El gato negro

Edgar Allan Poe

(19/enero/1809 – 07/octubre/1849).

Publicado en 1843 por el periódico Saturday Evening Post de Filadelfia.


NO ESPERO NI remotamente que se conceda el menor crédito a la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio. Sin embargo, no estoy loco y tampoco lo he soñado. Pero, por si muero mañana, quiero aliviar hoy mi alma, y para ello, me propongo presentar ante el mundo, clara, sucintamente y sin comentarios, una serie de sencillos sucesos domésticos que, por sus consecuencias, me han torturado y anonadado. Así, sólo trataré de aclararlos. A mí sólo horror me han causado, pero quizá a muchas personas, más que terribles, les parecerán estrambóticos. Es posible que con el tiempo surja una inteligencia serena y lógica, que sea capaz de darle a mi visión una forma regular y tangible, y que no encuentre en las circunstancias que relato con horror, más que una sucesión de causas y efectos naturales.

La docilidad y el afecto hacia todo fueron mis características durante mi niñez, y mi ternura de corazón era tan extremada, que atrajo sobre mí las burlas de mis camaradas.

            Mi afición por los animales era extraordinaria, y mi familia me había permitido poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi todo el tiempo y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o los acariciaba. Esta singularidad de mi carácter aumentó con los años, y cuando llegué a ser un hombre, llegó a constituir uno de mis principales placeres. Para los que han profesado afecto a un perro fiel e inteligente, no es preciso que explique la naturaleza o la intensidad de goces que esto puede proporcionar. En la abnegación y en el desinteresado amor de un animal hay algo que va derecho al corazón del que ha tenido frecuentes ocasiones de experimentar su humilde amistad, y su fidelidad sin límites. En mi esposa, con la cual me casé joven, tuve la suerte de encontrar una disposición semejante a la mía. Ella, consciente de mi inclinación hacia los animales domésticos, me proporcionaba frecuentemente los de las especies más agradables. Teníamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejos, un pequeño mono y un gato.

            Este último animal, completamente negro, era tan robusto como hermoso, y de una sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros. 

            Esto no significa que ella tomase esta preocupación muy en serio, y si lo menciono, es sólo porque en este momento lo he recordado.

            Plutón, que era el nombre del gato, era mi amigo y camarada favorito. Yo le daba de comer y él me seguía por la casa adondequiera que iba.

            Esto no me molestaba en absoluto, y así llegué a permitirle que me acompañara por las calles.

            Nuestra amistad subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por obra del demonio de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió una alteración radical; día a día me volví más taciturno, más irritable y más indiferente a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer, y más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos, naturalmente, sufrieron también este cambio en mi carácter, pues ya no solamente los abandonaba, sino que llegué a maltratarlos.

            El afecto que todavía conservaba a Plutón me impedía golpearlo, aunque no tenía escrúpulos en maltratar a los conejos, al mono y aun al perro, cuando por acaso o por cariño, se atravesaban en mi camino. Mi enfermedad me invadía cada vez más, ¿pues qué enfermedad es comparable al alcoholismo?, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que entre tanto envejecería y naturalmente se iba haciendo un poco irritable, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor. 

            Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero él, espantado de mi violencia, me hizo en una mano, con sus dientes, una herida muy leve. Me pareció que el alma abandonaba mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su órbita.

            Al escribir esta abominable atrocidad, me avergüenzo, me consumo y me estremezco.

            Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensación de horror y remordimiento, por el crimen que había cometido; fue sólo un débil e inestable pensamiento, pero el alma no sufrió las heridas.

            Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo recuerdo de mi criminal acción.

            El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba, en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror.

            Aún quedaba en mí suficiente benevolencia para sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me había amado, pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación: y entonces desarrollóse en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la perversidad, del que la filosofía ni hace mención. Porque, con la misma seguridad con que creo existe mi alma, creo también que la perversidad es uno de los impulsos primitivos del corazón humano y una de las facultades o sentimientos elementales que dominan el carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una acción sucia o vil, por la sola razón de estar consciente de que no debía cometerla? ¿No tenemos, acaso, una perpetua inclinación, a pesar de la excelencia de nuestro juicio, a violar lo que nos está prohibido, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu de perversidad, repito, fue el que causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable, del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el suplicio a que había condenado al inofensivo animal, hasta que una mañana, con absoluta sangre fría, le puse un nudo corredizo alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los ojos arrasados de lágrimas y experimentando el más amargo remordimiento en el corazón; lo ahorqué porque sabía que me había amado y porque sentía que no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que, haciéndolo, cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma al extremo de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita del Dios piadoso y terrible.

            En la noche se siguió al día en que fue ejecutada esta cruel acción, fui despertando a los gritos de “¡fuego!” Las cortinas de mi lecho estaban convertidas en llamas y toda la casa ardía. Con gran dificultad escapamos del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa y se aniquiló toda mi fortuna. Entonces me entregué a la desesperación.

            No intento establecer una relación entre la causa y el efecto, entre la atrocidad cometida y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón.

            El día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado, exceptuando uno. Y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido, situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego, cosa que yo atribuí a que había sido renovada recientemente. En torno a este muro agrupábase una multitud de gente, y muchas personas parecían examinar algo muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras “¡extraño!” “¡singular!” y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de un gigantesco gato. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente maravillosa.

            Había una cuerda alrededor del cuello del animal.

            Al momento de ver esta aparición, pues, en semejante circunstancia, no podía menos de considerarla como tal, mi asombro y mi temor no tuvieron límites. Pero al fin, la reflexión vino en mi ayuda. 

            Recordé entonces que el gato había sido ahorcado en un jardín contiguo a la casa. Probablemente a los gritos de alarma, el jardín había sido invadido de inmediato por la multitud; el animal descolgado del árbol por alguno de ellos, y arrojado en mi cuarto a través de una ventana abierta.

            Esto seguramente lo habían hecho con el fin de despertarme. La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen tal como yo la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, por lo que no pude hacer tan rápidamente con mi conciencia, porque el suceso sorprendente que acabo de relatar grabóse en mi imaginación de una manera profunda.

            Hasta pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante este periodo envolvió mi alma una especie de sentimiento muy semejante al remordimiento. Llegué hasta a llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie y parecido a él que lo reemplazara. 

            Una noche que me hallaba sentado, medio aturdido, en una taberna más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra o ron que componían el principal ajuar de la sala.

            Hacía unos momentos que miraba yo a lo alto de este tonel, y lo que me sorprendió fue no haber notado antes el objeto colocado encima.

            Me aproximé, tocándolo con la mano.

            Era un enorme gato, tan grande como Plutón, e igual a él en todo, menos en una cosa: Plutón no tenía ni un pelo blanco en todo el cuerpo, en cambio éste tenía una salpicadura larga y blanca, de forma indefinida, que le cubría casi toda la región del pecho.

            No bien lo hube acariciado cuando se levantó súbitamente, prorrumpió en continuado ronquido, se frotó contra mi mano y pareció contento de mi atención. Era, pues, el verdadero animal que yo buscaba.

            Al momento propuse al dueño de la taberna que me lo vendiera, pero éste no se dio por enterado: yo no le conocía ni lo había visto nunca antes de aquel momento.

            Continué acariciándolo y, cuando me disponía a regresar a mi casa, el animal se mostró decidido a acompañarme. Le permití que lo hiciera, agachándome de cuando en cuando para acariciarlo durante el camino.

            Cuando llegamos a casa, pareció contento y satisfecho, haciendo enseguida gran amistad con mi mujer. 

            Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él. Era casualmente lo contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por qué sucedió esto: su empalagosa ternura me disgustaba, fatigándome casi. Estos sentimientos de disgusto y fastidio fueron poco a poco convirtiéndose en odio.

            Esquivaba su presencia; pero una especie de sensación de bochorno y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impidieron maltratarlo, y durante algunas semanas me abstuve de tratarlo con violencia; llegué a tomarle un indecible horror, y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de la peste.

            Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el descubrimiento que hice en la mañana siguiente de haberlo traído a casa: al igual que Plutón, él también había sido privado de uno de sus ojos.

            Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase más cariño, pues, como ya he señalado, ella poseía en alto grado esa ternura de sentimientos que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis más sencillos y puros placeres.

            No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse en razón directa de mi aversión hacia él.

            Con implacable tenacidad, que no podrá explicarse el lector, seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, acurrucábase bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriéndome con sus repugnantes caricias. Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi me hacía caer al suelo, o bien introduciendo sus largas y afiladas garras en mis ropas, trepaba hasta mi pecho.

            En tales momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo golpe, me contenía en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente, debo confesarlo, por el terror que me causaba el animal.

            Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la perspectiva de un mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro modo. Lo confieso abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me avergüenzo al afirmar que el miedo y el horror que me inspiraba el animal habían aumentado por una de las mayores fantasías que es posible concebir.

            Mi mujer habíame hecho notar más de una vez que el carácter de la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la única diferencia aparente entre el nuevo animal y el que yo había ahorcado. Seguramente recordará el lector que esta marca, aunque grande, era, en un comienzo, de forma indefinida; pero tan lentamente y en grados tan imperceptibles, que mi razón se esforzó largo tiempo en considerar como imaginarios, había llegado a adquirir una rigurosa precisión en sus contornos.

            Presentaba la forma de un objeto que me estremezco sólo al nombrar: y esto era lo que sobre todo me hacía mirar al monstruo con horror y repugnancia, y lo que me habría impulsado a liberarme de él, si me hubiera atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de la horca. ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la agonía y de la muerte!

            Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria de la humanidad: un animal inmundo, cuyo hermano yo había destruido con desprecio, una bestia bruta creando para mí —para mí, hombre formado a imagen del Altísimo—, tan grande e intolerable infortunio.  ¡Desde entonces no volví a disfrutar de reposo, ni de día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un momento, y por la noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno de angustia inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro, y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado eternamente sobre mi corazón.

            Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de bueno que quedaba en mí desapareciera. Los más sombríos y malvados pensamientos fueron en adelante mis preocupaciones íntimas. La tristeza habitual de mi carácter se acrecentó hasta llegar a odiar todas las cosas y a toda la humanidad; no obstante, mi mujer nunca se quejaba, ¡ay!, ella que era de ordinario el blanco de mis iras, y la más paciente víctima de mis repentinas, frecuentes e indomables explosiones de cólera, a la cual me abandonaba ciegamente.

            Un día que bajábamos para un quehacer doméstico, al sótano del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el gato me seguía por la pendiente escalera, lo que, en ese momento me exasperó hasta la demencia. Enarbolando el hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que hasta entonces contuviera mi mano, asesté al animal un golpe que habría sido mortal si le hubiese alcanzado como deseaba; pero el golpe fue evitado por la mano de mi mujer. Su intervención me produjo una rabia tan diabólica, que desembaracé mi brazo del obstáculo y le hundí el hacha en el cráneo.

            Mi desdichada mujer sucumbió instantáneamente, sin exhalar un solo gemido. 

            Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo.

            Juzgué que no podía hacerlo desaparecer de la casa en ningún momento sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. En busca de una solución, numerosos proyectos cruzaron por mi mente.

            Pensé primero en dividir el cadáver en pequeños trozos y destruirlos por medio del fuego.

            Discurrí luego cavar una fosa en el suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al pozo del patio; después, meterlo en un cajón, como mercancía, en la forma acostumbrada, y encargar a un mandadero que lo llevara fuera de la casa. Finalmente me detuve ante una idea que consideré la mejor de todas.

            Resolví emparedarlo en el sótano, como se dice que los monjes de la Edad Media emparedaban a sus víctimas.

            Observé el sótano, que parecía muy adecuado para semejante operación. Los muros estaban construidos en forma muy ligera, y recientemente habían sido cubiertos, en toda su extensión, de una capa de mezcla, que la humedad había impedido que se endureciese.

            Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era una falsa chimenea, o especie de hogar, que había sido enjalbegado como el resto del sótano. Calculé que me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir el cuerpo y colocarlos de nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar lo que allí se ocultaba.

            No salió fallida mi suposición. Con ayuda de una palanqueta, quité con bastante facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente el cuerpo contra el muro interior, lo sostuve en esa posición hasta que hube reconstruido, sin gran trabajo, toda la obra.

            Habiendo adquirido cal y arena, tomando todo tipo de precauciones, preparé un revoque que no se diferenciaba del antiguo y cubrí con él escrupulosamente el nuevo tabique. El muro no presentaba la más ligera señal de renovación.

            Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y expurgué el suelo, por decirlo así. Con gran sensación de triunfo, miré en torno mío, y me dije: “Aquí, por lo menos, mi trabajo no ha sido perdido”.

            Enseguida acudió a mi mente la idea de buscar al gato, causa de tan gran desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte.

            De haberle encontrado en aquel momento, su destino estaba decidido; pero, quizá alarmado el sagaz animal por la violencia de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí en mi actual estado de ánimo.

            Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la feliz sensación de consuelo que la ausencia del detestable animal produjo en mi corazón. No apareció en toda la noche, y por primera vez desde su entrada en mi casa, logré dormir con un sueño profundo y sosegado; sí, dormí como un patriarca, no obstante tener el peso del crimen sobre el alma.

            Transcurrieron el segundo y tercer día, sin que volviera mi verdugo. De nuevo respiré como hombre libre. El monstruo, en su terror, había abandonado para siempre aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver. Mi dicha era inmensa. El remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba mucho. Instruyóse una especie de sumario que fue sobreseído al instante. La indagación practicada no dio el menor resultado. Habían pasado cuatro días desde que cometí el asesinato, cuando un grupo de agentes de policía se presentó inopinadamente en casa, y se procedió de nuevo a una prolija investigación. Como tenía plena confianza en la impermeabilidad del escondrijo, no experimenté zozobra. Los funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro, que fue minucioso en extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. Mi corazón latía regularmente como el de un hombre que confía en su inocencia. Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé mis brazos sobre mi pecho y me paseé, afectando tranquilidad, de un lado para otro. 

            La justicia estaba plenamente satisfecha, y se preparaba a marchar. Era tanta la alegría de mi corazón, que no podía contenerla. Me abrasaba el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra en señal de triunfo, y hacer indubitable la convicción de mi inocencia.

            —Señores —dije al fin, cuando ya subían la escalera—, estoy satisfecho de haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena salud y un poco más de cortesía. Y de paso, caballeros, vean aquí una casa singularmente bien construida (en mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo que hablaba). Les puedo asegurar que esta es una casa admirablemente hecha. Esos muros… ¿Van ustedes a marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.

            Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con el bastón que tenía en la mano precisamente sobre la pared de tabique detrás del cual estaba el cadáver de la esposa de mi corazón.

            ¡Ah!, que Dios me proteja y me libre de las garras del demonio. No se había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz surgió del fondo de la tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como el sollozo de un niño, y que aumentó después de intensidad hasta convertirse en un grito prolongado, sonoro y continuo, antinatural y antihumano, un aullido, un alarido a la vez de espanto y de triunfo, como solamente puede salir del infierno, como horrible armonía que brotase a la vez de las gargantas de los condenados en sus torturas y de los demonios regocijándose en sus padecimientos.

            Relatar mi estupor sería insensato. Sentí agotarse mis fuerzas y caí tambaleándome contra la pared opuesta.

            Durante un instante, los agentes, que estaban ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror.

            Un momento después, una docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que vino a tierra enseguida.

            El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada, apareció rígido ante la vista de los espectadores.

            Encima de su cabeza, con las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la abominable bestia, cuya malicia me había inducido al asesinato, y cuya voz acusadora me había entregado al verdugo. 

            El monstruo había sido emparedado por mí, al mismo tiempo que escondía a mi desgraciada víctima.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta
Allan Poe, Edgar. (1993). Narraciones extraordinarias. México: Editores Mexicanos Unidos

Foto de portada recuperada de https://picnic.media/un-cuervo-un-gato-negro-un-corazon-delator-y-un-encuentro-con-el-tenebroso-escritor-edgar-allan-poe/


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