Cuento “Miserere mei Deus”

Beatriz Espejo

(19/septiembre/1939 – ).

Cuento publicado en 2012 dentro de la colección Si muero lejos de ti, que trata sobre la locura de la emperatriz Carlota desatada por los celos e infidelidad de Maximiliano.


SE OÍA COMO ensalmo. Repetido sin cansancio. Los sirvientes procuraban pasar lo menos posible frente a los cuartos bajos del palacio de Laeken. Alguna vez una de tus damas de compañía, desoyendo órdenes estrictas de la reina María Enriqueta, esposa de tu hermano, se arriesgó a preguntarte por qué pedías lo mismo. Iluminada por rayos que hubieran entrado en tu atormentado cerebro, dijiste:

—Unos hablan con el acento del triunfo. Yo hablo con la autoridad del fracaso.

Pero no cambiaste el tono de tu ruego ni dejaste de estar en otras regiones aunque parecieras persona cuerda y tu respuesta fuera lúcida.

La atrevida hizo una reverencia y salió pensando que a lo mejor habías recobrado la razón o que no estabas tan mal como se empeñaban en decir. Sin embargo, tu letanía seguía oyéndose. Era lamento desesperado o bajaba hasta un murmullo.

Le exigiste que se quedara. No debía abdicar, ni siquiera ahora que las cosas parecían perdidas. ¿Jamás recordaba el ridículo que hicieron cuando fue gobernador de la región Lombarda y Véneto? Si fallaba nuevamente, serían el hazmerreír de las cortes europeas. Lo apodarían el derrotado, l’ archidupe, como los franceses lo llamaban a sus espaldas; aparte aún podían recibir ayuda. En Europa estabas dispuesta a usar cualquier argumento para convencer a Napoleón III de que no retirara sus tropas y mandara refuerzos. Entrevistarías al Papa, suplicándole su intervención. Si fuera preciso te arrodillarías recordándole que también el Vaticano los había involucrado en la aventura mexicana con esperanzas de reconquistar bienes eclesiásticos expropiados en aquel país. Maximiliano te escuchó poco optimista, pero tampoco te disuadió. Las dubitaciones formaban parte de su carácter. Como buen cáncer prefería postergar acontecimientos. A lo mejor pensaba que así los evitaba. Era una de las muchas cosas en que cada vez coincidían menos. Sabías desde el principio que tu entrevista no serviría con el patizambo del bigotito ridículo y mirada oblicua sobre las mujeres bonitas. A ti nunca te miró desde el rabillo del ojo porque jamás figuraste entre las bellezas europeas. Te comparaban con tu cuñada Isabel o con Eugenia de Montijo. Se criticaba tu mandíbula obstinada y ese orgullo que no dominabas ni siquiera cuando te querían abrazar. Napoleón permanecería inconmovible incluso echándole en cara que los había embarcado en una absurda empresa con el anzuelo del trono mexicano porque estaba empeñado en apoderarse durante quince años de las minas de Sonora. Casi oías su negativa. Sacaría a relucir el bienestar de Francia. No en balde creciste sentada en las gradas de un trono y sabías que los monarcas cambian promesas, según soplan sus intereses. Tenías algunas esperanzas de triunfar ante el Papa, ligado a un país tan católico. Bastaba que instruyera a sus obispos, pero Pío IX, quien los había alentado cuando dudaron aceptar la corona, te recibió con evasivas. Nunca se negó en rotundo y tampoco prometió intervenir. Tu padre te había inculcado la idea de que una princesa real no debía deslumbrarse por la grandeza ni abatirse por la desdicha; pero allí, en los aposentos papales, tuviste una crisis seria. ¿Sería consecuencia de tu antigua y secreta enfermedad? ¿Te habían dado en tu viaje a Yucatán para conocer las ciudades mayas esa hierba negra que algunos nombraban y todos temían? El papa se quedó sin palabras cuando le confesaste un miedo atroz de ser asesinada. Por eso sólo comías alimentos que alguien probaba en tu presencia. Querían matarte, susurraste para evitar que oyeran.

—¿Quién, hija mía, intentaría semejante crimen? —preguntó sin comprometerse y como si lo más importante de esa entrevista fuera reconfortarte con una taza de chocolate caliente que mandó traer y que dejaste intacta abalanzándote sobre la que él estaba bebiendo. En cambio añadiste:

—¿Será el demonio que viene a confundirme? —y tus ojos parecían alucinados.

¿Era verdad que tu imaginación había sufrido la influencia del sol calcinante en aquel país lejano donde fuiste emperatriz? Tú, María Carlota Amelia Victoria Clementina Leopoldina, princesa de Bélgica, que ahora pasabas días y noches repitiendo miserere mei Deus, revelando una agonía que tus criados evitan para no llegar al fondo.

Se cuchicheaba que empezaste a repetirlo cuando recibiste noticias del enlutado embajador Hooericks mirando hacia los tapetes para ocultar las rayas de su frente marcadas por un estilete de hierro al cumplir una misión tan penosa. Le causaba enorme esfuerzo realizarla. Mientras narraba, las arrugas de su piel parecían extenderse como jeroglíficos. Siempre creyó que eras alta, quizás por la manera de sostener la cabeza erguida sobre tu cuello. En realidad tenías una estatura mediana y tus pupilas verdes se ennegrecían cuando algo te torturaba. Hooericks pasó noches en vela antes de presentarse ante ti. Tenía facilidad para los discursos y era de palabra ligera, pero no encontraba el tono adecuado al exponer esas noticias de manera oficial. Prefirió escribirlas aunque sonaran como páginas de un diario histórico. Cuando sacó el pliego del bolsillo las manos le temblaban, los papeles también y los renglones bailotearon. Nunca antes cumplió una encomienda tan dramática. Carraspeó aclarándose la garganta al empezar:

A las seis del miércoles 19 de junio, el emperador destronado y sus dos generales fieles, vestidos de negro, dejaron el Convento de las Capuchinas. Hacía una mañana preciosa a pesar de la hora temprana. Maximiliano se detuvo bajo el dintel del portón, como buen marino, alzó los ojos al cielo de Querétaro una ciudad levítica y conservadora. Notó que no había nubes en el infinito y dijo:

—Me despide sonriendo el día en que me llevan a la muerte.

Tres coches de alquiler esperaban enfilados. Cada quien ocupó el suyo acompañados por un sacerdote. Los caballos recorrieron a trote largo las calles silenciosas. Todas las casas estaban cudiadosamente cerradas. Se detuvieron en el Cerro de las Campanas, donde un mes antes había ocurrido la capitulación. Unas infecciones estomacales y fluidos de sangre que lo aniquilaban, no impidieron que el emperador bajara primero. Sacudió el polvo pegado en sus solapas durante el trayecto, preguntó quiénes serían los soldados del pelotón encargados de ejecutarlos. Señalaron a varios infelices de diferentes tamaños y uniformes, con pequeños quepís. Los saludó de mano y puso en sus palmas una onza de oro pidiéndoles que le apuntaran directamente al pecho. El capitán, joven bien parecido, se acercó para asegurarle que detestaba ese mandato.

—Muchacho, el deber de un soldado es obedecer. Le agradezco sus palabras, pero siga las órdenes que le dieron —fue la respuesta.

Abrazó a sus compañeros, se colocó en el centro y dejó que Miguel Miramón ocupara su derecha. Tomás Mejía quedó a la izquierda; luego, adelantándose pronunció un breve discurso justificándose. Retrocedió a su puesto y señaló nuevamente su pecho. Dicen, añadió Hooericks, que sus últimas palabras en medio de un suspiro fueron:

—¡Pobre Carlota!

Se alzó una espada, se oyó gritar: —¡Fuego!—, y cayeron las víctimas.

A Maximiliano lo hirieron tan cerca que sus ropas se incendiaron. Los médicos presentes luego de apagarlas escondieron bajo un paño el rostro medio calcinado. Benito Juárez autorizó que embalsamaran el cuerpo antes de entregarlo, después de muchos trámites, al vicealmirante austriaco para embarcarlo en un ataúd rumbo a su patria, con los honores impuestos por su rango.

Oíste los detalles de lo sucedido e interrumpiste la lectura. Evitaste conocer el resto del documento. Te cubriste con ambos brazos la cara esquivando un latigazo. Hay cosas que destrozan en segundos la felicidad de toda la vida, pero tu felicidad terminó pronto cuando pasó el entusiasmo de haberte casado por decisión propia con un archiduque de la casa de Habsburgo, embelesada por aquellos ojos claros aunque tu marido no fuera precisamente un hombre hermoso con su mentón huidizo que disimulaba la barba rubia. Te cautivó desde el primer instante, gentil, carismático, bueno para encantar a quienes lo trataban. Renunciaste a Pedro de Portugal y te negaste a la propuesta de Sajonia. Entonces no sabías que para Max el pecado era irresistiblemente atractivo. Por eso le gustaban todas las mujeres menos tú. Fuiste feliz corto tiempo. Quizás mientras tu prometido te enseñaba los planos del palacio que pensaba construir en Miramar, con un boudoir para ti tapizado lujosamente y una jaula llena de los pájaros más raros del mundo. Quizá días antes de tu boda, cuando creíste que la fortuna te había bendecido o durante las fiestas de tu matrimonio acaparando las miradas vestida en raso blanco briscado de plata, cubriéndote bajo el velo, obra maestra de los encajeros belgas cayendo en pliegues sobre tu espalda. ¿Llevabas al cuello el corazón sangrante, la enorme gema rodeada de rubíes que te mandó como regalo de bodas tu cuñado Francisco José? No lo recordabas ya, pero aquella unión estuvo llena de presagios funestos que entonces no pudiste interpretar, absorta, dándole vuelo a tu entusiasmo, creyendo que el destino estaba de tu parte, viendo a tu novio vestido con el gran uniforme de almirante de la armada austriaca, esperándote en el salón azul del palacio real de Bruselas, acompañándote a la capilla y luego ofreciéndote su brazo para ir a la comida que el burgomaestre les ofreció, seguida de una fiesta veneciana con la asistencia de sesenta mil espectadores.

Después vino lo de Italia. Max nombrado virrey y destituido por su hermano. Regresaron a Miramar, un refugio para viejos. Resultaba imposible a su juventud inquieta aislarse en aquella mansión levantada sobre rocas y escuchar el bramido del Adriático azotándose contra la costa o cubriéndose en invierno de una niebla desolada o azotado por vientos del nordeste fuertes y fríos. La vida que llevabas allí no era la prevista. Lo expresaste en alguna carta. Tampoco previste que mientras esperaba tres meses a tu esposo que había viajado al Brasil, mientras orabas diariamente por su feliz regreso, él se comportara como un muchacho disoluto y de regreso te contagiara sífilis. Lo arrojaste de tu cama y durmieron siempre en cuartos separados. Jamás se lo confiaste a nadie. ¿Qué hubiera pensado Leopoldo I respecto al gentil Maximiliano, que te había dejado estéril, sin posible descendencia legítima? ¿Leopoldo, que se llamaba a sí mismo el casamentero número uno por su eficacia al concertar alianzas reales? ¿Leopoldo, que se preguntó muchas veces si había hecho bien al permitir que la hija más amada eligiera por sí misma y tuvo dudas y se recriminó muchas veces por no buscar un partido de conveniencia aceptando que su Carlota eligiera a un segundón con pocas esperanzas de reinar, su Carlota, la mejor de las reinas, su tesoro estimado, su vivo retrato?

La enfermedad te trajo fiebres y desvaríos, y luego ya no te acercaste al piano, donde eras una virtuosa ni interpretaste ninguna canción con tu hermosa voz de contralto. Te robó tu inocencia esa enfermedad que los médicos trataron misteriosamente, discretamente, y que los servidores comentaban en las cocinas. Jamás se lo confiaste a nadie, pero tu ingenua pasión encalló como una fragata moribunda en aguas grises. Desde entonces Max y tú se ahogaban soportando un drama familiar y se aburrían sin sexo, sin poder, sin ceremonias reales. Por eso la idea de ser monarcas en México fue una maravillosa salida, un cauterio para ese aburrimiento infinito. Prefirieron lanzarse al absimo. Fue mentira que lo hubieras instigado. Los dioses enceguecen a quienes quieren perder. Ambos lo deseaban y se negaron a oír advertencias. Sin embargo, tú quisiste calmar las inquietudes de tu suegra empeñada en señalarles peligros. No hojeaste para nada los libros de historia, frecuentados en tu adolescencia por consejos de tu padre, jamás escuchaste las noticias adversas de los espías ni notaste que Maximiliano quería compensarte con una corona a cambio del niño que ya no podías tener ni lo oíste llorar escondiéndose, convencido de que se arriesgaba por ligarse a los conservadores, él que era liberal. Sólo supiste desde entonces que estabas perdida. Tú, quien años antes en tu primera y luminosa juventud dejaste en tu diario la idea de que la suerte te había concedido cuanto se deseaba en este mundo.

Evistaste leer el testamento o tocar el reloj que tu marido se quitó del chaleco para mandártelo. Te levantaste repentinamente de la silla desde donde atendías el relato de sus últimos momentos y comenzaste a pegar gritos desgarradores, miserere mei Deus. Lo mató la jardinera. Y sollozabas en medio de otras frases que nadie entendía, salvo cuando dijiste, ha muerto a los treinta y cinco años, con el valor de un hombre y la dignidad de un príncipe. Cruzaste bruscamente la habitación tapándote la cara para exorcizar una escena que no habías presenciado. ¿De qué servía la dignidad de un príncipe? Perdiste mucho antes la tuya cuando lo dejaste solo, huyendo por celos, abandonándolo con su amante, sabiendo que no volverías a verlo ni podrías ayudarlo, incitándolo a quedarse en medio de un caos. Yo fui el sable que señaló el momento de los disparos, decías. Dabas pasos de ciega, pero pudiste abrir la puerta y correr hasta el jardín para perderte en el laberinto de árboles recortados por hábiles tijeras. Sin embargo, odiaba los jardines. Te recordaban a tu rival, esa mestiza capaz de darles bebedizos y a él un hijo. El hijo que no fue tuyo. ¿Cómo iban a tener hijos si nunca dormían juntos y jamás te penetraba? Cubrías la soledad de tu cama vacía con un misticismo falso, atendiendo largas misas en la catedral para velar las desdichas de tu matrimonio. Suplicabas miserere mei Deus y esperabas una señal milagrosa. Las cosas cambiarían y Max iría a tu cuarto una noche cálida para dejarte preñada.

Odiabas a esa plebeya con unos celos enfermizos. Al revés de otras princesas, te habías casado por un amor potente que resultó doloroso y mal correspondido y te despertabas sudando, con los senos latiéndote como corazones ansiosos de caricias, y el camisón pegado al cuerpo en medio de pesadillas que te empujaban a tirarte desde lo alto del castillo de Chapultepec, destrozándote contra los riscos. Otras veces pensaste envenenar a Max y a la intrusa. Planeaste varias formas. Sólo tu confesor lo sabía. Y te oía pacientemente, convencido de que jamás cometerías semejantes despropósitos.

No eras frígida, pero sí demasiado orgullosa para acostarte con algún mozalbete de tu guardia imperial frente a los que provocabas admiración caminando con ese andar alado que te enseñó tu institutriz, regiamente ataviada durante tus cabalgatas de amazona emprendidas bajo la frondosidad de los ahuehuetes. Evadías cualquier cortejo manteniéndote aparentemente ausente, inmune a consuelos y a esos muchachos morenos y apetecibles.

Nunca supiste usar el dedal, aunque bordabas extraordinariamente bien. Te hubiera gustado hacer una canastilla completa, colchas llenas de perlas, fundas con la M de Maximiliano II, que tendría la tez rosada como su padre, la nariz un poco roja cuando hubiera frío y la sagacidad política de su abuelo Leopoldo. Nada de nodrizas, tú misma amamantarías a ese bebé que se iba a reír dentro de tu vientre para confirmar buenos augurios y sería tan culto que hablaría más idiomas de los que hablaban sus padres, y entre los muchos libros de la biblioteca escogería Vidas paralelas, de Plutarco, para comprender los entretelones del poder. Crecería con los cabellos castaños tapándole las orejas y seguiría riendo como antes de su nacimiento y siempre estaría feliz. Sus primeros pasitos los guiarían hasta la sala del trono. A veces lo imaginabas bello y puro extendiéndote los brazos porque personalmente lo cuidarías. No te importaba que en Europa se comentara que criabas a tu hijo como si fueras campesina, y después, cuando tuviera la edad requerida, iría a la misma escuela que fundaste y de la que te enorgullecías. Sí, allí lo esperaba una banca. Así entendería mejor a su pueblo tierno y valiente. Desde las terrazas contemplarían juntos el paisaje, los volcanes nevados a lo lejos, sus riachuelos, los dos lagos, uno salado y otro dulce, las chinampas cargadas de verdura. Lo vería todo con sus ojitos transparentes y asombrados. Habías empezado a bordar en secreto una gorrita, tan preciosa que era digna de exhibirse con sus encajes blancos y sus rositas diminutas. Llevabas meses haciéndola y la guardabas si alguien aparecía tocando tu puerta de improviso.

La noticia de que la jardinera tendría un hijo, fue la última gota de la desesperación, también las princesas sienten por más que se diga lo contrario y se espere que actúen como estatuas. El golpe, ese nuevo golpe, te tiró del pedestal y te rompió en pedazos. Supiste que el amor duele y por ser tan grande y desgarrado se convierte en odio. Odiaste a Max con la misma fuerza con que lo habías querido. Le deseaste la muerte. Te volviste su ángel de la muerte, como decía tu cuñada Isabel. Por eso huiste. Regresaste a Europa para no enterarte del alumbramiento.

Luego no te falló la memoria y pensaste en Lacrona, visiones de tal naturaleza eran rayos luminosos en tu cabeza confundida. Compraste la isla por puro capricho, sin darle crédito a las consejas populares. Decían que todos los que la tienen mueren violentamente, reciben la maldición de Circe. Escuchan cantos de sirenas. Con ustedes, con Maximiliano y contigo, se cumplieron las predicciones. Buscarías la manera de heredársela al bastardo que, según te contaron, había nacido y era muy parecido a su padre. Repetías la palabra Lacrona y decías otras cosas, incongruentes, tontas, locas. Porque estabas loca, no cabía duda. Ya ni siquiera ibas a la capilla. Tus sirvientes y acompañantes salieron a buscarte en tropel junto con el embajador, azorado. Te encontraron tirada en el pasto, llorando y encogida como feto. Entre varios te llevaron a tus aposentos. Desde entonces se oyó tu rogativa: miserer mei Deus. Haz que yo misma me perdone. Pero Dios estaba sordo.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta
Espejo, Beatriz. El palacio de la memoria. (2018). Ciudad de México: Lectorum.

En imagen de portada, el estudio de Beatriz Espejo.


Otros cuentos que puedes leer en la Antología Virtual El ladrón de Rosín
  • Cuento “La señorita Green”
    Guillermo Samperio (22/octubre/1948 – 14/diciembre/2016). Cuento de corte fantástico publicado en la colección La mujer de la gabardina roja y otras mujeres, 2002. ÉSTA ERA UNA mujer, una Leer más …
  • Cuento “No aceptes caramelos de extraños”
    Andrea Jeftanovic (15/octubre/1970 – ). Cuento publicado en la colección del mismo nombre No aceptes caramelos de extraños publicada en 2015. El día que mamásalió a la calle Leer más …
  • Cuento “Felicidad”
    Katherine Mansfield (14/octubre/1888 – 09/enero/1923). Cuento “Felicidad” fue publicado por primera vez en agosto de 1918 en la revista English Review. A PESAR DE sus treinta años, Berta Leer más …

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.