenos», pensó.

El teatro estaba lleno. En la sala, como es habitual en todos los teatros de provincias, flotaba una niebla por encima de las arañas, el gallinero se agitaba ruidoso. En la primera fila, antes de empezar la representación, se hallaban de pie con las manos a la espalda los petimetres del lugar; en el palco oficial, en el lugar de preferencia se sentaba, con una boa de plumas, la hija del gobernador, mientras el propio gobernador se escondía con modestia tras las cortinas y solo se le veían las manos. Se balanceaba el telón, durante largo rato la orquesta estuvo afinando los instrumentos. Mientras el público entraba y ocupaba sus asientos, Gúrov se pasó todo el tiempo buscando ávidamente con la mirada.

También llegó Anna Serguéyevna. Se sentó en la tercera fila, y, cuando Gúrov la miró, sintió que se le encogía el corazón, y entonces comprendió con toda claridad que en el mundo entero no había nadie más entrañable, más querido y más importante para él que aquella persona.

Ella, esa pequeña mujer, perdida entre la muchedumbre provinciana, sin nada de particular, con unos vulgares impertinentes en la mano, llenaba entonces toda su vida, era su desgracia, su alegría, la única felicidad que entonces deseaba para sí. Y bajo los sones de una mala orquesta, de unos violines miserables y ramplones, pensaba en lo bella que era. Pensaba y soñaba.

Con Anna Serguéyevna entró y se sentó a su lado un hombre joven con patillas cortas, muy alto y encorvado; a cada paso balanceaba la cabeza y parecía ejecutar constantes reverencias. Debía de ser el marido, a quien aquel día, en Yalta, en un arranque de amargura, había tildado de lacayo. Y ciertamente, en su larga figura, en las patillas y en la pequeña calva, había algo de la modestia de un lacayo; el hombre sonreía con dulzura y en su ojal brillaba alguna insignia académica, igual que el número que llevan los lacayos.

En el primer entreacto, el marido se fue a fumar, ella se quedó en la sala. Gúrov, que también se sentaba en el patio de butacas, se acercó a ella y, con voz temblorosa y una sonrisa forzada, dijo:

—Buenas noches.

Ella lo miró y perdió el color, luego lo volvió a mirar con cara de horror, sin dar crédito a sus ojos, y apretó con fuerza el abanico y los impertinentes juntos, haciendo al parecer un esfuerzo enorme por no desmayarse. Ambos callaban. Ella estaba sentada; él, de pie, asustado por su confusión, sin decidirse sentarse a su lado. Resonaron los violines y una flauta que los músicos afinaban. De pronto sintieron miedo, parecía como si de todas las butacas los observaran. Ella se levantó al fin y se dirigió con pasos rápidos hacia la salida; él la siguió y ambos echaron a andar sin ton ni son, por pasillos, escaleras, una veces subiendo, otras bajando, y ante sus ojos pasaban veloces Dios sabe qué gente en uniformes de juez, de maestros y de algún otro cuerpo, todos con insignias; desfilaban damas, abrigos en los colgadores, soplaba una corriente de aire con olor a colillas de tabaco. Y Gúrov, al que le palpitaba con fuerza el corazón, se preguntaba: «¡Oh, Dios mío! ¿A qué esta gente, esta orquesta?…».

En aquel instante recordó de pronto que aquella tarde en la estación, mientras despedía a Anna Serguéyevna, se decía que todo había acabado y que no la volvería a ver. Pero ¡cuánto faltaba aún para el final!

Anna se detuvo al pie de una estrecha y tenebrosa escalera en la que se leía: «Paso al anfiteatro».

—¡Qué susto me ha dado! —dijo, respirando penosamente, aún pálida y aturdida—. Oh, cómo me ha asustado. Casi me muero. ¿A qué ha venido? ¿Por qué?

—Compréndame, Anna, comprenda… —pronunció él a media voz y a toda prisa—. Se lo suplico, comprenda…

Ella lo miraba con expresión de terror, de súplica, de amor, lo miraba fijamente, para retener con toda la fuerza de que era capaz sus rasgos.

—¡Cómo sufro! —proseguía ella, sin escucharle—. No he parado de pensar en usted, he vivido con el pensamiento puesto en usted. Y tenía tantos deseos de olvidar, de olvidar… Pero ¿por qué, para qué ha venido?

Más arriba, en el rellano, dos estudiantes fumaban y miraban hacia abajo, pero a Gúrov todo le daba igual, atrajo hacia sí a Anna Serguéyevna y se puso a besar su cara, sus mejillas, sus manos.

—¿Qué hace, qué hace usted? —decía ella horrorizada, apartándolo—. Nos hemos vuelto locos. Márchese hoy mismo, ahora mismo… Se lo imploro por todos los santos, por lo que más quiera… ¡Alguien viene!

Alguien subía por la escalera.

—Debe marcharse… —seguía diciendo Anna Serguéyevna en un susurro—. ¿Me oye, Dmitri Dmítrich? Iré a verle a Moscú. Nunca he sido feliz, ahora soy una desgraciada y nunca, nunca seré feliz, ¡nunca! ¡No me haga sufrir aún más! Iré a verle a Moscú, se lo juro. ¡Y ahora, separémonos! ¡Cariño mío, mi querido, mi buen Dmitri Dmítrich, separémonos!

Anna le apretó la mano y empezó a bajar deprisa, volviendo a cada instante la cabeza hacia él, y por sus ojos se veía que, en efecto, no era feliz…

Gúrov se quedó un rato, atento, y luego, cuando todo volvió a la calma, buscó su colgador y se marchó del teatro.

IV

Y Anna Serguéyevna empezó a ir a verle a Moscú. Cada dos o tres meses se ausentaba de S.; le decía a su marido que iba a la capital a consultar a un profesor acerca de una enfermedad suya de mujer, y el marido la creía y no la creía.

Cuando llegaba a Moscú, se instalaba en el Slavianski Bazar y al momento mandaba a Gúrov un recadero, un botones con gorro rojo. Gúrov iba a visitarla y nadie en Moscú sabía nada de sus citas.

Un día, una mañana de invierno, Gúrov iba a uno de esos encuentros (el recadero fue a su casa la noche anterior y no le encontró). Con él marchaba su hija, a la que quiso acompañar al colegio; le venía de camino. Caía una abundante nevada de copos grandes y húmedos.

—Estamos a tres grados sobre cero y no obstante nieva —le decía Gúrov a su hija—. Pero eso es solo en la superficie de la Tierra, pues en las capas altas de la atmósfera la temperatura es muy distinta.

—Papá, y ¿por qué en invierno no truena?

También se lo explicó. Pero, mientras hablaba, pensaba en que iba a aquella cita y ni un alma lo sabía, ni quizá nunca lo supiera.

Llevaba dos vidas: una aparente, que veían y conocían todos los que debían, llena de una media verdad y una media mentira, perfectamente semejante a la de sus conocidos y amigos, y otra, que transcurría en secreto. Por una extraña coincidencia de circunstancias, tal vez casual, todo lo que para él era importante, interesante e imprescindible, en lo que era sincero y no se engañaba, lo que constituía el meollo de su vida, se desarrollaba en secreto para los demás, y todo lo que constituía su mentira, la envoltura en la que se guarecía para encubrir la verdad, como por ejemplo, su trabajo en el banco, las discusiones en el club, sus comentarios sobre la «raza inferior», su presencia en las fiestas de aniversario en compañía de la esposa, todo esto estaba a la vista.

Y de igual modo que su vida juzgaba la de los demás; no creía en lo que veía, y siempre sospechaba que en cada persona de la vida auténtica, la más interesante, transcurría bajo el manto del misterio, como bajo el manto de la noche. Toda existencia privada se mantenía en secreto y tal vez era en parte esa la razón por la que toda persona culta ponía tanto empeño en que se respetara su secreto mundo privado.

Tras acompañar a la hija al colegio, Gúrov se dirigió al Slavianski Bazar. Abajo se quitó el abrigo, subió y golpeó suavemente la puerta. Anna Serguéyevna, en un vestido gris, su preferido, agotada por el viaje y la espera —lo aguardaba desde la noche anterior—, estaba pálida, lo miraba y no sonreía, y en cuanto él entró se dejó caer sobre su pecho. Como si no se hubieran visto en dos años, su beso fue largo, prolongado.

—¿Qué, cómo va la vida por allá? —preguntó Gúrov—. ¿Qué hay de nuevo?

—Espera, ahora… No puedo.

No podía hablar, estaba llorando. Le dio la espalda y se apretó el pañuelo contra los ojos.

«Que llore un rato; mientras tanto me sentaré», se dijo Gúrov y se sentó en un sillón.

Después llamó para que le trajeran té, y mientras se lo tomaba ella seguía de pie, vuelta hacia la ventana… Lloraba de emoción, por la dolorosa evidencia de que sus vidas tenían un destino aciago: ¡se veían solo en secreto, se escondían de la gente, como unos ladrones! ¿Acaso la vida de ambos no estaba hecha añicos?

—¡Bueno, basta! —dijo Gúrov.

Para él era evidente que aquel amor duraría aún bastante, no sabía hasta cuándo. Anna Serguéyevna se sentía cada vez más fuertemente atada a él, lo adoraba, y era impensable decirle que todo aquello tendría que terminar algún día; por lo demás tampoco iba a creerle. Se acercó a ella y la tomó de los hombros para acariciarla, hacerle alguna broma, y en aquel instante se vio en el espejo.

Su cabeza empezaba a encanecer. Le pareció extraño haber envejecido tanto en los últimos años; se veía tan desmejorado. Los hombros sobre los que descansaban sus manos estaban tibios y se estremecían. Sintió compasión por aquella vida, aún tan cálida y tan bella, aunque también, seguramente, próxima a mustiarse y marchitarse, como la suya.

¿Por qué lo quería ella de aquel modo? A las mujeres, él siempre les había parecido lo que no era y habían amado en su persona no a quién él era sino al hombre creado por su imaginación y al que habían buscado ávidamente toda la vida. E incluso después, cuando descubrían su error, le amaban a pesar de todo. Pero ninguna de ellas fue feliz con él. El tiempo pasaba, conocía a otras mujeres, intimaba, rompía, se alejaba, pero nunca había amado. Hubo de todo en su vida, pero nunca amor. Y solo ahora, cuando su cabeza empezaba a encanecer, se había enamorado como es debido, de verdad, por primera vez en su vida.

Anna Serguéyevna y él se querían como dos seres muy próximos, muy unidos, como marido y mujer, como amigos entrañables; les parecía que era el mismo destino quien les había hecho el uno para el otro, y les resultaba incomprensible por qué él estaba casado y estaba casada ella. Eran igual que dos aves de paso, una pareja a la que habían capturado y obligado a vivir en jaulas separadas. Se habían perdonado el uno al otro aquello que les avergonzaba de su pasado, en el presente todo se lo perdonaban y sentían que este amor los había cambiado a los dos. 

En otro tiempo, en los momentos de tristeza, él se tranquilizaba con todos los argumentos que le venían a la cabeza, pero ahora ya no valía ningún razonamiento; sentía una profunda compasión, quería ser sincero, tierno…

—Basta ya, querida mía —le decía—, has llorado y ya basta… A ver, hablemos. Algo se nos ocurrirá.

Después, durante largo rato estuvieron pensando en voz alta, hablando de cómo librarse de la necesidad de esconderse, mentir, vivir en ciudades distintas, no verse en tanto tiempo. ¿Cómo librarse de aquellas insoportables trabas?

—¿Cómo? ¿Cómo? —se preguntaba él agarrándose la cabeza con las manos—. ¿Cómo?

Y parecía que un poco más y encontrarían la solución, y empezaría entonces una vida nueva, maravillosa, y para ambos estaba claro que hasta el final faltaba mucho, mucho, y que lo más complicado y difícil no había hecho más que empezar.


[1] Plato ruso de carne o pescado picante y bien condimentado.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta

Chéjov, Anton. (2011). Cuentos imprescindibles. 2ª. Edición en México. México: Debolsillo.

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