Cuento “Marilyn en la cama”

Beatriz Espejo

(19/septiembre/1939 – ).

Cuento publicado en 2004 en la colección Marilyn en la cama y otros cuentos donde una periodista le realiza una entrevista a Marilyn y nos deja ver a una persona que dista mucho del personaje de sex symbol.


La diosa blanca es antidoméstica; es la perpetua “otra mujer”, y para una mujer sensible resulta un papel muy difícil de representar, en efecto, por más de unos cuantos años, pues la tentación de cometer suicidio en la simple vida doméstica está al acecho en el corazón de toda médane, de toda musa

Robert Graves

ACOSTADA SOBRE EL colchón boca abajo, tapaba su cuerpo desnudo con una sábana blanca sucia. La decoración se componía de una mesita llena de libros apilados en desorden, una especie de banco al fondo y una alfombra blanca. El blanco le sentaba a la dueña de casa. La pequeña periodista apenas pudo reconocerla en aquella mujer con la cara escondida entre los brazos y el cabello de extraña consistencia decolorado hasta un rubio increíble en que se notaban raíces oscuras. Se preguntó por qué le concedió la entrevista dejándola entrar a su intimidad, si no se encontraba en condiciones, las únicas palabras que emitió las dijo tartajeando con una lengua estropajosa de quien permanece medio dormida y sin prestar demasiado interés a los que entraban o salían de aquel cuarto en tinieblas, cubierto por unos espejos desde el techo al piso que medio iluminaban dando sensación de jaula antilante. Se preguntó también dónde sentarse y cómo empezar su reportaje, pero en su fuero interno reconoció que estar allí era ya un triunfo ganado fácilmente. Dos telefonazos bastaron para que le diera cita, ¿una enfermera o una asistente? Llegó puntual y escéptica creyendo que en el último momento algo pasaría, pero sin ninguna formalidad la condujeron hasta esa habitación sórdida impregnada de olores espesos, mezclaban residuos del Chanel No. 5 y excrecencias aromáticas del cuerpo humano. No era tan sorprendente. A la pequeña periodista los maestros le dijeron que el secreto de un buen entrevistador comenzaba investigando la vida y milagros de su entrevistado. A Marilyn le habían prohibido probarse vestidos en Bullock´s de Beverly Hills, su tienda favorita. Ensuciaba las prendas al no ponerse ropa interior, bañarse de vez en cuando y sudar demasiado por ser adicta a la Benzedrina que la despertaba y el Nembutal que combatía un incurable insomnio. Todo eso formaba parte de su leyenda. Ahora parecía un trozo de carne ondulante esperando, como si llevara a las últimas consecuencias el papel que le hubieran asignado en una película deprimente sólo para adultos. Descuidada de sí misma, nadie la identificaría con aquellos grandes carteles sobre los techos de los edificios en la 5ª. Avenida de Nueva York, o en las carreteras de California o con anuncios de las revistas mostrando a una rubia de cuello terso, cabeza echada hacia atrás en una especie de ofrenda, a punto de besar con su roja boca entreabierta, ojos entrecerrados y un gesto de niña traviesa que, paradójicamente, vuelve el erotismo un juego y una ciencia. La pequeña periodista tosió como diciendo aquí estoy, vine hace rato, pero no ocurrió nada, un casi imperceptible movimiento, un reacomodarse bajo la sábana y un quejido leve. La pequeña periodista se sentó tímidamente a la orilla del colchón y se quedó quieta con su libreta y su pluma en la mano, cuidando el sueño de la durmiente que de pronto alzó el rostro, una impecable palidez nacarada se extendía por toda su persona. Le pre-preguntó qué hacía allí. Las pupilas azul profundo eran de miope. Le costaban reconocer lo que se moviera enfrente, muy abiertas, como si descubrieran entre brumas una visita extraña dentro de una pesadilla, apariciones entre la vida y la muerte. Volvió a tumbarse. Deseo saber cómo se halla después de la caída, después de que perdió a su bebé, dijo la pequeña periodista entrando en el tema, intuyendo que no tendría mucho tiempo y que en cualquier momento la harían salir a la calle. El embarazo de Marilyn había sido un milagro después de varios abortos clandestinos. Resultaba incomprensible rodar por las escaleras en la casa que el marido alquiló para alejarla del bullicio y de la prensa. ¿Qué hacía con una linterna y una barriga de seis meses asomándose por el hueco del sótano a media noche? ¿Cómo levantó la duela que tapaba la entrada sin que nadie se diera cuenta, mientras el marido dormía?

Los ga-gatos tuvieron la culpa. Me enternecen los huérfanos, y los gatos huérfanos llegaban por montones. Primero vino una pareja a la que alimenté. A la mañana siguiente esa misma pareja trajo consigo a otra y luego a otra y luego a un sarnoso de pocos meses y a otros. Se completó un hospicio. Les daba de comer pedazos picados que el carnicero del pueblo me vendía cada día en mayores cantidades porque cada vez se juntaba más gatos. Maullaban su hambre en la parte trasera de la casa. Me atisbaban. Me seguían con sus reclamos impidiéndome hacer cualquier cosa. Alertas. Esperaban verme. Me reconocían cuando salía cargando una cubeta con su ración. La repartía de uno por uno. O de dos en dos. Hasta saciarlos. Conversábamos. Les contaba mis dudas, mis angustias. Y no es que me gusten los gatos. Son malvados, egoístas. Te utilizan para aplacar sus necesidades y se van. No regresan si no les da la gana. Así de cínicos. Fueron una horrible obligación, una obligación aterradora. Se pusieron de acuerdo para despertarme sentimientos compasivos, para martirizarme con su llanto. Yo trataba de explicarles mi estado, les decía que sus pelos perjudican gravemente a las embarazadas. Producen una enfermedad espantosa que deja ciegos a la madre o al bebé. El ginecólogo me había prohibido cargar pesado. Me recomendó tranquilidad y descanso. No lo entendieron. No les importó. Pensaron que actuaba. Exigían sin parar. Turnaban sus maullidos. Pedían comida. Me tapaba las orejas para no oírlos. Sus gritos taladraban mis huesos. Me recordaban el vacío en el estómago que sentía de niña en casi todos los hogares de acogida donde estuve, aguantándome para fingir que comía lo suficiente. Siempre disimulé. Aprendí a disimular que estaba contenta, que no había mojado la cama durante el sueño. Les rogaba a los santos con todas mis fuerzas no hacerme pipí, pero diario amanecía en un charco de orines. Entonces me levantaba temprano a lavar las cobijas y tenderlas para que se secaran al sol. Los gatos también se quedaban bajo el sol comiendo o dormían con sus patas estiradas como si estuvieran muertos, o se enroscaban calentándose el lomo. De niña también me calentaba el lomo sentada en los escalones de entrada a las casas. Veía pasar automóviles en que deseaba subirme, creía sencillo dejar todo atrás.

Rayos de luz cruzaban una ventana abierta en la parte superior. La pequeña periodista lo descubrió entonces. Se dio cuenta de que gracias a eso no permanecían a oscuras. Advirtió que Marilyn le contestaba algo, pero murmuraba palabras inaudibles tartamudeando en voz muy baja. La misma voz musitada con que seducía a los galanes en esas comedias donde hacía papeles de ingenua que se sale siempre con la suya porque los caballeros las prefieren rubias y tontas o, al menos, nada inteligentes, nada que parezca una intelectual. Comedias de gran éxito. Caminaba a pasitos cortos obligada por los trajes de satén cosidos encima, ideales para los estrenos hollywoodescos en que se reunían multitudes. La policía formaba vallas de contención. Apenas era reconocida, coreaban su nombre. Aplaudían furiosamente. Enloquecían cuando emergía triunfante de su carroza prestada de Cenicienta, saludaba tirando besos al vacío asegurando que vivía el día más feliz de su existencia y recorría un tapete tendido hasta su coche moviendo el trasero como si procurara convencerlos de que no había un trasero en forma de corazón más bonito en el mundo. Parte del rito. Lo exigía el personaje inventado con ayuda de su maquillista homosexual que necesitaba cinco horas a puerta cerrada para convertirla en Marilyn, la mujer que todos los hombres deseaban poseer al menos durante una noche completa, al menos durante una buena cogida, un acostón inolvidable con esa rubia platino complaciente, dispuesta a demostrarles lo aptos que era a la hora de la hora, de la suprema estocada, prueba definitiva. Si la satisfacían a ella que había servido a una legión, según se rumoraba, satisfacían a cualquier mujer que les abriera las piernas, los condujera al éxtasis y pusiera su gusto en segundo término con tal de dejarlos contentos, seguros de sí mismos, alejados de ese terror a la impotencia que los hombres traen consigo desde la cuna. Es su condena, el precio por nacer con un pene ansioso e inseguro, asustado al entrar en la vagina profunda. Machos satisfechos reposando cerca de una diosa del cine incapaz de tener verdaderos orgasmos, pero dispuesta a tenderse sobre las espaldas, a cumplir cualquier capricho u obedecer con la misma docilidad que obedecía órdenes del fotógrafo que la convirtió en almanaque, muévete hacia acá, coloca la mano arriba, estira la pierna izquierda, destaca tu blancura inmarcesible encima de este brillante trapo rojo. Así los mecanismos van a colgar tu retrato en los muros de sus talleres y acariciarán su falo soñando contigo. Los adolescentes esconderán tu desnudo tras las puertas de sus armarios y se masturbarán imaginando que te penetran. Los viejos ricos fantasearán con una cita y querrán comprarte. A pesar de que ya no se cuecen al primer hervor, te buscarán como maestra. Una maestra del disfraz, presta a caprichos denigrantes. La pequeña periodista notó que los pies de Marilyn asomaban bajo la sábana. Tenía uñas enterradas y huellas de barniz rosa, pies diminutos con plantas llenas de líneas incomprensibles y callos sobre el talón causados por subirse a tacones malabaristas. Siempre había visto esos pies descalzos o en sandalias de tiritas, no los imaginaba ahogados por unos tenis que usó durante su embarazo. ¿Qué hacía en ese sótano arriesgándose tanto?, preguntó nuevamente.

Ya te dije. Los gatos ne-necesitaban ayuda. Siguieron llamándome. Algunos atrevidos encontraron manera de entrar al sótano y luego quedaron atrapados. Maullaban auxilio. Por las noches escuchaba su llanto agonizante aunque me tapara la cabeza con la almohada. Su llanto intermitente y desconsolado. Los oía revolviendo leñas de la chimenea y trebejos que guardábamos. Los tiraban al suelo, enfurecidos. Tuve miedo. Le rogué a Arthur que los sacara, que acabara ese martirio enseguida. Bajó a buscarlos. Se escondieron y no los vio. Desde antes quiso convencerme de que era cosas mías, figuraciones por mis temores nocturnos. Siento miedo a equivocarme cuando digo un parlamento, a que los senos se me caigan, a ser un desecho arrugado y repetir la historia de mi madre. Y el miedo me produce ganas de correr pidiendo socorro. Me asustan las tinas de agua caliente donde mi madre trató de meterme para arrancarme las plumas. Así se las arrancan a las gallinas antes de cocinar un caldo. Me resistí. Incendió el departamento y por mero instinto de conservación me zafé de sus manos y pedí ayuda al vecino. Luego me entregaron con los expósitos y ella entró al asilo. Es una esquizofrénica depresiva. Según dice, por culpa mía la abandonó mi padre, persona importante en los estudios cinematográficos. Por eso mi madre me odia. No contesta mis cartas ni me habla cuando voy a visitarla. Mira la lejanía traspasando paredes con su mirada. Me reprocha no haber muerto. Lo reprocha con su belleza marchita, con las cejas depiladas en arco que nunca más le crecieron, con sus batas sucias y sus camisones raídos a pesar de que le regalo prendas de encaje en grandes cajas de Bullok´s. Ni siquiera las destapa. Detesta que sus cuidadoras le muestren periódicos hablando de mí. Piensa que no lo merezco. Merezco fracasar igual que ella, perder la razón igual que ella, encerrarme en una celda igual que ella. Heredar su suerte. ¡Ay, madre! ¿Cómo podré perdonarte? Es difícil subsistir sin ayuda de nadie, sabiendo que la madre de una se pudre vestida de harapos, que se ensimismó en su dolor imaginario igual a una fruta marchita. Eso te condena. Impide la felicidad. Te convence de que se hizo para otros. Miras a los demás tras un cristal sintiéndote excluida del Paraíso, aunque te cases tres veces, aunque dos de tus maridos te amen a su modo sin importarles que frecuentemente olvides jalar la cadena del excusado, aunque te conviertas en símbolo sexual y los soldados te crean una diosa blanca en el cielo despampanante sobrevolando un campamento colgada de un helicóptero con los brazos abiertos en un inmenso saludo, mientras ellas tiran sus gorras al aire y aplauden como monos rabiosos. Ni siquiera así se conoce la dicha. Sólo se aprende a imitarla con sonrisa estereotipada de muñeca. Tuve una muñeca que perdí. Todavía la recuerdo medio carcomida del rostro, repugnante como mi madre.

En la mesa había también la base de algún arreglo floral rota en el borde. La pequeña periodista se preguntó quién retiraría las flores, quizás la sirvienta que la condujo a la recámara. Marilyn aparentaba absoluta soledad, una ausencia total de compañía. Siempre acostada boca abajo cambió postura. La cara sobre los brazos destacaba su inocente perfil. Movía despacio sus pálidos labios despintados diciendo algo incomprensible. La periodista se acercó cuanto pudo, pero apenas interpretó palabras sueltas. No cabía duda. Contestaba las preguntas, respondía adormilada. Cumplía lo convenido. La pequeña periodista le pidió que alzara la voz e intentó sentarla para establecer el diálogo; la movió tímidamente, pero no obtuvo resultados. Marilyn se estremeció con el contacto, como si los escalofríos recorrieran su espalda, la sábana se hundió ligeramente en la raya entre sus nalgas. Daban ganas de tocarla para sentir esas curvas blandas y conocer los secretos que no aclaraba su lengua tartamuda. Los espejos eran un caleidoscopio, reflejaban en una sensación enloquecedora y desde diferentes ángulos cuanto había dentro del cuarto. A Marilyn le gustaba contemplarse desnuda, y los mandó colocar para cumplir su capricho. La pequeña periodista, por distraerse, quiso leer los títulos de los libros puestos junto a ella. Un actor se prepara, de Konstantin Staninslavski, en primer término, había sido consultado muchas veces. Nueva tos. Nuevos movimientos. Nuevas preguntas. ¿Lamenta la pérdida de su hijo?, dicen que usted acondicionó una recámara llena de juguetes, y que Arthur Miller está destrozado. Y al convocarlo, un hombre triste entró por una puerta escondida tras los espejos, y sin ruido ocupó el banco del fondo, tenía aspecto de fantasma que inspecciona las ruinas de su castillo. Dos arrugas profundas le bajaban a los lados de la nariz y confirmaban su aspecto adusto. Al sentarse, sus anteojos de carey se le resbalaron suavemente y los levantó con el índice. ¿Procuraba asistir en silencio al final de la entrevista? ¿Intentaba cuidar a su esposa, oír lo que diría? Imposible saberlo. La situación cobró intensidad. Dios la dirigía de manera implacable y astuta. Marilyn siguió moviendo los labios.

Lo siento, claro. Sien-to lo que pasó. Lo siento también por el pobre Arthur ¿pe-pero qué podía hacer sino tirarme de cabeza como me lo aconsejaron los gatos? Estuve días enteros dudando. Desde antes había elegido mi destino y no debía cambiarlo. No debía. Así me lo aseguraron. Luché demasiado para llegar hasta aquí y nadie me detendrá. Ni siquiera un bebé intruso. La pequeña periodista casi se apoyó sobre el cuerpo yacente para escuchar las frases pronunciadas tan despacito y otra vez no entendió nada.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta
Espejo, Beatriz. (2018). El palacio de la memoria. Ciudad de México: Lectorum.


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