Cuento Bartleby, el escribiente

Herman Melville (01/agosto/1819 – 28/septiembre/1891).

Traducción: Lur Sotuela.

Cuento publicado por primera vez en 1853, de manera anónima y en dos partes, en Putnam´s Magazine. En 1856 fue incluido en el libro The Piazza Tales.


SOY UN HOMBRE de cierta edad. La actividad profesional que he ejercido durante décadas me ha aportado un profundo conocimiento de uno de los colectivos más interesantes y peculiares del paisaje urbano, del que, a pesar de su excepcionalidad, nada se ha escrito hasta el momento: me estoy refiriendo al gremio de los amanuenses, también llamados copistas judiciales. He tenido relación con muchos de ellos, tanto personal como profesionalmente, y podría contar en estas páginas algunas anécdotas que complacerían a los hombres buenos y harían derramar algunas lágrimas a las almas más sentimentales. Pero, antes que las biografías completas de todos los amanuenses que he tratado en mi vida, prefiero algunos episodios de la vida de Bartleby. Bartleby era un copista judicial, el más extraño que he conocido o de quien haya oído hablar.

De los otros escribientes podría yo componer amplias biografías que describiesen su monótona existencia; con Bartleby esa tarea era imposible. No dispongo de datos para trazar una completa y satisfactoria semblanza de este hombre, hecho que, lamentablemente, constituye una enorme pérdida para la literatura. Bartleby era uno de esos seres distantes y misteriosos de quienes nada se puede conocer si no es través de su propio comportamiento. En definitiva, de Bartleby sólo sé lo que conocí de primera mano, excepto un difuso rumor que podrán leer en el epílogo con el que finaliza este relato.

Más, antes de centrarme en el amanuense cuyo nombre da título a esta historia, convendría que registrara algunos datos relativos a mi persona, a mis asuntos, a mis empleados, a mi despacho, y al ambiente general en que todo sucedió. Considero imprescindible este preámbulo para garantizar al lector una adecuada comprensión de nuestro peculiar protagonista.

Soy un hombre eminentemente práctico que desde su ya lejana juventud ha presentido que la vida más sencilla es la mejor. Por ello, aunque mi profesión está considerada como agitada, y hasta turbulenta en ocasiones, jamás he permitido que esas inquietudes empañaran mi tranquilidad. Soy uno de esos abogados faltos de ambición, que jamás interviene en los tribunales ni busca el reconocimiento público. Amparado en una cómoda posición, me dedico a asuntos que transitan entre hipotecas, títulos de renta y acciones de personas acaudaladas. Cuantos me tratan, me consideran un hombre fiable e íntegro. El difunto Juan Jacobo Astor, persona parca en halagos, no dudaba en proclamar que mi virtud más sobresaliente era la prudencia; la segunda, el método.

No lo digo por vanidad, pero señalo de nuevo el hecho de que el finado Juan Jacobo Astor, nombre que, debo admitir, me agrada repetir porque tiene un sonido circular, redondo, como el tintineo de las monedas de oro, siempre recurría a mis servicios. Tengo, además, que agregar que yo no era insensible a la buena opinión que el desaparecido Juan Jacobo Astor tenía sobre mis competencias profesionales.

Poco antes de que comenzara la historia que me dispongo a narrar, mis actividades habían aumentado ostensiblemente. Acababa de tomar posesión del cargo, hoy suprimido en el estado de Nueva York, de agregado a la Corte Suprema. Era un empleo de fácil desempeño y generosa remuneración.

En contadas ocasiones me enfado; rara vez me permito indignarme ante las injusticias y los abusos, pero en este momento me voy a tomar la libertad de proclamar que, en mi modesta opinión, considero la repentina y definitiva eliminación del cargo que yo ostentaba, por la Nueva Constitución, como un acto precipitado e injusto a todas luces. Tenía yo planeado que esa plaza me permitiera disponer de una generosa renta vitalicia, y únicamente percibí el sueldo de unos pocos años. Pero este tema nada tiene que ver con Bartleby. Prosigamos, pues, con lo que nos ocupa.

Mis oficinas estaban en el piso superior de un edificio, en el n.°… de Wall Street. Por las ventanas de uno de los lados se divisaba la pared blanca de un espacioso patio interior, cerrado mediante una claraboya. El panorama era más bien tranquilo, pero le faltaba lo que se suele llamar animación. La vista del otro lado del inmueble ofrecía, al menos, un poderoso contraste. Desde las ventanas que daban al patio de luces se podía ver, sin la menor interferencia, una alta pared de ladrillo, oscurecida por los años y la sombra. Desentrañar sus secretos no exigía prismáticos o una vista prodigiosa, pues las ventanas del edificio de enfrente se hallaban a pocos metros de las nuestras. Nuestras oficinas ocupaban el segundo piso; pero debido a la mayor altura de los edificios colindantes el espacio entre aquella pared y la nuestra se parecía a un tanque cuadrado.

Antes de la llegada de Bartleby, trabajaban a mi servicio dos pasantes y un muchacho muy vivaz y diligente que hacía los recados. El primero se llamaba Turkey; el segundo, Nippers; y el botones, Ginger Nut. Son estos nombres, como habrán advertido, no muy frecuentes en las guías, ya que se trataba de apodos, inventados y posteriormente aceptados entre mis empleados, y que expresaban de manera más o menos precisa sus respectivos caracteres y personalidades.

Turkey era un inglés bajo y obeso, más o menos de mi edad, esto es, de unos sesenta años. Por la mañana, su rostro era rosado como un amanecer, pero después de las doce -tras el almuerzo- brillaba como una chimenea llena de carbones incandescentes. Turkey continuaba refulgiendo (aunque el brillo iba menguando gradualmente) hasta que acababa su jornada, a las seis de la tarde. A esa hora dejaba de ver al propietario de ese rostro, quien parecía perseguir al astro rey a lo largo de recorrido cotidiano. Era como si se levantara con él, culminara al mediodía y declinara con suavidad para ocultarse al anochecer y regresar al día siguiente, con la misma exactitud y el mismo itinerario.

A lo largo de mi vida he podido observar coincidencias únicas y llamativas, de las cuales no es la menor el hecho de que en el momento en que Turkey, con encendido y luminoso semblante, se encontraba en el cenit, daba comienzo el período durante el cual su capacidad de trabajo quedaba seriamente afectada para el resto de la jornada. No quiero decir con esto que se volviera un haragán. Antes bien, sucedía justamente lo contrario, es decir, se convertía en un hombre demasiado enérgico. En esas horas vespertinas una furiosa, temeraria y delirante actividad se adueñaba de cada fibra de su ser.

Este frenesí hacía que se descuidara al mojar la pluma en el tintero, ensuciando el escritorio, sus manos y los papeles. Todas las manchas que hay en los documentos de mi oficina fueron vertidas por Turkey después de las doce de mediodía. Por las tardes, su exaltación no se reducía a emborronar papeles; a menudo su desabrida actitud iba más lejos. En esos memorables y terribles momentos, su rostro flameaba como las brasas encendidas. Hacía entonces un ruido muy desagradable con la silla; al afilar los lápices, los rompía con impaciencia y los tiraba al suelo, presa de repentinos ataques de furia. Se levantaba, se tumbaba, fuera de sí, sobre la mesa, desparramando sus expedientes por todas partes. Era un lamentable espectáculo en una persona de su edad.

Pero como Turkey era, por numerosas razones, mi colaborador más eficiente y el ser más juicioso y diligente, eso sí, siempre antes del mediodía, me resignaba a pasar por alto sus excentricidades, aunque, muy a menudo, me veía en la obligación de regañarlo. No obstante, lo hacía con suavidad, delicadamente, pues aunque Turkey era por la mañana el hombre más educado, obediente y respetuoso del mundo, por las tardes olvidaba o perdía estas cualidades y se convertía en un insolente.

Debido a ello, me vi obligado a tomar una decisión, ya que aunque valoraba sus servicios matinales y estaba decidido a no perderlos, no negaré que me sentía muy incómodo por sus provocadoras maneras después del almuerzo. Y como soy por naturaleza un hombre paciente, resolví, un sábado, pocos minutos antes del mediodía (siempre se ponía peor los sábados), extrañando de que mis amonestaciones provocaran en él tan ásperas respuestas, insinuarle que tal vez, ahora que se iba haciendo mayor, convendría que fuera descargándose de algunas tareas. En una palabra, que no necesitaba venir a la oficina más que por la mañana, y que era preferible que después de comer se fuera a casa a descansar.

Turkey se negó enfáticamente a aceptar mi amable propuesta e insistió en seguir acudiendo al despacho a tiempo completo. Su rostro comenzó a fulgurar como una estrella, y, desde un extremo de la habitación, con una regla en la mano, manoteando febrilmente, me gritó que si su trabajo era útil por la mañana, ¿por qué no iba a ser al menos tan imprescindible por la tarde?

—Con todo respeto, señor —comentó ya más sereno Turkey—, creo que soy su mano derecha. Por la mañana, despliego mis ejércitos con calma, pero por la tarde me pongo al frente de mis tropas e, implacable, arremeto contra el enemigo —y con un gesto lanzó una violenta embestida con la regla a modo de cimitarra.

—¿Y los borrones? —insinué temeroso.

—Con todo respeto, señor, ¡mire estos blancos cabellos! Me estoy haciendo viejo. Señor, con franqueza, un par de borrones en una tarde calurosa no pueden achacarse a mi edad. La vejez, aunque emborrona algunas páginas, es, sin duda, honorable. Si me lo permite, señor, los dos nos estamos haciendo mayores.

Aquella alusión a mi persona me desarmó. Acepté la situación y me hice una composición de lugar: decidí que, después del mediodía, Turkey se ocuparía únicamente de tareas de menor importancia.

Nippers, mi segundo empleado, era un joven de unos veinticinco años, melenudo y de piel cetrina. Siempre me dio la impresión de que vivía a merced de dos tiránicos poderes: la ambición y la indigestión. Una clara muestra de sus pretensiones era una especie de exasperación que mostraba mientras realizaba las tareas de mero copista y una usurpación, injustificada, de asuntos que no le correspondían, como, por ejemplo, la redacción de documentos legales.

El segundo poder que le afectaba, la indigestión, se manifestaba en vehementes reflujos de cínico mal humor, acompañados de sonoros rechinamientos de dientes, innecesarias maldiciones y, sobre todo, en un continuo y persistente descontento con la altura de la mesa en la que trabajaba. A pesar de su ingenio y aptitudes mecánicas, jamás logró el pobre Nippers adaptar el escritorio a su medida. Le colocaba cuñas de madera, trozos de cartón, y llegó incluso a preparar un complejo sistema de acomplamiento a base de largas tiras de papel secante. Pero todos sus esfuerzos fracasaban. Si, buscando la comodidad de su espalda, levantaba la mesa en un ángulo agudo hacia su mandíbula y copiaba los documentos como si un holandés usara el inclinado techo de su casa como pupitre, la sangre no le circulaba bien por los brazos. Si colocaba la mesa al nivel de su cintura y se agachaba cual alimaña sobre ella para escribir, al final le dolía la espalda.

Lo cierto es que Nippers no sabía bien lo que quería, salvo una cosa: deseaba librarse para siempre de su mesa de copista. Entre las más visibles manifestaciones de su patológica ambición se encontraba la de recibir a ciertos individuos de apariencia dudosa y ropa descuidada a los que denominaba sus clientes. Me enteré de que a veces hacía sus pequeños cambalaches en los juzgados, y no era desconocido en las antesalas de la cárcel. Tengo buenas razones para creer que un personaje estrafalario que lo visitaba con frecuencia en mis oficinas, y a quien Nippers insistía en presentar pomposamente como mi cliente, era solamente un acreedor, y los papeles que se traían entre manos eran las cuentas que mi empleado debía saldar.

Pero Nippers, al igual que su compañero Turkey, pese a todos sus defectos y a las molestias que su actitud me originaba, me era útil. Era rápido cuando copiaba, y lo hacía con letra clara; y tenía buenos modales cuando se lo proponía. Además, vestía siempre con elegancia, y este hábito daba cierto tono a mi despacho.

Sin embargo, en lo que respecta a la indumentaria de Turkey, he de decir que proyectaba un gran desprestigio sobre mi oficina. Sus trajes estaban grasientos y olían a comida. En verano llevaba unos pantalones grandes y holgados. Sus chaquetas eran detestables, y en cuanto al sombrero, no se podía ni tocar.

Pero mientas los sombreros que llevara Turkey me eran completamente indiferentes, ya que su cortesía y deferencia, como escrupuloso subalterno, le llevaban a quitárselos nada más entrar en la habitación, su chaqueta era otro cantar. Hablé con él respecto a su ropa, sin éxito alguno. Tuve que resignarme a aceptar que era un hombre con una renta tan exigua, que no le permitía ostentar al mismo tiempo una cara lustrosa y unos trajes lustrosos.

Como Nippers observó cierto día, Turkey gastaba la mayor parte de su sueldo en tinta roja. Una mañana de invierno le regalé a Turkey un abrigo que había sido mío en muy buen estado: un gabán gris, acolchado, calentito, y con botones desde el cuello hasta las rodillas. Pensé que él agradecería el detalle y trataría de moderar su intemperancia. Todo lo contrario. Creo que enfundarse en una prenda tan cálida y confortable ejercía un efecto nocivo sobre su persona, como demuestra el principio de que un exceso de avena es perjudicial para los caballos. Del mismo modo que un caballo impaciente nos enseña la cantidad de avena que ha comido, así Turkey exhibía su abrigo. Aquella ropa le daba cierto aire de desfachatez. Era una persona a quien no favorecía la prosperidad.

Si respecto a la incontinencia alcohólica de Turkey yo tenía mis dudas, con Nippers estaba completamente seguro de que, a pesar de sus defectos en otras materias, era al menos un joven sobrio. Pero su misma naturaleza era su alcohol, y desde su nacimiento le había conferido un carácter irritable y tan excesivo que toda bebida que ingiriese le resultaba inocua. Cuando recuerdo que, en la tranquilidad de mi oficina, Nippers se levantaba de golpe, se inclinaba con medida lentitud sobre el escritorio, lo acariciaba mientras estiraba los brazos y lo sujetaba por los extremos, para después, tras una pausa dramática, levantarlo y moverlo, sacudiéndolo, agitádolo, golpéandolo con fuerza contra el suelo, como si la mesa estuviera dotada de una pérfida voluntad y se dedicara a molestarlo y frustrarlo, comprendo perfectamente por qué Nippers no necesitaba el aguardiente.

Sin embargo, había algo por lo que alegrarse, ya que la irritabilidad, producto de la mala digestión, y el posterior nerviosismo de Nippers eran más notables por la mañana e iban esfumándose a medida que avanzaba el día, hasta desaparecer por la tarde. Al contrario que los paroxismos de Turkey, que únicamente se manifestaban después de mediodía. Fue una suerte para mí, pues nunca debí sufrir al mismo tiempo las excentricidades de mis dos copistas, ya que se relevaban con la exactitud de la guardia prusiana. Cuando los ataques de Nippers estaban activos, los de Turkey descansaban, y después del almuerzo ocurría justamente al contrario. Dadas las circunstancias, no era un mal arreglo.

Ginger Nut, el tercer subalterno de mi oficina, era un muchacho de unos doce años. Su padre era carretero, y ansiaba ver a su hijo, antes de morir, en los tribunales, en lugar de subido en el pescante. Por eso lo colocó en mi despacho como recadero, limpiador y estudiante de derecho, por el módico sueldo de un dólar a la semana. Tenía un escritorio propio, pero apenas lo usaba. En una ocasión revisé sus cajones: contenían una amplia variedad de cáscaras de muchas clases de nueces. Para aquel astuto joven, toda la ciencia del derecho cabía en una cáscara de nuez. Entre las muchas tareas que tenía asignadas, la que desempeñaba con mayor alegría era la de suministrar cantidades ingentes de manzanas y de pasteles a mis dos copistas.

Debido a que la transcripción de documentos es una tarea tediosa y seca, a Turkey y Nippers les gustaba humedecer sus deshidratadas gargantas con abundantes helados, de los que se pueden adquirir en los puestos cercanos al Correo y la Aduana. Con frecuencia solían encargar a Ginger Nut unas galletas especiales —pequeñas, redondas, aplastadas y sazonadas con jengibre—. De aquel delicioso dulce le vino a nuestro botones el sobrenombre de Ginger Nut. En las frías mañanas de invierno, cuando había poco trabajo, Turkey las devoraba a docenas como si fueran obleas, y el deslizar de su pluma se mezclaba con el ruido que hacían sus mandíbulas al triturar los bizcochos. Recuerdo que una vez, entre las confusiones vespertinas y los consiguientes atolondramientos, Turkey humedeció con la lengua una galleta de jengibre y la estampó con fuerza como sello en un título hipotecario. Estuve en aquella ocasión a punto de despedirlo, pero me desarmó con una reverencia oriental, mientras me decía: Si usted me permite, señor, creo que me he comportado generosamente al suministrarle un sello que he pagado de mi bolsillo.

Las tareas de reproducir transferencias, rastrear títulos y redactar oscuros y olvidados documentos de toda índole incrementaron notablemente cuando asumí el cargo de agregado a la Corte Suprema. Ahora había mucho trabajo, para el que no se bastaban mis dos escribientes. Fue entonces cuando necesité un nuevo empleado.

Un joven hierático se presentó una mañana en mi oficina en respuesta a mi anuncio. Era verano, y la puerta estaba abierta. Aún creo estar viendo aquella figura: ¡pálidamente aseada, desoladoramente respetable e irremediablemente triste! Era Bartleby.

Tras unas cuantas preguntas acerca de su capacidad, decidí darle el puesto, encantado de tener entre mis trabajadores a un escribiente de aspecto tan sobrio. Pensaba que este nuevo empleado podría influir favorablemente tanto en el impetuoso carácter de Turkey como en la vehemente personalidad de Nippers.

Tenía que haber explicado antes que una puerta de cristal dividía en dos mi bufete. Uno de los despachos era para los copistas; el otro lo ocupaba yo. En función de mi estado de ánimo, las puertas estaban abiertas o cerradas. Decidí instalar a Bartleby en un rincón junto a la puerta, pero de mi lado, con el fin de tener cerca a aquel hombre apacible, por si surgía algún pequeño imprevisto.

Su mesa estaba junto a una pequeña ventana, en un lateral del cuarto que originalmente daba a patios traseros y paredes de ladrillos, pero que, en ese momento, debido a nuevos edificios que se habían ido levantando, aunque proporcionaba algo de iluminación, no tenía ninguna vista. A escasos centímetros del cristal había una pared de ladrillo rojo, y la luz descendía, entre dos bloques de considerable altura, colándose traviesa por una pequeña abertura en la cúpula. Para preservar mi intimidad, coloqué un biombo verde de gran altura que aislaba a Bartleby de mi vista, permitiendo, sin embargo, que estuviera al alcance de mi voz. De esta manera se fundían compañerismo, complicidad y aislamiento.

Al principio, Bartleby trabajó incansablemente. Parecía como que hubiese estado sometido a un ayuno de escritura, al que daba rienda suelta con la transcripción de mis documentos. No descansaba ni para hacer la digestión. Trabajaba día y noche, copiando sin cesar, a la luz del día pero también a la luz de las velas. Estaba francamente satisfecho de su laboriosidad, pero me hubiese gustado todavía más si Bartleby hubiera sido un trabajador más alegre. Escribía silenciosa, impasible, mecánicamente.

Una de las labores inexcusables de cualquier escribiente es verificar, una vez concluida la copia, la fidelidad de la reproducción, palabra por palabra. Cuando hay dos o más amanuenses en una oficina, se ayudan mutuamente en esta tarea, uno leyendo en voz alta la copia, el otro siguiendo meticulosamente el original. Es una tarea agotadora, monótona y letárgica. Entiendo que para temperamentos nerviosos resulte insoportable. No me imagino al impulsivo lord Byron, por ejemplo, sentado junto a Bartleby, resignado a compulsar un tedioso expediente de más de quinientas páginas, escritas con letra pequeña.

En ocasiones yo mismo ayudaba a Nippers o a Turkey a cotejar algún documento. Una de mis intenciones al ubicar a Bartleby cerca, detrás del biombo, era tenerlo a mano para pequeñas revisiones. Cuando llevaba tres días en la oficina, y antes de que fuera necesario confrontar los expedientes copiados por él, la necesidad de atender un trabajo urgente me hizo llamar a Bartleby.

Acuciado por la prisa, y en la justificada expectativa de una rápida y conveniente respuesta por parte de mi empleado, yo estaba en mi mesa, con la mirada fija en el original y la copia en la mano derecha, debo confesar que nerviosamente extendida, para que Bartleby pudiera cogerla de mi mano y comenzar la tarea inmediatamente. En esta posición me encontraba en el momento en que le dije a mi empleado lo que decía hacer, es decir, examinar un breve escrito conmigo. Imaginen mi asombro y perplejidad, cuando, sin moverse de su escritorio, Bartleby, con una voz excepcionalmente suave pero firme, repuso:

Preferiría no hacerlo.

Un silencio absoluto se adueñó de la habitación, mientras me esforzaba por reorganizar mis perplejas facultades. En un primer momento pensé que o mis sentidos me engañaban, o Bartleby no había entendido mis palabras. Repetí la orden con mayor claridad, si cabe, y escuché con claridad la misma respuesta que antes:

Preferiría no hacerlo.

—Preferiría no hacerlo—repetí como un eco, mientras me ponía de pie, muy indignado, y cruzaba la habitación a grandes zancadas—. ¿Qué quiere decir con eso? ¡Está loco! Necesito que me ayude a revisar esta página. Cójala —y se la tendí.

Preferiría no hacerlo —insistió.

Lo observé con atención. Su rostro estaba tranquilo; sus ojos grises permanecían inmutables. Ni uno de solo de sus rasgos mostraba agitación o nerviosismo. Si hubiera percibido en su actitud el más leve síntoma de fastidio, enfado, impaciencia o impertinencia, en otras palabras, si hubiera asomado en él cualquier expresión normal en un ser humano con una reacción semejante, lo hubiera despedido inmediatamente, sin que mediara una sola palabra. Pero, dadas su impasibilidad y su inalterable actitud, despedirlo hubiese sido como poner de patitas en la calle a mi busto de escayola de Cicerón.

Me quedé mirándolo unos instantes, mientras él proseguía con su tarea, y a continuación regresé a mi escritorio. Eso es muy extraño, me dije. ¿Qué debo hacer? El documento no podía esperar. Me dispuse, pues, a aparcar momentáneamente mi respuesta al anómalo comportamiento de Bartleby, con la intención de retomarla en cuanto dispusiera de tiempo. Llamé a Nippers y rápidamente concluimos la tarea.

Bartleby terminó, pocos días después, cuatro extensos documentos, copias por cuadruplicado de unas declaraciones que habían sido hechas en mi presencia a lo largo de una semana en la cancillería de la Corte Suprema. Era necesario cotejarlos. Revisarlos cuidadosamente. El proceso era muy delicado y exigía una gran meticulosidad. En cuanto todo estuvo dispuesto, llamé a Nippers, Turkey y Ginger Nut, que estaba en el otro cuarto, pensando dar a cada uno de mis cuatro empleados una copia, al tiempo que yo leía el original. Turkey, Nippers y Ginger Nut se sentaron en fila, cada cual con su escrito en la mano, cuando le pedí a Bartleby que nos acompañara.

—¡Bartleby! ¡Venga enseguida! Le estamos esperando.

Oí el deslizar de su silla sobre el suelo, y Bartleby no tardó en aparecer ante nosotros.

—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó dócilmente.

—¡Las copias, las copias! —le urgí, agobiado—. Hay que revisarlas. Tenga —y le alcancé la cuarta copia.

Preferiría no hacerlo —contestó, y apaciblemente desapareció tras la mampara.

Por unos instantes me convertí en una estatua de sal, paralizado al frente de mi avezado ejército de copistas. Atónito aún, avancé hasta el biombo para tratar de averiguar las razones de tan extraordinaria conducta.

—¿Por qué se niega? —le pregunté a Bartleby.

Preferiría no hacerlo —dijo con sencillez.

Con cualquier otra persona me habría exasperado, y sin dejar que se explicara, lo hubiera expulsado violentamente, y para siempre, de mi vista. Pero había algo en Bartleby que no sólo me desconcertaba, sino que me enternecía y perturbaba. Traté de razonar con él.

—Son sus propias copias las que tenemos que compulsar. Esto le ahorrará mucho trabajo, pues de una sola vez despacharemos las cuatro copias. Revisarlas forma parte de su trabajo. Es lo habitual, ¿no es así? ¿No tiene nada que decir? ¡Responda!

Preferiría no hacerlo —replicó cadenciosamente.

Me pareció que, mientras le hablaba, Bartleby sopesaba escrupulosamente cada frase que le dirigía. Estaba seguro de que comprendía por entero su significado, que era incapaz de contradecir mis palabras; pero comprendí que alguna consideración de orden superior le hacía responder de esa manera.

—¿Está decidido, entonces, a no corresponder a mi solicitud, petición razonable que responde a la práctica habitual de los copistas y al más elemental sentido común?

Me respondió lacónicamente, dándome a entender que mi juicio era acertado. Sí: su decisión era definitiva.

No es infrecuente que un hombre a quien llevan la contraria de una manera insistente e irracional, dude por un momento de sus más profundas convicciones. Entre los pliegues de la realidad, ese individuo vislumbra vagamente que, por extraordinario que parezca, la justicia y la razón están del lado de la otra persona, por lo que, si hay testigos, solicita su opinión con el fin de que refuercen su opinión.

—Turkey —me dirigí al copista, algo confuso—, ¿qué opina de esto? ¿Tengo o no tengo razón?

—Con todo mi respeto, señor —contestó Turkey con un tono de voz suave—, creo que usted tiene razón.

—Nippers, ¿qué piensa usted?

—Si de mí dependiera, lo echaría a puntapiés de la oficina.

Dado que esos hechos se produjeron por la mañana, el lector perspicaz habrá deducido, sin duda, que la respuesta de Turkey había sido emitida en términos mesurados y corteses, en tanto que la de Nippers destilada agresividad. O para seguir con una imagen ya utilizada, diremos que el malhumor de Nippers estaba de guardia, mientras el de Turkey se encontraba de vacaciones.

—Ginger Nut —continué, deseoso de recabar en mi favor hasta el parecer más insignificante—, ¿qué piensas de todo esto?

—Creo, señor, si me permite el comentario, que el señor Bartleby está un poco majareta —replicó el botones con un gesto burlón.

—¿Está escuchando? —dije casi gritando y volviéndome hacia el biombo—. Salga de ahí y cumpla con su obligación.

No respondió. Un instante de embarazoso estupor nos rodeó. Pero la tarea era urgente. Y otra vez decidí postergar el análisis de este problema para abordarlo en un momento de calma.

Nos dispusimos, por tanto, a confrontar los documentos sin Bartleby, no sin cierta incomodidad, ya que cada cinco minutos, Turkey, educadamente, mostraba su desacuerdo con aquel procedimiento, que consideraba incorrecto, y Nippers, retorciéndose en su silla con evidente desasosiego, dejaba escapar entre sus dientes maldiciones contra el estúpido y obstinado copista situado detrás del biombo. Tengo que hacer constar que ésta fue la primera y última vez que Nippers hizo sin remuneración el trabajo del otro.

Bartleby, entre tanto, continuaba en su santurario, ajeno a todo lo que no fuera su cometido.

Los días pasaron, y al escribiente se le encomendó otro extenso trabajo. Su singular comportamiento me impulsó a observarlo detenidamente. Vi que jamás salía a almorzar; en realidad, que jamás iba a ninguna parte. Nunca, que yo pudiera recordar, se había ausentado de la oficina. Era el eterno centinela en su rincón. Advertí que sobre las once de la mañana, Ginger Nut avanzaba sigilosamente hasta el sanctasanctórum de Bartleby, como si respondiera a una llamada silenciosa, invisible para mí. Luego, haciendo sonar unas monedas, salía de la oficina y regresaba unos minutos después con un paquete de galletas de jengibre, que entregaba inmediatamente al inquilino del empleo, recibiendo como pago dos de aquellos delicioso dulces.

Se alimenta de galletas de jengibre, pensé. Jamás toma lo que se considera un almuerzo. Tal vez sea vegetariano, pero no, pues no come ni legumbres ni verduras, ni frutas. Únicamente come galletas de jengibre.

Reflexioné a fondo sobre las probables consecuencias de una dieta exclusiva a base de galletas de jengibre. Se llaman así porque el jengibre es uno de sus principales ingredientes, y consecuentemente su fundamental sabor. Ahora bien, ¿qué es le jengibre? Una planta cuya raíz es cálida y algo picante. ¿Era Bartleby cálido y picante? Todo lo contrario; por lo tanto, el jengibre no ejercía ninguna influencia sobre el carácter de Bartleby. Probablemente, parafraseando a mi copista, él preferiría que no lo ejerciera.

No hay nada que desquicie tanto a una persona sensata como la resistencia pasiva. Si la víctima de la resistencia no es inumana ni carece de empatía, y el individuo que ofrece resistencia es inofensivo en su pasividad, la primera intentará interpretar a base de imaginación lo que su entendimiento y su razón han sido incapaces de resolver.

Eso fue lo que me ocurrió con Bartleby y sus respuestas. ¡Pobre hombre!, pensé, no lo hace por maldad; es obvio que tampoco por insolencia; su tímido aspecto es la prueba de lo involuntario de su sorprendente comportamiento. Bien pensado, me resulta útil. Creo que podríamos llevarnos bien. Si lo despido, irá a dar con un patrón más inflexible, lo maltratarán, y tal vez llegue a morir de inanición. Estoy decidido: puedo permitirme obtener por un módico precio la agradable sensación de proteger al pobre copista; no tardaré en acostumbrarme a su terquedad. Llegué a la conclusión de que el esfuerzo sería mínimo, y a cambio me otorgaría el más dulce y sabroso de los bocados para mi conciencia.

Mas he de decir que no siempre valoré de tan civilizada manera el problema Bartleby. La pasividad del amanuense me exasperaba hasta extremos insospechados. Sentía que un aguijón violento me espoleaba para enfrentarme de nuevo a él. Deseaba despertar en mi copista una chispa de cólera que contendiera con la mía. Pero mis anhelos no fructificaban: era como tratar de encender fuego golpeando intensamente con los nudillos de la mano en una pastilla de jabón Windsor.

Una tarde, una pulsión malsana me dominó, dando lugar a la siguiente escena:

—¡Bartleby! —llamé en voz alta—, cuando haya copiado usted todos esos documentos, los vamos a cotejar juntos.

Preferiría no hacerlo.

—¿Cómo? ¿Pretende persistir en ese comportamiento de mula testaruda?

Un intenso silencio.

Abrí la cristalería y me dirigí a mis otros dos copistas judiciales, al tiempo que exclamaba:

—Bartleby se niega por segunda vez a revisar sus documentos. ¿Qué opina de esto, Turkey?

Como el incidente se desarrolló por la tarde, Turkey destellaba como una olla de bronce; tenía empapada la calva y repiqueteaba con los dedos sobre sus emborronados documentos.

—¿Que qué opino? —bramó, furioso, Turkey—. ¡Pienso que voy a ir hasta ese biombo y le voy a poner un ojo a la virulé!

Y, diciendo esto, se incorporó y estiró los brazos como si fuera a entrar en combate. Se disponía a llevar a cabo su amenaza cuando lo detuve, profundamente arrepentido de haber despertado la beligerancia del veterano copista después de almorzar.

—Siéntese, Turkey —le pedí—, y oiga lo que Nippers tiene que decir. ¿Qué opina, Nippers? ¿Estaría plenamente justificado despedir a Bartleby inmediatamente?

—Disculpe, pero creo que es un asunto que tiene que decidir usted mismo. Considero que su comportamiento es muy singular, y verdaderamente injusto hacia Turkey y hacia mí. Pero tal vez se trate sólo de un capricho pasajero.

—¡Ah! —exclamé—, me sorprende ese cambio de parecer. Habla usted de su conducta con excesiva indulgencia.

—Es la cerveza —gritó Turkey—, la indulgencia a la que usted se refiere es debida a la cerveza. Nippers y yo hemos comido juntos. ¿Ha visto lo indulgente que estoy yo, señor? Si quiere usted, le pongo un ojo morado.

—Supongo que se refiere a Bartleby. No, por favor, hoy no, Turkey —continué—, haga el favor de bajar esos puños.

Cerré las puertas tras de mí y me dispuse a hablar con Bartleby. Se me había ocurrido una idea para tentar de nuevo a la suerte. Mi intención era obligarle a que volviera a rebelarse. Recordé que Bartleby jamás abandonaba su puesto en la oficina.

—Bartleby —comencé—, Ginger Nut ha salido. Vaya, por favor, al Correo —estaba a tres minutos de distancia y pregunte si hay algo para mí.

Preferiría no hacerlo —contestó.

—¿No quiere ir?

Preferiría no hacerlo —repitió.

Temblando, conseguí alcanzar mi escritorio, mientras me sumía en oscuras reflexiones. Me sentí invadido por aquel ciego impulso al que ya he aludido. ¿Habría alguna pregunta capaz de ofrecerme otra ignominiosa respuesta de aquel pobre desgraciado?

—¡Bartleby!

Silencio.

—¡Bartleby! —llamé más fuerte.

Nuevo silencio.

—¡Bartleby! —grité.

Apareció como un fantasma cuando lo emplacé por tercera vez, como si respondiera a algún mágico hechizo.

—Vaya a la otra habitación y dígale a Nippers que necesito verle.

Preferiría no hacerlo —repuso con deferente lentitud, para a continuación desaparecer muy despacio.

—Bien, Bartleby, muy bien —susurré con voz tranquila y serenamente severa, insinuando con el tono la terrible y pronta represalia, la inevitable venganza que planeaba en aquel momento.

Pero como se acercaba la hora de comer, pensé que lo mejor era coger el sombrero y marcharme a casa, mientras rumiaba de camino el asombro y la preocupación que me causaba la relación con Bartleby.

¿Confesaré en estas páginas mi derrota?

Debo hacerlo. Como resultado de nuestra refriega dialéctica y de voluntades quedó establecido como norma en mi oficina que un joven pálido llamado Bartleby tenía un escritorio, que trabajaba como escribiente al precio de cuatro céntimos por página (cien palabras), pero que por motivos incomprensibles no estaba obligado a compulsar su trabajo, y que esa obligación se transfería a Turkey y a Nippers, y que al mencionado Bartleby no se le encomendaría el más pequeño encargo, y que si por alguna razón se le pedía ayuda o se le ordenaba alguna tarea, se comprendería que Bartleby preferiría no hacerlo, o, lo que es lo mismo, que se negaría en redondo a realizar cualquier encargo que no fuese el de copiar.

Con el paso del tiempo me fui reconciliando con el rebelde copista. Su concentración a la hora de copiar, su ausencia de vicios, su dedicación infatigable (salvo cuando echaba un sueñecito oculto tras el biombo), su serenidad y la ecuánime forma de comportarse en todo momento lo convertían en un inestimable empleado.

En primer lugar, siempre estaba en su puesto. Era el primero en llegar por la mañana, no se levantaba de su mesa ni una sola vez durante toda la jornada, y el último en retirarse por la noche. Yo confiaba plenamente en su honestidad. Le encomendaba los trabajos más delicados, convencido de que los dejaba en buenas manos. Mas en ocasiones, y muy a mi pesar, estallaba en furibundos ataques de cólera contra él y su manía de contestar a todos mis mandatos con su Preferiría no hacerlo, ya que me resultaba muy difícil olvida las concesiones, privilegios e insólitas prebendas de que gozaba Bartleby en mi oficina.

En ocasiones, cuando se presentaban asuntos urgentes, distraídamente, y en tono breve y rápido, pedía a la persona más cercana, que, como ya he comentado, era Bartleby, que pusiera, por ejemplo, el dedo en el nudo incipiente de un bramante rojo con el que estaba atando unos papeles. Desde detrás del biombo llegaba la consabida respuesta: Preferiría no hacerlo; y, entonces, una pregunta me golpeaba con amargura: ¿Cómo es posible que un ser humano normal deje de contestar con brutalidad a semejante falta de respeto?

Admito, sin embargo, que con cada nueva respuesta de Bartleby tendían a disminuir gradualmente las probabilidades de que yo volviera a distraerme y a preguntarle algo que pudiese desembocar en su monótona cantinela.

Siguiendo la costumbre de muchos colegas con oficinas situadas en edificios muy concurridos, mi bufete contaba con varias llaves de la puerta. Una la guardaba la señora de la limpieza, que vivía en la buhardilla y limpiaba la oficina una vez a la semana a fondo, y a diario barría y quitaba el polvo. Turkey disponía de otra; la tercer solía llevarla yo en el bolsillo, y la cuarta desconozco en manos de quién estaba.

Un domingo por la mañana decidí acudir a la iglesia de la Trinidad a escuchar a un predicador de cierta fama, y, como aún era temprano, pensé en pasar un momento por el bufete. Por suerte llevaba encima mi llave, pero al introducirla en la cerradura, noté cierta resistencia, como si otra llave desde el interior me lo impidiera. Sorprendido, llamé a la puerta. Oí unos pasos ligeros que se acercaban y unos instantes después noté que alguien giraba la llave. La puerta se entreabrió y pude ver, asomando su macilento rostro por la rendija de la puerta, a Bartleby. Estaba en mangas de camisa, y se cubría con un extravagante y andrajoso batín.

En tono humilde me dijo que estaba muy ocupado y que prefería no recibirme en aquel momento. Añadió que sería mejor que me fuese a dar unas vueltas por la manzana, y que volviera en unos minutos, ya que para entonces habría acabado sus tareas.

El inesperado encuentro con Bartleby, en mi oficina, un domingo por la mañana, con su pálida impasibilidad y tan seguro de sí mismo, ejerció tal impacto sobre mí, que rápidamente me retiré de la puerta y salí del edificio cumpliendo sus órdenes.

Su docilidad no sólo me desarmaba, dejándome sin palabras, sino que me amedrentaba, pues considero que es de una extrema cobardía permitir que un empleado le dé órdenes a su superior y lo expulse de sus dominios. Además, me asaltaban numerosas dudas acerca de las razones por las que Bartleby estaba en mi oficina, en mangas de camisa y ropa de casa, tan temprano un domingo por la mañana.

¿Se trataría de algo improcedente? Esa posibilidad quedaba descartada. Bartleby no era una persona inmoral. Pero, entonces, ¿qué estaba haciendo allí? ¿Trabajando? No, por muy peculiar y excéntrico que Bartleby fuese, era una persona formal y decente. Era el último de los escribientes al que podía imaginar sentándose en su escritorio prácticamente desnudo. Además, era domingo, y algo en Bartleby me hacía suponer que no profanaría el descanso de esa jornada. Mi espíritu, a pesar de todas mis tentativas, no lograba serenarse, y me acerqué a la puerta de mi oficina profundamente inquieto. Sin ningún obstáculo, introduje la llave, abrí con lentitud y entré. No se veía a Bartleby por ninguna parte, ni siquiera detrás del biombo. Era evidente que se había ido.

Aproveché para inspeccionar minuciosamente la oficina, y comprendí, espantado, que durante una temporada Bartleby había comido, dormido y se había vestido, en definitiva había vivido, en mi despacho, aunque sin cama, aparador, vajilla o espejo. El viejo asiento de un sofá desvencijado delataba la sutil huella del escribiente. Bajo el escritorio, enrollada, encontré una manta; en uno de los cajones de su escritorio, pasta de dientes y un cepillo; sobre una silla, una palangana de hojalata, una pastilla de jabón y una ajada toalla; en las amarillentas hojas de un periódico, yacían desperdigadas unas migas de galleta de jengibre y un pedazo de queso. Sí, pensé alarmado, está claro que Bartleby vive aquí. En ese momento, una idea pavorosa me electrizó:

¡Qué desdicha, qué espanto, qué profunda aflicción, qué miserias y orfandades quedan desveladas aquí! Su pobreza es grande; pero su soledad, ¡qué aterradora!

La calle de Wall Street, los domingos, es un desierto como el de Arabia, y al anochecer una absoluta desolación. El edificio donde se halla mi oficina, que durante la semana hierve de vida y bullicio, por las noches resuena de puro vacío. ¡Y es aquí donde Bartleby tiene su hogar, único espectador de un desamparo semejante al de Mario, meditando entre las ruinas de Cartago!

Una abrumadora sensación de hiriente desconsuelo me dominó por primera vez en mi vida. Antes de ese día sólo había experimentado leves aflicciones, tristezas pasajeras. En aquel momento el lazo de una común condición humana me rompía el corazón. ¡Una poderosa y fraternal melancolía! Los dos, Bartleby y yo, éramos hombres, éramos hijos de Adán.

Evoqué las lujosas ropas y los rostros felices que había visto aquella mañana, nadando como esbeltos cisnes por el Mississippi de Broadway, y no pude dejar de compararlos con amargura con el famélico copista, mientras pensaba que la felicidad busca la luz, por eso pensamos que el mundo es alegre; y que el dolor, el más humano de los sufrimientos, se esconde en la soledad, y por eso resulta invisible a nuestros ojos. Estas reflexiones —delirios, quimeras, sin duda, de un cerebro enfermo— me llevaron a pensar en las insólitas costumbres de Bartleby. Aciagos presentimientos acudieron a mi mente. Imaginé la esquelética silueta de Bartleby entre la multitud, que caminaba indiferente, hablando y riendo, mientras él se estiraba en su mortaja.

De pronto, la llave en la cerradura en el cajón del escritorio de Bartleby llamó poderosamente mi atención. No me guiaba ninguna aviesa intención, ni me sentía impelido por una morbosa curiosidad. Además, el mueble me pertenece, es mío, pensé, mientras me disponía a revisarlo. Todo se encontraba metódicamente ordenado. Los casilleros eran profundos, y tuve que retirar algunos antiguos legajos para llegar al fondo. Toqué algo con la mano y lo saqué. Era un desteñido pañuelo de algodón, anudado y pesado. Lo abrí y describrí que aquel trozo de tela era la caja de ahorros de mi empleado.

Evoqué entonces todos los misterior que había percibido en el desvaído amanuense. Recordé que sólo hablaba cuando se le preguntaba; que aunque a ratos tenía tiempo de sobra, jamás lo había visto leer ni siquiera un periódico, y que durante interminables minutos miraba absorto por la mísera ventana que desembocaba en aquel ciego muro de ladrillos.

Estaba seguro de que nunca iba a un restaurante o a una tasca; y su pálido rostro evidenciaba que nunca bebía cerveza, como hacía Nippers, y no creo que bebiera ni siquiera una taza de té o café. Bartleby no iba nunca a ninguna parte y nunca lo podías encontrar paseando, salvo, tal vez, en este mismo momento. Bartleby se había negado a decir quién era o de dónde venía, o si tenía algún pariente, pero a pesar de su extrema delgadez y su macilento semblante no se había quejado en ningún momento de mala salud. Recordé entonces un cierto aire de inconsciente, de imprecisa -¿cómo lo diría?-, de descolorida altivez, o tal vez de austera circunspección, que me había insuflado una notable y serena permisividad cuando se trataba de solicitarle la más leve colaboración.

Reflexionando sobre estas circunstancias, y uniéndolas al reciente descubrimiento de que vivía en mi oficina, y sin poder olvidar mis melancólicas cavilaciones; meditando sobre estas cosas, repito, un sentimiento de prudencia se instaló en mi espíritu. Mis primeras reacciones habían sido de pura melancolía y de sincera compasión, pero a medida que la desolación de Bartleby crecía en mi imaginación, la nostalgia se transformó en miedo y la compasión en rechazo.

Es cierto, y terrible al mismo tiempo, que, en cierta medida, el pensamiento empático o un espectáculo lastimoso genera en nuestro interior los más altos sentimientos, pero normalmente no van más allá, y poco después de haber brotado de nuestro espíritu esos sentimientos se diluyen. No aciertan quienes señalan que este proceso es intrínseco al egoísmo que habita en el corazón humano. Pienso que el cambio proviene más bien de la imposibilidad de remediar ese dolor íntimo y a todas luces excesivo. Cuando se percibe que esa piedad, esa aflicción, no pueden materializarse, el sentido común nos obliga a librarnos de ellos.

Lo que había visto aquella mañana me convenció de que Bartleby padecía un mal innato y probablemente incurable. Yo podía dar una limosna a su cuerpo, pero no era su cuerpo el que estaba enfermo. Era su espíritu el que adolecía del terrible mal, y yo no era capaz de acceder a su alma.

El descubrimiento me había desasosegado, y decidí no ir a la iglesia de la Trinidad a escuchar al sacerdote. Mientras caminaba hacia mi casa, pensaba en lo que podía hacer con Bartleby. Al fin me decidí a interrogarlo con calma a la mañana siguiente. Le preguntaría por su vida.

En caso de que se negara a responderme con sinceridad (y temía que él preferiría no hacerlo), le daría un billete de veinte dólares, además de los honorarios que le correspondían, comunicándole que ya no necesitaba sus servicios. Le explicaría amablemente que estaba dispuesto a ayudarle en lo que necesitara, añadiendo que pagaría los gastos de su traslado hasta su lugar de origen, y que si al llegar a su destino, dondequiera que estuviese, necesitaba alguna cosa, no tenía más que mandarme una carta que, le garantizaba, no quedaría sin respuesta.

Y llegó la mañana.

—Bartleby —dije, llamándolo con tranquilidad.

Silencio.

—Bartleby —repetí en un tono aún más sosegado—, venga, por favor, no le pediré que haga nada que usted preferiría no hacer. Sólo quiero hablar con usted.

Bartleby se acercó en silencio.

—¿Me podría decir dónde nació usted?

Preferiría no hacerlo —repuso Bartleby.

—¿Podría contarme alguna cosa de su vida?

Preferiría no hacerlo.

—Pero, ¿qué problema tiene usted para no hablar conmigo? Me gustaría ser su amigo.

Mientras hablaba, el escribiente ni me miró. Tenía los ojos fijos en el busto de Cicerón, que estaba unos quince centímetros por encima de mi cabeza.

—¿Qué me responde, Bartleby? —insistí, tras un silencio de un par de minutos, durante los cuales su posición no cambió, y sólo percibía un leve temblor en sus descoloridos labios.

—De momento prefiero no contestar —dijo, y lentamente se retiró a su santuario.

Fui débil, lo admito, pero su actitud me había irritado. Sus respuestas no sólo traslucían cierto desdén, sino que no dejaba de ser desleal, si se tiene en cuenta el educado y paciente trato que de mí había recibido.

Nuevamente me puse a reflexionar sobre lo que debía hacer con respecto a Bartleby. Pese a que me exasperaba su proceder, y aunque por la mañana, al llegar a la oficina, estaba decidido a despedirlo, una emoción supersticiosa golpeó mi corazón, eliminando la posibilidad de cumplir mi propósito y diciéndome que sería un miserable si maltrataba, aunque fuera de palabra, al más desventurado de los hombres. De modo que trasladé amistosamente mi silla junto a su biombo, y mientras me sentaba continué:

—Olvidemos su historia, Bartleby; pero permita que le ruegue que haga lo posible por acatar las costumbres de este despacho. Debe prometerme que mañana o pasado ayudará a revisar, como todos los empleados, documentos. Prométame que en un par de días se mostrará usted más razonable. ¿Qué me dice, Bartleby?

—De momento, preferiría no ser un poco razonable —repuso Bartleby con mansedumbre.

Mientras Bartleby hablaba, se abrió la puerta y apareció Nippers. Daba la impresión de haber pasado una noche especialmente mala, originada, sin duda, por una dispepsia más aguda de la habitual. Escuchó las últimas palabras de Bartleby.

—¿Prefiere no ser razonable? —le increpó el recién llegado—. Si fuera usted, señor, ya le iba a dar yo preferencias ¿Qué es, señor, lo que ahora prefiere no hacer? —Bartleby no se inmutó. Ni siquiera miró al furibundo Nippers.

—Señor Nippers —intervine—, prefiero que usted se retire, de momento.

Había yo adquirido, últimamente, la extraña costumbre de utilizar la palabra preferir. Me estremecía al pensar que la relación con el copista hubiese afectado a mi salud mental. ¿Qué otros y más serios extravíos podría ocasionarme? Este temor había influido en la decisión de emplear medidas más expeditivas con Bartleby.

En el momento en que Nippers, malhumorado y mascullando exabruptos, desparecía, Turkey entró en mi despacho, amable y obsequioso.

—Con todos mis respetos, señor —comenzó—, ayer estuve pensando en Bartleby, y creo que si él prefiriera tomarse a diario un par de cervezas, le ayudaría y contrinuiría a que se animara a colaborar con nosotros cuando revisamos documentos.

—Parece ser que usted también prefiere esa palabra —le comenté, levemente excitado.

—Con todos mis respetos. ¿A qué palabra se refiere, señor? —preguntó Turkey, invadiendo el diminuto espacio que había detrás del biombo y obligándome con ello a empujar hacia la pared al escribiente.

—¿Qué palabra, señor? —insistió Turkey.

Preferiría estar solo —susurró entonces Bartleby, como si le molestara que invadiéramos su templo.

—Esa es la palabra, Turkey, esa es —repuse yo, irritado.

—¡Ah! ¿Preferir? Sí, es una palabra curiosa. Yo jamás la utilizo. Pero, señor, como estaba diciendo, si prefiriera

—Turkey —interrumpí secamente—, retírese, por favor.

—Desde luego, señor, si usted los prefiere.

Cuando Turkey abrió la cristalera, Nippers me miró desde su escritorio y me preguntó si preferiría papel blanco o papel azul para copiar un documento. Saltaba a la vista que se le había escapado la palabra preferir involuntariamente. En ese momento comprendí que era mi deber deshacerme de Bartleby, quie, indudablemente, estaba haciendo sentir su influencia en mi forma de hablar, y tal vez mi cabeza, y en la de mis empleados. No obstante, consideré que era mejor no hacerlo de inmediato.

Al día siguiente advertí que Bartleby no paraba de mirar por la ventana, ajeno por entero a cuanto le rodeaba. Cuando le pregunté que por qué no copiaba, me dijo que había decidido no volver a escribir.

—¿Y por qué no? ¿Qué pretende usted? —exclamé alarmado—. ¿No escribir más?

—Nunca más —contestó Bartleby.

—¿Y por qué razón?

—¿No la ve usted mismo? ¿No se da cuenta? —replicó con indiferencia.

Lo miré con curiosidad y me pareció que sus ojos estaban mortecinos y vidriosos. Pensé que, posiblemente, debido a su aplicación y a su incansable ritmo de trabajo durante las primeras semanas, junto a la mortecina ventana y la tenue luz que despedía, su vista se había dañado.

Aquella eventualidad me conmovió y le susurré algunas palabras amables. Le insinué que sería conveniente que se abstuviera de copiar durante un tiempo, mientras le animaba a aprovechar esa circunstancia para hacer ejercicio al aire libre. Pero todo en vano. Días después, cuando mis otros empleados se encontraban ausentes, y teniendo que despachar con urgnencia algunas cartas; pensé que Bartleby, que estaba mano sobre mano, sería menos inflexible que de costumbre y no se negaría a echarlas al Correo.

Me equivoqué, y aunque profundamente contrariado, me vi obligado a llevarlas yo mismo. El tiempo pasaba y yo no lograba saber si los ojos de Bartleby habían experimentado alguna mejoría. Aparentemente parecía que sí. Pero cuando se lo pregunté guardó silencio. En cualquier caso, se negaba a seguir copiando. Al fin, acosado por mi insistencia, me comunicó que había decidido no volver a copiar.

—¡Cómo! —exclamé—. ¿Si su vista mejorara, si sus ojos vieran mejor que antes, copiaría usted entonces?

—He renunciado a copiar —dijo, y se retiró. Se quedó como siempre, inmóvil en su santuario, en su reducido espacio tras el biombo, dentro de mi despacho.

¡Cómo! Se había reafirmado, más si cabe, en su actitud. ¿Qué podía hacer? Si se negaba a trabajar en la oficina, ¿qué razón había para que Bartleby siguiese allí? En realidad, su presencia era no sólo inútil, sino costosa. Sin embargo, sentía lástima por él. Soy sincero cuando afirmo que Bartleby me preocupaba. Si hubiese conocido a algún familiar o amigo, le hubiera escrito pidiéndole que se llevara al escribiente a algún lugar donde pudiera descansar. Pero parecía estar solo, completamente solo, en el mundo. Algo semejante a los restos de un naufragio en mitad del océano Atlántico. Tras meditarlo, las necesidades prácticas que se derivan de mis asuntos profesionales se impusieron a cualquier otra consideración. Lo más delicadamente que pude, informé a Bartleby que en seis días debía abandonar la oficina. Le recomendé que se buscara una casa donde vivir. Me ofrecí a ayudarlo si lo necesitaba, siempre y cuando fuera él quien tomara la iniciativa en la mudanza.

—Y cuando usted se vaya finalmente, Bartleby —continué—, no deberá preocuparse, ya que no va a quedar desamparado. Téngalo en cuenta: dentro de seis días tiene usted que haber dejado esta oficina.

Al cumplirse el plazo, miré por detrás del biombo: allí estaba Bartleby.

Me abotoné la chaqueta, me puse firme y avancé con lentitud hasta rozarle con la mano en su hombro para anunciarle:

—El día ha llegado; debe abandonar este lugar. Lo lamento por usted. Aquí tiene dinero, debe irse.

Preferiría no hacerlo —replicó, siempre de espaldas a mí.

—Pero tiene que marcharse.

Silencio.

Confiaba ciegamente en su honradez. En numerosas ocasiones me había devuelto monedas que se me habían, por descuido, caído al suelo. Soy muy negligente en lo que se refiere al dinero. Las medidas que adopté no eran, pues, extraordinarias.

—Bartleby —le dije—, le debo doce dólares. Aquí tiene treinta y dos. Estos veinte son suyos también. ¿Va a cogerlos? —concluí, tendiéndole los billetes.

Permaneció impasible.

—Los dejaré aquí —y con lentitud los deposité sobre la mesa, colocando encima un pisapapeles. Y cogiendo mi sombrero y mi bastón me dirigí a la puerta. Después me volví tranquilamente para añadir:

—Cuando se haya llevado todas sus cosas de la oficina, Bartleby, cierre la puerta con llave, ya que no queda nadie en el despacho. Por favor, no olvide dejar la llave bajo el felpudo. Yo la recogeré mañana. No volveremos a vernos. Si dentro de un tiempo, cuando se haya instalado, puedo ayudarle en algo, no deje de escribirme. Adiós, Bartleby, que le vaya bien.

No dijo una palabra. Silencioso y solitario en mitad de la desierta oficina, parecía la última columna que aún quedaba en pie de un templo en ruinas.

Mientras meditaba de regreso a casa, la vanidad se impuso a la compasión. Me sentía orgulloso de cómo había manejado la situación que me liberaba definitivamente de Bartleby.

Ha sido magistral, pensaba, y así lo consideraría cualquier observador imparcial. La perfección de mi método residía en la tranquilidad con que había abordado la situación. Ni una amenaza, ni una palabra malsonante, ni paseos nerviosos por la oficina; tampoco gritos para que Bartleby desapareciese con sus miserables enseres. Nada de eso. Ni un grito, ni una orden subida de tono, como hubiera hecho un hombre de menor categoría. Mi inquebrantable voluntad había funcionado. Cuanto más lo recordaba, más satisfecho me sentía. Con todo, cuando desperté a la mañana siguiente, tuve algunas dudas —la vanidad se había disipado con el sueño—. Uno de los momentos más lúcidos y serenos en la vida de un hombre es el del despertar. Mi método me parecía tan sutil e inteligente como la víspera, pero sólo en teoría. Cómo resultaría en la práctica me inquietaba.

Me reconfortaba pensar que Bartleby se había ido tan sólo por que yo se lo había pedido. Pero, al fin y al cabo, esa era una suposición mía, no de Bartleby. Lo importante no era que yo hubiera decidido que el escribiente debía marcharse, sino que él preferiría hacerlo. Sabía por experiencia que Bartleby era hombre de preferencias, no de suposiciones.

Después de comer, me fui al centro, mientras sopesaba las probabilidades de que Bartleby hubiera obedecido. Por momentos estaba convencido de mi fracaso, y de que, como de costumbre, encontraría a Bartleby en la oficina, en su hierática posición, y acto seguido estaba seguro de que iba a encontrar su sitio vacío. En la esquina de Broadway con la calle del Canal, vi corrillos de gente muy agitada, conversando animadamente:

—Apuesto a que… —oí cuando pasaba por su lado.

—¿A que no se va? —terminé—. ¡Venga el dinero!

Sin pensarlo, metí la mano en el bolsillo para sacar unas monedas, cuando recordé que era jornada electoral. Las palabras que acababa de escuchar nada tenían que ver con Bartleby; sino con el triunfo o fracaso de alguno de los candidatos municipales. Obsesionado como me hallaba con mi escribiente, imaginaba que todo Broadway compartía mi preocupación.

Como había planeado, llegué a la puerta de mi oficina más temprano que de costumbre. Me detuve a escuchar. No se oía ningún ruido. Debía haberse marchado. La puerta estaba cerrada con llave. Mi sistema había funcionado; el copista se había marchado. Mas de pronto sentí que una especie de melancolía invadía mi ser: había un regusto amargo en el triunfo. Y cuando me agaché para recoger bajo el felpudo la llave que Bartleby debía haberme dejado, y sin querer golpeé con la rodilla en la puerta, produciendo un ruido como de llamada, llegó hasta mí una voz familiar que decía desde el interior:

—Aún no, estoy ocupado.

Era Bertleby.

Por un instante me quedé como aquel hombre que, con su pipa en la boca, fue atravesado por un rayo, hace mucho tiempo, una apacible tarde en Virginia. Murió asomado a la ventana y se quedó apoyado en el marco hasta que alguien lo tocó y se derrumbó.

—¡No se ha marchado! —musité espantado. Y otra vez más, víctima del influjo que el oscuro copista ejercía sobre mí, y del que no conseguía zafarme, bajé lentamente a la calle. Mientras rodeaba la manzana, consideré qué podía hacer ante la insólita avalancha de acontecimientos. Me negaba a echarlo a empujones y sería inútil tratar de expulsarlo a fuerza de insultos. Acudir a la policía me resultaba desagradable, y, sin embargo, permitir que se saliera con la suya era inadmisible.

¿Qué debía hacer? Había dado por hecho que mi escribiente se iría, e íntimamente debería comportarme como si así fuera. Bajo el influjo de esta premisa, podía entrar muy deprisa en el despacho y, fingiendo que no lo veía, arrastrarlo como si fuera el aire, como si realmente no estuviera. Recapacité. El éxito de este estrambótico plan me pareció muy dudoso. Decidí hablar de nuevo con el copista del asunto.

—Bartleby —comencé, con gesto severo, mientras entraba en la oficina—, estoy muy disgustado. Mejor dicho, estoy francamente decepcionado, Bartleby. No podía esperar esto de usted. Imaginaba que era usted una persona razonable, había pensado que enfrentado a cualquier problema bastaría la más leve insinuación para que usted reaccionara. Pero, al parecer, estaba equivocado… ¡Cómo!—levanté la voz, naturalmente indignado—, ¿no piensa coger el dinero? —El montoncito de billetes de la víspera estaba donde yo lo había dejado.

Silencio.

—¿Quiere usted dejarnos, sí o no? —clamé en un arrebato, avanzando a grandes zancadas hasta llegar donde él estaba.

Preferiría no dejarlos —replicó con suavidad, acentuando el no.

—¿Y qué derecho tiene usted a quedarse aquí? ¿Paga acaso el alquiler? ¿Paga usted mis impuestos? ¿Es el dueño de la oficina?

No respondió.

—¿Está decidido a volver a escribir? ¿Su vista ha mejorado? ¿Podría copiar unos documentos para mí esta mañana? ¿Ayudarme a revisar un documento, o ir sencillamente a despachar el correo? En una palabra, ¿podría usted hacer algo que justifique su presencia en esta oficina?

Sin responder, se refugió en su santuario.

Estaba tan alterado que me pareció prudente abstenerme de lanzar al extravagante copista más reproches. Bartleby y yo estábamos solos en la oficina. Recordé en ese momento la desafortunada historia del Sr. Adams y del aún más desafortunado Sr. Colt. Todo sucedió en la solitaria oficina de este último. El pobre Colt, exasperado por Adams, se dejó imprudentemente arrastrar por la furia, lo que desembocó en un hecho de consecuencias fatales. Con frecuencia he pensado que si la disputa se hubiese desarrollado en cualquier otro lugar, como en la calle o en una casa, el desenlace hubiera sido otro. La casualidad de estar solos en aquella desierta oficina, desprovista de alfombras, polvorienta y vacía, en lo alto de un edificio deshabitado, contribuyó, sin duda, a exacerbar la desesperación del pobre Sr. Colt.

Pero cuando la animadversión del viejo Adams se apoderó de mí y me presentó una solución contra el problema Bartleby, luché desesperadamente contra ella y salí victorioso. ¿Cómo? Evocando simplemente el divino precepto: Un nuevo mandamiento os doy: amaos los unos a los otros.

Indudablemente, esto fue lo que me salvó. La caridad, al margen de otras consideraciones, es una virtud sabia y prudente, un poderoso salvoconducto que nos protege frente a los más oscuros sentimientos. Los hombres se han matado a lo largo de la historia por celos y por rabia, por odio, por egoísmo, y hasta por orgullo; pero no existe el hombre, al menos que yo conozca, que haya cometido un crimen por caridad. En cualquier caso, en ese instante fatal me esforcé en controlar mi ira contra el escribiente, juzgando su comportamiento con indulgencia. ¡Pobre hombre, pobre hombre!, pensé, no sabe lo que hace. Además, ha pasado unos días muy difíciles y merece que se le trate con benevolencia.

Intenté, al tiempo que trataba de serenarme, realizar algunas tareas. Supuse que, a lo largo de la jornada, cuando a Bartleby le viniese bien, saldría de su encierro por su propia voluntad, caminaría hasta la puerta y desaparecería de mi oficina.

No fue así. Dieron las doce y media, el rostro de Turkey se encendió, volcó el tintero en un par de ocasiones y comenzó el alboroto; Nippers se sumió en la serenidad y la cortesía; Ginger Nut masticó tranquilamente su manzana del mediodía, y Bartleby continuó de pie frente a la ventana, inmerso en uno de sus profundos ensueños. Deben creerme cuando les digo que esa tarde abandoné mi oficina sin decirle una sola palabra más a Bartleby.

Durante unos cuantos días, en mis ratos libres, volví a leer Edwards on the Will y Priestly on Necessity. Ambos volúmenes, dadas mis circunstancias, actuaron como un bálsamo. Poco a poco me fui convenciendo de que mis problemas con el escribiente habían sido decretados desde la eternidad, y que el pobre Bartleby había llegado hasta a mí por algún misterioso propósito de la Divina Providencia que un simple mortal como yo era incapaz de comprender.

Bartleby, quédate tranquilo, serénate, permanece en tu rincón detrás del biombo, pensé. No te molestaré más, eres inofensivo como uno de esos viejos muebles. Jamás me había sentido más sereno, en mayor intimidad que cuando tú has estado ahí. Al fin puedo sentirlo, penetro en la intención, en la finalidad a la que se me ha destinado en la vida. Estoy satisfecho. Otros hombres tendrán destinos más elevados; mi misión en este mundo, Bartleby, es proporcionarte una oficina, esta oficina, por el tiempo que necesites.

De no haber intervenido terceras personas, clientes, colegas y conocidos, con sus observaciones arbitrarias y malintencionadas cuando visitaban mi despacho, creo que esta brillante y compasiva concatenación de ideas habría continuado. Como sucede con frecuencia, el contacto con memes mezquinas da al traste con las mejores intenciones de las personas generosas.

De todos modos, no es extraño que a los clientes o a los compañeros de oficio que desfilaban por mi oficina les sorprendiera el aspecto del increíble Bartleby, y se vieran inducidos a comentar aviesamente alguna de sus peculiaridades. En una ocasión, un procurador visitó la oficina y se encontró con la única presencia del pálido copista. Al tratar de obtener alguna información sobre mi paradero, Bartleby, imperturbable, continuó silencioso y hiératico en el centro de mi despacho, sin responder. El procurador, después de observarlo atónito durante un tiempo, se fue tan ignorante como había venido.

También, en algunos momentos de mucho ajetreo, con ocasión de alguna audiencia, cuando el bufete rebosaba de abogados, clientes y testigos, y vertiginosamente se sucedían los diferentes casos, algún ajetreado jurista, viendo a Bartleby completamente desocupado, le encargaba que fuera a su despacho (el del letrado) a buscar a algún documento, y Bartleby se negaba a hacerlo con pasmosa tranquilidad y continuaba mirando las musarañas, el abogado lo contemplaba con curiosidad, y a continuación, perplejo, me miraba a mí. ¿Qué podía decirle?

Al fin reparé que a mi alrededor, en todo el círculo de mis relaciones profesionales, se murmuraba acerca del extraño individuo que albergaba en mi oficina. Aquello me molestó muchísimo. Me asaltó de pronto la idea de que Bartleby podía ser longevo y que continuaría ocupando mis dependencias, desafiando mi autoridad y asombrando a los visitantes. Esta circunstancia arrojaba una negra sombra sobre mi despacho y ponía en entredicho mi reputación profesional. Pensé que, manteniéndose con sus ahorros —gastaba solamente medio real diario—, era muy posible que me sobreviviera y se quedara en mi bufete demandando derechos de posesión, basándose en la ocupación perpetua que había realizado del espacio. A medida que aquellos sombríos vaticinios me atosigaban cada vez más, y mis conocidos insistían en lanzar sus implacables dardos sobre Bartleby, un gran cambio se operó en mí. Decidí hacer un gran esfuerzo y liberarme, de una vez por todas y para siempre, de esta pesadilla insoportable.

Antes de embarcarme en un peliagudo y complejo plan, hablé con el copista y le sugerí que convendría que se marchara. En tono mesurado, le dije que sometía la idea a su madura y escrupulosa consideración. Después de tres días de reflexión, me informó con gravedad que mantenía su decisión inicial, es decir, que prefería continuar a mi lado.

¿Qué hacer?, me dije, mientras me abotonaba el abrigo. ¿Qué hacer? ¿Qué puedo hacer? ¿Qué debo hacer? ¿Qué dicta mi conciencia que debería hacer con este hombre, o más bien, con este fantasma? Debo librarme de Bartleby. Tengo que hacerlo, pero ¿cómo? ¿Echarás a ese inofensivo y pobre mortal, arrojarás al abismo a esa indefensa criatura? ¿Te deshonrarás hasta ese punto? No quiero, no puedo hacerlo. Preferiría dejarlo vivir y morir en la oficina y luego emparedar sus restos en el muro. ¿Qué harás entonces? Ya ves que todas tus súplicas no han servido de nada. Olvida los sobornos, está muy claro que prefiere quedarse contigo. En ese caso, no me queda más alternativa que tomar una decisión extraordinaria. ¿Cómo? ¿Llamarás a la policía para que lo detenga y lo condenarás a la cárcel? ¿Cuáles serían los motivos que alegarías para denunciarle? ¿Es acaso un vagabundo? ¡Cómo! ¿Bartleby, un ser errante? ¿Un hombre que se niega a moverse?, ¿que persigue la inactividad total? Eso es absurdo. ¿Carece de medios para sobrevivir? No. Indudablemente vive, y su sola existencia constituye la prueba de que tiene medios para sobrevivir. No hay nada que hacer entonces.

¡Ya lo tengo! Si él no se va, seré yo quien lo deje. Trasladaré mi oficina. Me marcharé, y le informaré de que si se presenta en mi nueva sede lo trataré como a un intruso.

A la mañana siguiente le informé:

—Estas oficinas están muy lejos del Ayuntamiento y, además, el ambiente es insalubre. Debido a estos inconvenientes, tengo la intención de mudarme la próxima semana, y ya no volveré a necesitar sus servicios. Se lo comunico ahora, para que pueda usted pueda encontrar otro empleo.

No contestó, y yo no dije nada más.

En la fecha señalada contraté los mozos y carros necesarios para el traslado y, como no había muchos muebles, todo fue transportado en pocas horas. Durante la mudanza, Bartleby se quedó detrás del biombo, que fue lo último que se llevaron. Bartleby permaneció inmóvil en la desierta habitación. Me detuve en la puerta, mirándolo durante unos instantes, mientras algo en mi interior me recriminaba por mi comportamiento.

Volví a entrar por última vez en la oficina con la mano en el bolsillo y el corazón en la boca.

—Adiós, Bartleby, me marcho. Que Dios lo bendiga, y por favor acepte esto, dije deslizando unos billetes en su mano. Pero sus manos los dejaron caer al suelo y entonces, aunque parezca extraño, abandoné desconsolado a Bartleby, a ese ser de quien durante tanto tiempo había deseado librarme.

Durante un par de días mantuve la puerta de mis nuevas dependencias con la llave echada a todas horas, sobresaltándome con cada paso que resonaba en el corredor. Cuando regresaba a la oficina, tras realizr algún trámite o celebrado alguna reunión en la calle, me detenía en la entrada un instante y escuchaba con atención antes de introducir la llave. Pero mis recelos eran infundados. Bartleby jamás volvió.

Pensé que todo iba bien, hasta que un caballero muy alterado acudió días después a visitarme, tratando de averiguar si yo era el último inquilino que había ocupado las oficinas del n.°… de Wall Street.

Lleno de temor, respondí afirmativamente.

—En ese caso, caballero —prosiguió el desconocido, que resultó ser un abogado—, es usted el responsable del hombre que se ha olvidado allí. Es muy extraño. Se niega a hacer copias; se niega a hacer cualquier cosa; dice que prefiere no hacerlo, y se niega a abandonar las oficinas.

—Lo lamento, señor —repuse, tratando de aparentar tranquilidad, aunque dominado por un mínimo temblor—, pero el individuo al que usted se refiere no tiene nada que ver conmigo, no es ni un pariente ni un meritorio del que deba hacerme responsable.

—Pero… en nombre de Dios, ¿quién es ese hombre?

—Lo siento, pero no puedo ayudarle. No sé nada de él. Lo tuve contratado como copista, pero hace ya bastante tiempo que no trabaja para mí.

—Está bien, en ese caso lo arreglaré de otro modo. Buenos días, señor.

Pasaron unos días y no supe nada más; y aunque a veces sentía el impulso de acercarme a mis antiguas oficinas y ver al pobre Bartleby, algo en mi interior me lo impedía. Ya he terminado con Bartleby, llegué a pensar cuando transcurrió una nueva semana. Pero el lunes, al llegar a mi oficina, encontré a varias personas muy nerviosas que me esperaban en la puerta.

—Es él, éste es el hombre, ahí llega —gritó uno de ellos, que no era otro que el abogado que me había visitado hacía un par de semanas.

—Tiene que hacer algo urgentemente —gritó un caballero al que identifiqué como el propietario del n.°… de Wall Street—. Mis inquilinos no pueden soportarlo más. El señor B. —dijo señalando al abogado— lo ha echado de su despacho, pero ahora insiste en ocupar los pasillos y demás dependencias del inmueble. De día se sienta en las barandillas de la escalera y de noche se acuesta en la entrada del edificio. Todos los vecinos están inquietos; los clientes abandonan las oficinas; temo un levantamiento. Tiene usted que actuar inmediatamente.

Abrumado ante aquella demanda, retrocedí, y lo que realmente me hubiese gustado habría sido encerrarme en mi despacho. Fue inútil que protestara alegando que nada tenía que ver con Bartleby: yo era la última persona con la que había tenido relación y nadie parecía dispuesto a olvidar esa circunstancia.

Temiendo que me denunciaran en los periódicos como oí que alguien insinuaba vagamente, valoré el asunto y dije que si el abogado me concertaba una entrevista privada con el escribiente en mi antigua oficina, haría todo lo que estuviera en mi mano para solucionar el problema.

Cuando subía a mi antigua oficina, encontré al silencioso Bartleby apoyado en la barandilla.

—¿Qué está haciendo aquí, Bartleby? —le pregunté.

—Sentado en la barandilla —replicó con humildad.

Le pedí que me acompañara a la oficina del abogado, quien momentos después nos dejó solos.

—Bartleby —comencé—, ¿se da usted cuenta de que con su empeño en quedarse en el edificio después de haber sido echado de la oficina me está causando graves problemas?

Silencio.

—¿Tiene usted que tomar una decisión. O se decide usted a hacer algo, o habrá que hacer algo con usted. Dígame, ¿a qué hora le gustaría dedicarse? ¿Querría volver a trabajar de copista?

—No, preferiría no hacer ningún cambio.

—¿Le gustaría ser un vendedor en un comercio de tejidos?

—Estaría demasiado encerrado. No, no me gustaría ser vendedor; pero no soy exigente.

—¡Demasiado encerrado —exclamé—, pero si usted pasa el día encerrado en este edificio!

Preferiría no ser vendedor —respondió para zanjar la discusión.

—¿Qué le parecería trabajar en una taberna? Eso no cansa la vista.

—No me gustaría, pero, como le acabo de decir, no soy exigente.

Su locuacidad me reanimó. Volví a la carga.

—Bueno, ¿entonces le gustaría viajar por el país como vendedor? Eso sí que resultaría beneficioso para su salud.

—No, preferiría hacer otra cosa.

—¿No le apetecería recorrer Europa, acompañando a algún joven, entreteniéndolo con su conversación? ¿No le agradaría eso?

—En absoluto. No encuentro nada satisfactorio en esa ocupación. Me gusta estar en un mismo sitio. Pero no soy exigente.

—Entonces, quédese quieto —grité desesperado. Por vez primera, en mi exasperante relación con Bartleby, me enfurecí —. ¡Si usted no se va de aquí antes del anochecer, me está obligando, me obligará, a que sea yo mismo quien se vaya! —dije, absurdamente, sin saber ya con qué intimidarlo para transformar en ciega obediencia su enervante inmovilidad. Cuando me disponía a abandonar precipitadamente las oficinas, dándome por vencido, una idea, una última posibilidad, cruzó por mi mente.

—Bartleby —continué en el tono más indulgente que pude emplear, dada la situación—, ¿usted se vendría a casa conmigo? No a mi nueva oficina, sino a mi casa, a mi hogar, ¿y se quedaría en ella cómodamente hasta que encontremos un arreglo que sea conveniente para todos? Venga, Bartleby, vámonos ahora mismo.

—No, por ahora preferiría no hacer ningún cambio.

No dije nada y huí de allí a toda velocidad. Esquivé a los caballeros que me esperaban fuera, corrí febrilmente entre la muchedumbre por Wall Street hacia Broadway, y subiendo en el primer tranvía que pasó me sentí libre de aquella demencial persecución. Cuando logré serenarme, comprendí que había hecho todo lo humanamente posible, tanto en lo que se refiere a los requerimientos del dueño del inmueble y sus inquilinos, como respecto a mi ética y mi sentido del deber, tratando de ayudar y proteger al obstinado escribiente. Mi conciencia estaba tranquila —me decía—, a pesar de que, en realidad, no hubiese logrado en ninguna de mis tentativas el resultado deseado.

Temiendo ser molestado por el propietario del edificio y sus airados inquilinos, dejé por unos días al mando de mis asuntos a Nippers, y en un carruaje me dirigí, a través de los suburbios, a la parte alta de la ciudad, crucé a Jersey City y a Hoboken, y visité Manhattanville y Astoria. Podría decirse que prácticamente viví en mi coche durante ese tiempo.

Cuando regresé a la oficina, encontré sobre la mesa de mi despacho una nota del dueño de mis antiguas oficinas. Con manos temblorosas abrí el sobre en el que se me informaba de que el autor de la carta había llamado a la policía, y que Bartleby había sido llevado a la cárcel como un vagabundo. Me pedía, además, puesto que yo era la persona que mejor lo conocía, que me presentara en cuanto me fuera posible en la prisión e hiciera una pormenorizada declaración de los acontecimientos.

Estas noticias generaron en mí un sentimiento contradictorio. En un primer momento, me resultaron indignantes; pero enseguida merecieron mi aprobación. El expeditivo temperamento del propietario le había hecho adoptar una decisión que yo jamás me hubiese atrevido a tomar; y que, sin embargo, dadas las circunstancias, consideraba la más adecuada. Supe que cuando le informaron a Bartleby de que iba a ser trasladado a la cárcel, no ofreció la menor resistencia. Con semblante impasible, asintió en silencio. La sigilosa procesión, capitaneada por el policía, que conducía del brazo a Bartleby, a la que, movidas por la curiosidad en unos casos, o por un sentimiento de piedad, en otros, se unieron algunas personas, emprendió el camino hacia la comisaría en medio del bullicio, el calor y la alegría de las calles de Wall Street al mediodía.

Me presenté en la cárcel aquella misma tarde. Comuniqué al empleado el propósito de mi visita, y enseguida se me informó que el hombre por el que preguntaba estaba en aquel establecimiento. Garanticé al funcionario que me atendió que Bartleby era una persona honrada a todas luces, que merecía toda nuestra compasión, por extraño que pudiera resultarnos su comportamiento. Le conté todo lo que sabía de Bartleby y le sugerí que lo trataran con benevolencia, hasta que algo más conveniente pudiera hacerse con su persona, aunque no sé muy bien en qué pensaba. De cualquier manera, si no se decidía nada al respecto, se le podría llevar a un asilo. A continuación, solicité hablar con él.

Como no existía contra Bartleby ninguna acusación importante, y era un preso inofensivo y tranquilo, le permitían moverse libremente por la prisión y, sobre todo, por los patios rodeados de césped. Allí lo encontré. Solo, en el más vacío de los patios, mirando insensible hacia un alto muro, mientras, a nuestro alrededor, me pareció notar la mirada de asesinos y ladrones que atisbaban por las estrechas aberturas de las ventanas.

—¡Bartleby! —llamé a modo de saludo.

—Sé quién es usted —dijo sin volverse—, y no tengo nada que decirle.

—Yo no soy el responsable de que usted se encuentre aquí, Bartleby —aclaré, profundamente apenado por su comentario—. Si bien se mira, para usted, este lugar no es tan malo. No está aquí por haber hecho nada reprobable. Además, no es un sitio tan triste como pudiera parecer. Mire, arriba está el cielo, y aquí, abajo, el césped.

—Sé dónde estoy —replicó, pero no volvió a decir nada más. Me fui.

Al entrar de nuevo en el edificio penitenciario, un hombre grueso y corpulento, con un delantal, se me acercó, y, señalando con el dedo a Bartleby, me dijo:

—¿Es amigo suyo?

—Sí —repuse.

—¿Quiere morirse de hambre? En ese caso, que siga el régimen de la prisión y conseguirá su propósito.

—¿Quién es usted? —pregunté, sorprendido por una conversación tan heterodoxa en ese lugar.

—Soy el encargado de la despensa. Muchos caballeros que tienen amigos aquí me pagan para que les suministre buena comida.

—¿Es eso cierto? —interrogué al guardián. Me respondió asintiendo con la cabeza.

—Bien, en ese caso… —susurré, mientras deslizaba unas monedas en la mano abierta del despensero (así lo llamaban) —, quiero que mi amigo esté exquisitamente atendido. Sírvale la mejor comida que pueda encontrar. Y, por favor, pórtese amablemente con él.

—Haga entonces los honores y presénteme, ¿le parece bien? —dijo el empleado, con una mueca impaciente por demostrar su cortesía.

Considerando que su ayuda podría serle beneficiosa al escribiente, accedí, y juntos fuimos en busca de Bartleby.

—Bartleby, este señor es un amigo mío. Puede resultarte de mucha utilidad.

—A su servicio, señor —dijo el despensero mientras saludaba obsequiosamente a Bartleby—. Espero que su estancia le resulte grata, señor; aquí tenemos apartamentos frescos, aunque no muy espaciosos, patios solitarios, un hermoso césped, mucho tiempo para pensar, por lo que espero que la temporada que pase con nosotros le resulte satisfactoria. ¿Qué desea cenar esta noche?

Prefiero no cenar hoy —contestó Bartleby mientras se giraba—. No me sentiría bien. No suelo cenar —al decir esto se movió hacia el otro lado de la valla y se quedó mirando la pared.

—¡Cómo! —exclamó el cocinero, dirigiéndose a mí con un gesto de sorpresa—. Es un poco raro, ¿no?

—Creo que está un poco desequilibrado —le expliqué con pesar.

—¿Desequilibrado? ¿Está desequilibrado? Pues yo hubiese jurado que su amigo era un falsificador. Los falsificadores siempre son pálidos y elegantes. No lo puedo evitar; me producen mucha lástima. ¿Conoció a Monroe Edwards? —preguntó con patetismo. Después, suspiró lentamente—: murió tuberculoso en Sing-Sing. ¿Está usted seguro de que no conocía a Monroe?

—No, jamás he tenido relaciones con ningún falsificador. Se me está haciendo tarde. Haga el favor de cuidar a mi amigo. Le prometo que le saldrá a cuenta. ¡Hasta pronto!

Unos días después conseguí otro permiso para visitar la cárcel, y recorrí las galerías buscando a Bartleby, mas no logré dar con él.

—Hace un rato que ha salido de su celda —me informó un guardián—. Supongo que estará en el patio. Se ha ido en esa dirección.

—¿Busca al hombre silencioso? —preguntó otro vigilante, cuando se cruzó conmigo—. Está durmiendo en el patio. No hará ni veinte minutos que he visto que se acostaba en el suelo.

El patio estaba tranquilo. A los presos comunes no les estaba permitido transitar por él, y los gruesos muros que lo cercaban amortiguaban cualquier sonido. La sobriedad y la desnudez del espacio me abrumaban, pero sentí que bajo mis pies crecía un suave césped, ajeno a mis lúgubres pensamientos.

Sorprendentemente acurrucado junto al muro, con las rodillas levantadas y la cabeza tocando las frías piedras, estaba Bartleby. No se movió. Me detuve a unos metros, luego me acerqué, me incliné, y vi que aunque parecía profundamente dormido, sus ojos estaban abiertos. Un resorte desconocido me impulsó a coger su mano. Al contacto de su gélida piel, un intenso escalofrío recorrió mi cuerpo.

La cara redonda del despensero me interrogó:

—Su comida estará lista en unos minutos. ¿Hoy tampoco va a comer? ¿O es que este hombre vive sin comer?

—Vive sin comer —dije, ausente, mientras cerraba con dulzura sus ojos.

—Está dormido, ¿verdad?

—Soñando con reyes y consejeros —repuse yo.

* * *

No creo que sea necesario continuar con la historia. La imaginación puede completar sin mucho esfuerzo el relato del entierro de Bartleby. Pero, antes de concluir, quisiera informar al lector que si esta historia ha logrado despertar su curiosidad acerca de quién era Bartleby, sólo puedo confesar que comparto esa curiosidad, ya que tampoco he conseguido satisfacerla.

Meses después de la muerte de Bartlby, llegó a mis oídos un rumor, que no sé si debería divulgar. No puedo confirmar la veracidad de la historia, mas tampoco me atrevería a desmentirla. Y como este rumor, a pesar de su infausto contenido, no ha carecido de interés para mí, creo que también puede ser relavante para ustedes.

El rumor es el siguiente:

Bartleby había estado trabajando durante un tiempo en la oficina de Cartas Muertas de Washington, empleo del que fue brusca y repentinamente despedido merced a un cambio en la administración central.

Un profundo escalofrío me recorrió el cuerpo cuando la historia llegó a mí. ¡Cartas muertas! ¿No son las cartas muertas semejantes, de alguna manera, a los hombres muertos? Piensen en un hombre que por naturaleza y por circunstancias de la vida, es proclive a la melancolía y a la desesperanza. ¿Qué oficio puede acrecentar en mayor medida su desesperación? Sin duda alguna, manejar diariamente esas cartas muertas y clasificarlas para el fuego. A veces, el macilento funcionario extrae de los dobleces del sobre un anillo —la mano a la que estaba destinado tal vez se halle ya en la tumba—, unos billetes enviados con urgencia destinados a aliviar a quien ya no come, ni puede sentir hambre…, el perdón para quienes fallecieron desesperados; la esperanza para los que desaparecieron sin esperanza, buenas noticias para quienes murieron inmersos en insufribles desgracias. Mensajes de pura vida, pero cartas que irremisiblemente desembocan en la muerte.

¡Oh Bartleby! ¡Oh humanidad!

FIN

Puntuación: 1 de 5.

Fuente de consulta
Melville, H. (2014). Bartleby, el escribiente. España: Editorial Eneida. Colección “Confabulaciones”, nº 77.

La ilustración del inicio de esta entrada es de Sebastian Ilabaca https://cargocollective.com/sebastianilabaca/Books/Bartleby-el-escribano

Portada Bartleby, el escribiente
Foto Mía Ruiz

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