Cuento Inventario

Carmen María Machado (03 de julio de 1986 – ).

Traducción: Laura Salas Rodríguez.

Cuento publicado por primera vez en 2013 en Strange Horizons, revista semanal de y sobre ficción especulativa. En 2017, se incluyó en la colección Her Body and Others Parties.


UNA CHICA. Nos tumbamos la una junto a la otra en la alfombra mohosa que hay en su sótano. Sus padres estaban arriba; les habíamos dicho que íbamos a ver Parque Jurásico. «Yo soy el padre y tú la madre», dijo. Me levanté la camiseta, ella se levantó la suya, y nos quedamos mirando. El corazón me latía a mil por hora por debajo del ombligo, pero me preocupaban las arañas y que nos descubriesen sus padres. Sigo sin haber visto Parque Jurásico. Supongo que ya nunca la veré.

Un chico, una chica. Mis amigos. Estábamos bebiendo unos cócteles de vino en mi dormitorio, en la vasta extensión de mi cama. Nos reíamos, hablábamos, nos pasábamos las botellas. «Lo que me gusta de ti», dijo la chica, «son tus reacciones. Tienes una forma muy divertida de reaccionar ante las cosas. Como si todo fuese muy intenso.» El chico asintió con la cabeza. La chica me enterró la cabeza en el cuello y dijo «Así, mira» contra mi piel. Yo me reí. Estaba nerviosa, excitada. Me sentía como una guitarra que alguien estuviese afinando, tensándole las cuerdas. Me dieron besos de mariposa en la piel y me echaron el aliento en la oreja. Yo gemía y me retorcía, y estuve a punto de correrme durante largos minutos, aunque nadie me tocaba, ni siquiera yo.

Dos chicos, una chica. Uno de ellos, mi novio. Sus padres estaban de viaje, así que montamos una fiesta en su casa. Bebimos limonada mezclada con vodka y él me animó a enrollarme con la novia de su amigo. Nos besamos, vacilantes, y luego paramos. Los chicos también se enrollaron entre sí y los observamos durante largo rato, aburridas pero demasiado borrachas para levantarnos. Nos quedamos dormidos en la habitación de invitados. Cuando me desperté, tenía la vejiga a punto de reventar. Bajé sigilosamente hasta el vestíbulo y vi que alguien había derramado una limonada con vodka por el suelo. Intenté limpiar el estropicio. El mejunje se había comido todo el brillo del mármol. La madre de mi novio encontró mi ropa interior detrás de la cama semanas más tarde y se la entregó, lavada, sin decir una palabra. Se me hace raro echar tanto de menos el olor químico y floral de la ropa limpia. Ahora solo me viene a la cabeza el suavizante.

Un hombre. Alto, esbelto. Tan flaco que se le notaba el hueso pélvico, cosa que yo encontraba extrañamente sexy. Ojos grises. Sonrisa sarcástica. Lo había conocido hacia casi un año, en una fiesta de Halloween celebrada el octubre anterior. (Yo no me había disfrazado; el iba de Barbarella.) Estuvimos bebiendo en su apartamento. Él estaba nervioso y me dio un masaje. Yo estaba nerviosa, así que le dejé hacer. Se pasó un buen rato frotándome la espalda. Después dijo: «Se me están cansando las manos.» Yo respondí: «Ah», y me giré hacia él. Me besó; tenía la cara áspera por la barba de tres días. Olía a levadura y a las notas de salida de un perfume caro. Se tumbó sobre mí y estuvimos un rato enrollándonos. Se me retorcían las entrañas de placer. Me preguntó si podía tocarme el pecho y yo le planté la mano sobre él. Me quité la camiseta y sentí como si una gota de agua se me deslizase espinazo arriba. Comprendí que aquello estaba ocurriendo, ocurriendo de veras. Nos desnudamos. Se puso el condón y se dejó caer sobre mí. Fue lo más doloroso del mundo. Él se corrió y yo no. Cuando se retiró, el condón estaba cubierto de sangre. Se lo quitó y lo tiró. Toda yo latía. Dormimos en una cama demasiado pequeña. Al día siguiente, insistió en llevarme en coche a la residencia de estudiantes. Ya en mi cuarto, me quité la ropa y me envolví en una toalla. Seguía oliendo a él, a nosotros, y quise más. Me sentía bien, como una adulta que de vez en cuando se acuesta con alguien, que tiene vida. Mi compañera de habitación me preguntó cómo había ido y me abrazó.

Un hombre. Un novio. No le gustaban los condones, me preguntó si estaba tomando la píldora, se salió de todos modos. Un desastre terrible.

Una mujer. Una especie de novia a rachas. Compañera de la clase de Organización de Sistemas Informáticos. Con el pelo largo hasta el culo. Era más suave de lo que yo esperaba. Yo quería comerle el coño, pero ella estaba muy nerviosa. Nos enrollamos y me deslizó la lengua dentro de la boca; cuando se fue a casa, me corrí dos veces en la fría inmovilidad de mi apartamento. Dos años después follamos en la azotea empedrada del edificio donde estaba mi oficina. Cuatro pisos por debajo de nuestros cuerpos, el programa de mi ordenador compilaba delante de una silla vacía. Cuando terminamos, levanté la vista y me fijé en que un hombre trajeado nos observaba desde la ventana del rascacielos contiguo; su mano se sacudía por dentro del pantalón.

Una mujer. Gafas redondas, pelo rojo. No recuerdo dónde la conocí. Nos colocamos y follamos; sin querer me quedé dormida con la mano dentro de ella. Nos despertamos antes de que amaneciese y cruzamos la ciudad hasta una cafetería abierta veinticuatro horas. Estaba lloviznando y, al llegar, teníamos los pies entumecidos por el frío dentro de las sandalias. Comimos tortitas. Vaciamos las tazas de café y después buscamos a la camarera con la mirada; estaba viendo las noticias de última hora en la tele desbaratada que colgaba del techo. Se mordía el labio y llevaba en la mano la jarra de café inclinada: unas minúsculas gotas marrones cayeron al linóleo. Nos quedamos mirando mientras desaparecía el presentador y lo sustituía una lista de los síntomas del virus que florecía a un estado de distancia, en el norte de California. Cuando reapareció el presentador, repitió que los aviones que estaban en pleno vuelo habían vuelto a aterrizar, que se habían cerrado las fronteras del estado y que parecía que el virus quedaba aislado. Luego se acercó la camarera, que parecía distraída. «¿Tienes familia allí?», le pregunté, y ella asintió con los ojos llenos de lágrimas. Me sentí fatal por haberle preguntado.

Un hombre. Lo conocía en el bar que había a la vuelta de la esquina de mi casa. Nos enrollamos en mi cama. Olía a vino rancio, a pesar de que había estado bebiendo vodka. Nos acostamos, pero a la mitad tuvo un gatillazo. Nos besamos un poco más. Quería comerme el coño, pero yo no quise. Se enfadó y se marchó, dando un portazo tan fuerte con la puerta mosquitera que la balda de las especias se salió del clavo y se estrelló contra el suelo. Mi perro se comió a lametones la nuez moscada y tuve que darle sal para que vomitara. La adrenalina me tenía tan acelerada que me puse a elaborar la lista de los animales que había tenido en mi vida —siete, incluidos mis dos peces beta, que murieron con una semana de diferencia cuando tenía nueve años—, y una lista de las especias que lleva la sopa pho. Clavo, canela, anís estrellado, cilantro, jengibre, semillas de cardamomo.

Un hombre. Quince centímetros más bajo que yo. Le expliqué que el sitio web donde yo trabajaba estaba perdiendo clientes porque nadie quería consejos para fotografías peculiares durante una epidemia, y que me habían despedido aquella misma mañana. Me invitó a cenar. Follamos en su coche porque compartía piso y yo no me sentía capaz de estar en mi casa en aquellos momentos; me metió la mano por debajo del sujetador y tenía unas manos perfectas, joder, perfectas; nos desplomamos en los asientos traseros, que eran enanos. Me corrí por primera vez en dos meses. Lo llamé al día siguiente y le dejé un mensaje de voz para decirle que me lo había pasado bien y que me gustaría verlo de nuevo, pero nunca me devolvió la llamada.

Un hombre. Se ganaba la vida con un trabajo duro, no recuerdo qué exactamente, y llevaba una boa constrictor tatuada en la espalda con una frase en latín mal escrita por debajo. Era fuerte y podía levantarme para follarme contra la pared: lo más emocionante que había sentido nunca. Hasta rompimos unos cuantos marcos de cuadros así. Usó las manos, yo le arañé la espalda, me preguntó si iba a correrme para él, y le respondí: «Sí, sí, voy a correrme para ti, sí.»

Una mujer. Pelo rubio, voz descarada, amiga de una amiga. Nos casamos. Todavía no estoy segura de si estuve con ella porque quería o porque me daba miedo lo que la gente estaba contrayendo a nuestro alrededor. Al cabo de un año la cosa se fue al garete. Chillábamos más de lo que follábamos, más incluso de lo que hablábamos. Una noche tuvimos una discusión en la que acabé llorando. Después me preguntó si quería follar y se desvistió antes de que pudiese responder. Me entraron ganas de tirarla por la ventana. Al final nos acostamos y yo empecé a llorar. Cuando acabamos y se metió en la ducha, hice una maleta, me metí en el coche y me largué.

Un hombre. Seis meses más tarde, en plena bruma posdivorcio. Lo conocí en el funeral del último miembro de su familia. Él llevaba su duelo, yo el mío. Nos acostamos en la casa vacía donde habían vivido su hermano, la mujer de este y sus hijos, todos muertos. Follamos en todas las habitaciones, incluyendo el pasillo, aunque no conseguía doblar bien la pelvis en el parquet, y le hice una paja delante del armario vacío de la ropa blanca. En el dormitorio principal, vi mi imagen en el espejo mientras lo cabalgaba; las luces estaban apagadas y nuestra piel despedía reflejos plateados. Se corrió dentro de mí y dijo: «Lo siento, lo siento.» Se suicidó una semana más tarde. Yo me mudé al norte, fuera de la ciudad.

Un hombre. Ojos grises de nuevo. Llevaba años sin verlo. Me preguntó qué tal me iba; le conté algunas cosas y otras no. No quería llorar delante del hombre a quien había entregado mi virginidad. De algún modo, me parecía que no estaba bien. Me preguntó a cuántas personas había perdido y yo contesté: «A mi madre y a la chica con la que compartía habitación en la universidad.» No mencioné que había encontrado a mi madre muerta, ni los tres días que siguieron, con los médicos inspeccionándome los ojos en busca de los primeros síntomas, ni que me las arreglé para escapar de la zona en cuarentena. «Qué joven eras cuando te conocí, joder», dijo. Su cuerpo me resultaba familiar, pero también extraño. Él había mejorado, yo había mejorado. Cuando se retiró casi esperaba ver sangre, pero, por supuesto, no había. Los años transcurridos lo habían vuelto aún más guapo, más pensativo. Me sorprendí a mí misma llorando sobre la pila del baño. Abrí el grifo para que no pudiese oírme.

Una mujer. Morena. Una antigua empleada del Centro de Control de Enfermedades. La conocí en una reunión en la que enseñaban a almacenar comida y a afrontar posibles brotes en el barrio, por si el virus atravesaba el cortafuegos. No me había acostado con una mujer desde mi esposa, pero cuando se quitó la camiseta me di cuenta de lo mucho que había añorado los pechos, la suavidad, las bocas suaves. Ella quería polla y yo se la di. Después, mientras recorría con la mano las marcas que me había dejado el arnés en la piel, me confesó que no había habido suerte a la hora de intentar desarrollar una vacuna. «Pero esa puta mierda solo se transmite por contacto humano», dijo. «Si la gente se mantuviese alejada…» Enmudeció. Se acurrucó junto a mí y nos quedamos fritas. Cuando me desperté, estaba dándose caña con el vibrador y yo fingí que seguía dormida.

Un hombre. Me preparó la cena en la cocina. No quedaban muchas verduras en el huerto, pero hizo lo que pudo. Intentó darme de comer con una cuchara, pero yo le cogí el mango. La comida no sabía muy mal. Se fue la luz por cuarta vez esa semana, así que comimos a la luz de las velas. Me indignó el toque romántico accidental. Cuando estábamos follando me tocó la cara y me dijo que era muy guapa; yo sacudí la cabeza para apartarle los dedos. Cuando lo hizo por segunda vez le cogí la barbilla con la mano y le dije que cerrase la boca. Se corrió inmediatamente. No le devolví las llamadas. Tras oír por la radio la noticia de que el virus había llegado de algún modo a Nebraska, supe que tenía que dirigirme hacia el este, y eso hice. Abandoné el huerto, la parcela donde estaba enterrado mi perro, la mesa de pino en la que, atenazada por la angustia, había elaborado tantas listas —árboles que empiezan por «m»: manzano, morera, mimosa, magnolia, mangle, mirto; estados en los que había vivido: Iowa, Indiana, Pensilvania, Virginia, Nueva York—, dejando un batiburrillo ilegible de letras grabado en la tierna madera. Cogí mis ahorros y alquilé una casita cerca del mar. Tras unos cuantos meses, el casero, que vivía en Kansas, dejó de cobrar mis cheques.

Dos mujeres. Refugiadas de los estados del oeste que habían conducido sin parar hasta que se les estropeó el coche a un kilómetro y medio de mi casa. Llamaron a la puerta y se quedaron conmigo dos semanas, mientras intentábamos averiguar cómo arrancar el coche. Una noche bebimos vino y hablamos de la cuarentena. Había que arrancar el generador con una manivela y una de ellas se ofreció a hacerlo. La otra se sentó junto a mí y me deslizó la mano por la pierna. Acabamos haciéndonos una paja cada una por su lado y besándonos. El generador arrancó y volvió la electricidad. La otra mujer regresó y dormimos todas juntas en la misma cama. Yo quería que se quedasen, pero dijeron que se dirigían a Canadá, se rumoreaba que era más seguro. Se ofrecieron a llevarme con ellas y yo les respondí en tono de broma: me quedaba a defender la fortaleza por Estados Unidos. «¿En qué estados estamos?», preguntó una. Yo contesté: «Maine.» Tras su partida, empecé a usar el generador solo en ocasiones puntuales; prefería pasar el rato en la oscuridad, a la luz de las velas. El antiguo propietario de la casa tenía un armario lleno.

Un hombre. De la Guardia Nacional. Cuando apareció por primera vez en la puerta supuse que había venido a evacuarme, pero resultó que había desertado de su puesto. Le ofrecí que pasase allí la noche y me dio las gracias. Me desperté con un cuchillo en la garganta y una mano en el pecho. Le dije que no podía follar con él tal y como estaba tumbada. Me dejó levantarme y lo empotré contra la estantería, dejándolo inconsciente. Tras arrastrar su cuerpo hasta la playa, lo hice rodar hasta la orilla. Volvió en sí y se puso a escupir arena. Lo amenacé con el cuchillo y le ordené que echase a andar; si se atrevía siquiera a mirar atrás, acabaría con él. Obedeció. Contemplé cómo se alejaba hasta convertirse en un punto oscuro en la franja gris de costa, y luego nada. Fue la última persona a la que vi durante un año.

Una mujer. Una líder religiosa que arrastraba tras de sí a una congregación de cincuenta personas, todas vestidas de blanco. Los hice esperar tres días en el lindero de la finca. Tras examinarles los ojos, los dejé quedarse. Acamparon todos alrededor de la casa: en el césped, en la playa. Iban bien equipados y solo necesitaban un sitio para recostar la cabeza, según dijo la líder, vestida con una túnica que le daba aspecto de maga. Cayó la noche. Ella y yo dimos la vuelta al campamento con los pies descalzos; el resplandor de la hoguera trazaba sombras en su rostro. Caminamos hasta la orilla del agua y señalé hacia la oscuridad, hacia la isla minúscula que ella no podía ver. Deslizó su mano en la mía. Le preparé una copa —«whisky de maíz, más o menos», dije tendiéndole la coctelera— y nos sentamos a la mesa. Fuera se oían risas, música, niños que jugueteaban en la orilla. La mujer parecía agotada. Advertí que era más joven de lo que aparentaba, pero aquel trabajo le echaba años encima. Le dio un sorbo a la copa; su sabor le arrancó una mueca. «Llevamos muchísimo tiempo andando», dijo. «Nos detuvimos un tiempo cerca de Pensilvania, pero el virus nos alcanzó cuando nos cruzamos con otro grupo. Se llevó a doce antes de que pudiésemos poner distancia.» Nos besamos larga y profundamente; me latía el corazón en el coño. La mujer sabía a humo y miel. El grupo se quedó cuatro días, hasta que ella despertó de un sueño diciendo que había tenido una visión y que debían seguir su camino. Me pidió que los acompañase. Intenté imaginarme con ella, con su congregación siguiéndonos como niños. Decliné la propuesta. Me dejó un regalo en la almohada: un conejillo de peltre del tamaño de mi pulgar.

Un hombre. De no más de veinte años, con el pelo lacio y castaño. Llevaba un mes andando. Tenía el aspecto que podía esperarse: asustadizo. Sin esperanza. En la cama se mostró reverente, demasiado delicado. Tras lavarnos, le di sopa de lata. Me contó que había atravesado Chicago, literalmente atravesado, y que en algún momento había dejado de molestarse en deshacerse de los cadáveres. Tuvo que llenarse el vaso antes de hablar más del tema. «Después», prosiguió, «recorrí las ciudades.» Le pregunté a qué distancia se encontraba realmente el virus y respondió que no lo sabía. «Aquí se está muy tranquilo», observó, como para cambiar de tema. «No hay tráfico», expliqué. «Ni turistas.» Se echó a llorar y no paró; lo abracé hasta que se quedó dormido. A la mañana siguiente, cuando desperté, ya se había ido.

Una mujer. Mucho mayor que yo. Se había puesto a meditar en una duna a la espera de que transcurriesen los tres días. Cuando le miré los ojos, me fijé en que eran verdes como cristales de playa. El pelo le blanqueaba en las sienes y su modo de reír llenó de placer los escalones que llevaban a mi corazón. Nos sentamos en la penumbra de la ventana en saledizo y todo se desarrolló con mucha lentitud. Se sentó a horcajadas sobre mí; cuando me besó, el panorama del otro lado del cristal se encogió y se deformó. Bebimos y caminamos por la playa con la arena húmeda formando pálidas aureolas alrededor de nuestros pies. Habló de sus hijos ya crecidos, de heridas de la adolescencia, de que tuvo que sacrificar a su gato el día después de mudarse a otra ciudad. Yo le conté lo de que había encontrado a mi madre, la peligrosa travesía por Vermont y New Hampshire, que la marea nunca se quedaba inmóvil, lo de mi exmujer. «¿Qué ocurrió?», preguntó. «Nada, que no funcionó», contesté. Le hablé del hombre de la casa vacía, de su forma de llorar, de cómo le brillaba la lefa en la tripa después de correrse y de que la desesperación se podía atrapar a puñados en el aire. Recordamos sintonías comerciales de nuestras respectivas juventudes, incluyendo la de una cadena de helados italianos a la que acudía al final de los largos días de verano a tomar un helado, mareada por el calor. No conseguía recordar la última vez que había sonreído tanto. Se quedó. Llegaron más refugiados a la casita, con nosotras, la última parada antes de la frontera; les dimos de comer y jugamos con los pequeños. Nos descuidamos. El día en que me desperté y el aire había cambiado, me di cuenta de que tenía que haberlo visto venir. Ella estaba sentada en el sofá. Se había levantado por la noche a prepararse un té. Pero la taza estaba volcada y el charquito estaba frío; reconocí los síntomas por televisión y los periódicos, y los panfletos, y las noticias de la radio, y luego por los rumores ahogados alrededor de la hoguera. Su piel había adoptado el color púrpura oscuro de los cardenales intensos, tenía el blanco de los ojos teñido carmesí y le goteaba sangre de detrás de las uñas. No había tiempo de llorar. Me examiné mi propia cara en el espejo: aún tenía los ojos limpios. Consulté la lista de emergencia y de las provisiones. Cogí la bolsa y la tienda, me metí en el bote y remé hasta la isla, hasta esta isla, donde he venido almacenando comida desde que llegué a la casita. Bebí agua, monté la tienda y me puse a hacer listas. Todos mis profesores, empezando desde preescolar. Todos los trabajos que he tenido. Todas las casas en las que he vivido. Todas las personas a las que he querido. Todas las personas que probablemente me hayan querido. La semana que viene cumpliré los treinta. Con el viento, la arena se me acumula en la boca, en el pelo, en la hendidura central de mi cuaderno; el mar está revuelto y gris. A lo lejos veo la casita, una mota en la lejana orilla. No dejo de pensar que puedo ver cómo florece el virus en el horizonte, como un amanecer. Me doy cuenta de que le mundo seguirá girando aunque no haya gente en él. Quizá hasta vaya un poco más rápido.

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta
Fotografía de Carmen María Machado propiedad de ©Tom Storm Photography, recuperada de https://www.anagrama-ed.es/autor/machado-carmen-maria-2369
Machado, C. (2018). Su cuerpo y otras fiestas. Barcelona: Anagrama.


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